Nuevos diáconos invitados a morir para dar fruto

Carmen Elena Villa

A los cuatro nuevos diáconos ordenados el pasado 2 de marzo el arzobispo Samuel Aquila les dijo: “ustedes serán configurados con Cristo el siervo para servir como Él sirve”.

Los diáconos transitorios fueron ordenados en la fría mañana del pasado sábado en la Catedral Basílica Immaculate Conception de Denver. Ellos son: Christopher James Considine de Seattle, Washington, Juan Adrián Hernández de Texcoco, Mexico, Juan Manuel Madrid, de Santiago de Chile y Christian James Mast de Loveland, Colorado.

Los diáconos asisten al obispo y a los sacerdotes en la celebración de los divinos misterios, especialmente en la Eucaristía y la distribución de la misma, asistir a la celebración del matrimonio y bendecirlo, proclamar el Evangelio y predicar, presidir las exequias, administrar el sacramento del Bautismo y entregarse a los diversos servicios de caridad.

El ministerio de los diáconos transitorios se confiere por un período limitado (en la arquidiócesis de Denver suele ser de un poco más de un año), que usualmente se inicia tras culminar los estudios y se extiende hasta que el obispo, con el parecer de los formadores en el seminario, consideren que el candidato tiene la suficiente madurez para ser ordenado sacerdote.

Juan Adrian Hernandez, mexicano, revestido durante su ordenación diaconal.

El arzobispo Aquila les recordó el llamado que tienen los diáconos de proclamar la palabra de Dios, servir en el altar y realizar obras de caridad y centró su homilía en el Evangelio que fue leído en inglés y español (Juan 12, 20-33) en el que Jesús recuerda: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”.

El Prelado destacó el ejemplo de monseñor Michel Glenn, quien fue rector del seminario Saint John Vianney y quien falleció el pasado 1 de marzo tras una larga enfermedad: “Él confió completamente en el Señor y dio su vida. Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo, lo que significa morir y dar fruto rendidos ante el Padre. Él fue un brillante ejemplo de en qué consisten ministerio sacerdotal y el ministerio diaconal, dijo conmovido.

Juan Manuel Madrid, chileno. revestido durante su ordenación diaconal.

En cuanto al ministerio de la proclamación de la Palabra, el Arzobispo les dio una clave para la preparación de sus homilías: “Pueden leer cualquier clase de materiales provechosos (…) pero si no conocen el amor de Jesucristo, si no están en una íntima relación con Él (…) entonces estarán divididos porque estarán más enfocados en ustedes mismos que en Jesús y en proclamar su palabra”, y les recalcó lo que significa cumplir la voluntad de Dios como lo hizo Jesús: “dar fruto, (…) no buscar la propia voluntad sino la del Padre”.

“En nuestro ministerio, sin importar dónde servimos, estamos llamados a servir a Cristo y a estar con Él, a ser aquellos que damos nuestras vidas en obediencia a Cristo y a la Iglesia, en obediencia al Padre, y viviendo en esta relación con Él”.

También les habló sobre el tiempo difícil que vive actualmente la Iglesia: “no es la primera vez en la historia que ha habido hostilidades hacia el Evangelio, que ha habido rechazo a Dios”.

Después se refirió a la promesa del celibato, la cual es “un signo de contradicción en el mundo de hoy”. Una promesa que trae “gozo y paz”, lo cual no significa que “vivirán sin tentaciones”. Sin embargo, “entre más opten por el bien, entre más dependan de Jesucristo su gracia en su espíritu vivirá en ustedes y fortalecerá la virtud de la castidad”.

Al finalizar la misa el Arzbispo agardeció en inglés y español a los padres de los cuatro diáconos: “sin ustedes, ellos no estarían aquí” Y les dijo a los nuevos ordenados: “Oro para que el Señor continúe bendiciéndolos en todas las virtudes a ser discípulos de Jesucristo”.

De iquierrda a derecha Juan Adrian Hernandez, Juan Manuel Madrid, Christopher James Considine y Christian James Mast postrados ante el altar durante su ordenación diaconal en la Catedral Basílica Immaculate Conception de Denver. Fotos de Daniel Petty.

 

 

Próximamente: Por un “Halloween” católico y sin fundamentalismos

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Por el padre Ángel Pérez-López, PhD, STL

El padre Ángel Pérez-López es párroco de St. Cajetan en Denver y es profesor de filosofía y moral en el seminario St. John Vianney. Tiene un doctorado en filosofía y un posgrado en teología moral de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

Pregunta de nuestra lectora Aimeé L.: “El Pueblo Católico, ¿nos podrían decir qué dice la Iglesia Católica sobre el Halloween? Porque parece que mucha gente tiene malentendidos. Personalmente celebro, siendo católica… pero si estoy mal me gustaría saberlo”.

La palabra “Halloween” es una contracción de la expresión all hallows eve”, literalmente, “la víspera de todos los santos”. Se trata de una fiesta profundamente católica. Debemos redescubrirla. No caigamos ni en el fundamentalismo que se le opone sin reservas, ni tampoco en la trampa de la comercialización secularizante, que desviste esta fiesta de sus orígenes religiosos y la dota de un significado neopagano.

La cultura celta tenía una fiesta llamada Samhain, literalmente, “fin del verano”. Celebraba el final de las cosechas y el principio del invierno, cuando muchas personas morían a causa del frío. No obstante, Halloween tiene su origen católico hace más de mil trescientos años en la vigilia de la fiesta de todos los santos. Fue instituida por el papa Gregorio III cuando dedicó a todos los santos una capilla en la Basílica de San Pedro en el siglo octavo. Un siglo después, el papa Gregorio IV declaró la fiesta como día de obligación. Además, adoptó la tradición de los católicos germanos y cambió la fecha de mayo a noviembre. Así, la vigilia de esta fiesta pasó al último día de octubre, esto es, a la fecha de nuestro actual Halloween. Ninguno de estos Papas parece haber conocido el Samhain, que dejó de celebrarse antes de que la fiesta de todos los santos fuera instituida, cuando los pueblos célticos se convirtieron al catolicismo.

Coco y el recuerdo de los seres que ya partieron

Ahora bien, ¿es posible que algunos elementos de esta fiesta celta sobrevivan todavía hoy?¡Claro que sí!¡También sobrevivió el árbol de Navidad! Este árbol es una tradición de origen germánico que hemos adoptado en el catolicismo sin que sus paganos orígenes la hagan moralmente mala.

En los Estados Unidos, los puritanos prohibieron y se opusieron a Halloween radicalmente y sin reservas. En cambio, los emigrantes católicos, de origen alemán e irlandés, mantuvieron viva la tradición, pero fusionando algunos elementos de esta fiesta con la de los fieles difuntos. Así, hacían pasteles en Halloween y los niños iban de casa en casa “mendigando” estos pasteles a cambio de ofrecer oraciones por los seres queridos y fallecidos de los benefactores.

Históricamente, la actitud puritana y protestante en contra de Halloween se mezcló con sentimientos anticatólicos en el país. Solo la comercialización de la fiesta consiguió solventar esta tendencia persecutoria. Esta comercialización trajo consigo un fenómeno similar a lo ocurrido con la Navidad. En el caso de Halloween, implicó un olvido de Dios y de los santos como centro de la fiesta. A esta pérdida de sentido religioso, se le une la cantidad de películas de horror que fantasean e intentan dotarla de contenido neopagano, tétrico y ocultista.

Como católicos, no podemos caer en el error de los fundamentalistas y despreciar una tradición netamente católica, simplemente, porque su comercialización la ha vaciado de su verdadero contenido y la ha transformado en una posible ocasión para lo tétrico y oscuro del neopaganismo. No despreciamos la Navidad, sino que luchamos por mantener vivo su verdadero significado. Hagamos lo mismo con Halloween. No es la fiesta del demonio. No hace falta cristianizar, o cambiar de nombre, una fiesta que ya es católica de suyo. Por tanto, se puede celebrar Halloween teniendo presentes sus orígenes y evitando errores como la superstición, la brujería o la glorificación del mal.

Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

La superstición es un exceso y perversión de la religión (véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2110) del que tenemos que purificar la fiesta que venimos explicando. Por ejemplo, algunos emigrantes irlandeses dotaron a Halloween de un contenido supersticioso y contrario a la fe al fusionarla con una fiesta que ellos se inventaron: “el día de todos los condenados”. Temían que algo malo les ocurriría si no celebraban también a los condenados y estos se sentían excluidos. Un Halloween católico y sin fundamentalismos no puede caer en un error como este; y, como sabemos, nuestra comunidad hispana no es ajena al problema de la superstición. A veces, también caemos en este error “cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2111).

Un Halloween católico tampoco puede promocionar la brujería. No existe la magia buena y la magia mala. Toda magia atenta contra Dios, entraña una rebelión contra Él y un intento de suplantar su lugar: “todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2117).

No a la lectura de cartas, espiritismo o supersticiones

Celebremos Halloween sin olvidarnos de Dios y de los santos. Los padres de los niños son los que tienen que tomar las decisiones concretas de cómo educar a sus hijos atendiendo a las circunstancias de su vecindario. No obstante, siempre y cuando se evite la ocasión de la superstición, la brujería o la glorificación del mal; que un niño se disfrace y pida caramelos, en mi opinión, no conlleva necesariamente, o de suyo, ningún mal moral. No caigamos en la superstición. No atribuyamos importancia mágica a una práctica legítima. Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

 

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