Obispo Jorge Rodríguez testifica en debate para abolir la pena de muerte en Colorado

El proyecto de ley pasará al Senado tras una victoria de 3 a 2

Aaron Lambert

Nota del editor: Este artículo ha sido actualizado para incluir la aprobación del Senado el 30 de enero.

El Comité Judicial del Senado de Colorado votó el 27 de enero para aprobar un proyecto de ley que aboliría la pena de muerte en el estado, con una decisión de 3 a 2 a favor. La propuesta ahora está a un pequeño paso de convertirse en realidad, después de haber sido aprobada por el Senado de Colorado el 30 de enero.

El obispo auxiliar de Denver, Mons. Jorge H. Rodríguez, estuvo entre el número de personas que testificaron durante el debate del 27 de enero, el cual tuvo una duración de seis horas. El prelado ratificó la doctrina de la Iglesia Católica sobre la dignidad de la vida y la misericordia de Dios.

“Por mucho tiempo la Iglesia Católica ha enseñado que cada persona, sea no nacida, enferma o pecadora, tiene una dignidad impartida por Dios que no se puede borrar o arrebatar”, el obispo Rodríguez dijo al comité. “Sí, puede ser dañada, pero no se puede borrar a los ojos de Dios”.

“…incluso las personas que han cometido crímenes horribles y están en prisión no están fuera de la misericordia de Dios. De hecho, él los cuenta como sus ‘hermanos más pequeños’”.

El obispo señaló que, aunque las familias de las víctimas sientan que la justicia se está aplicando por medio de la pena capital, “la realidad es que solo Dios puede ofrecer justicia verdadera en la eternidad”.

Asimismo, Mons. Rodríguez argumentó que el uso de la pena de muerte conlleva un problema más profundo que implica el rechazo de la dignidad humana y tendría consecuencias más peligrosas.

“Aparte de que la pena de muerte no puede ofrecer sanación para las víctimas y sus seres queridos, su uso solo aumenta el ciclo de violencia”, declaró.

“¿Qué les estamos enseñando a nuestros hijos? Si nosotros como sociedad aceptamos la idea de que es posible que alguien pierda su dignidad y sea ejecutada, entonces solo estamos a un paso de decir que ciertas clases o tipos de personas pertenecen a un grupo inferior a los seres humanos. La historia ha demostrado que esto no está fuera del ámbito de posibilidades”.

El año pasado se esperaba la aprobación de un proyecto de ley similar, que contaba con el apoyo de la Iglesia y de ambos partidos, pero fracasó.

El estado de Colorado ha ejecutado a 101 personas en su historia, todos ellos varones declarados culpables de asesinato. No obstante, el estado solo ha ejecutado a una persona, en 1997, desde que la Corte Suprema readmitió la pena capital en 1975. En el presente, hay tres hombres condenados a muerte en Colorado. De ser aprobado, el proyecto de ley solo se aplicaría a las sentencias realizadas a partir del 1 de julio.

Próximamente: Cómo responder a la violencia y confusión en el Capitolio

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

En estos tiempos turbulentos, todos se están haciendo la misma pregunta: “¿Cuál es la verdad?”. Según se conteste esta pregunta, y dado el relativismo de nuestro día, nos dividimos en bandos. La división se hizo totalmente manifiesta cuando un grupo de personas irrumpió en el Capitolio en Washington D.C. el pasado 6 de enero. En ese momento, vimos estallar claramente la ira y la violencia, generados por sentimientos de supresión de derechos, justo como lo habíamos visto los meses anteriores en muchas de nuestras ciudades más grandes. Tanto la derecha como la izquierda han recurrido a la violencia, lo cual es inaceptable en una sociedad civil y democrática.

¿Cuál es la raíz de esta agitación? Nuestro país está sufriendo de la descomposición de la integridad moral común y las verdades que la constituyen y que nos han permanecido unidos por unos 245 años. Ahora, cuando las personas buscan la verdad sobre casi cualquier tema, no encuentran una sola respuesta. En cambio, se encuentran con una multitud de voces contrapuestas, cada una con su propia agenda. Cada vez es más difícil encontrar una persona o una organización que busque el bien común.

Pero ¿qué debería un católico hacer durante este tiempo? ¿Cómo deberíamos responder a los constantes ataques a nuestros valores nacionales y religiosos y el deterioro de la buena intención hacia nuestro prójimo?

La única solución que reparará la debilitada integridad moral de la sociedad es la búsqueda de Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida. Recuerdo ahora mismo ese verso del salmista que dice “Aunque braman las naciones y tiemblan los reinos, él lanza su voz y la tierra se deshace. El Señor de los Ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob” (Sal 46,7-8). Él es el único que puede penetrar nuestra postura y retórica y disipar la tiniebla de la confusión. Jesús, la Palabra de Dios, nos revela a nosotros mismos y nos muestra el camino a la felicidad verdadera, como individuos y como sociedad.

Para permitir que Dios haga esto, debemos redescubrir el valor del silencio y pasar tiempo con él en su Palabra y los sacramentos. Tal como Dios se mostró a Elías en el monte Horeb, no estaba en el gran viento, en el terremoto o en el fuego; estaba en “el susurro de una brisa suave” (cf. 1 Reyes 19,9-12). Esto significa que debemos poner nuestra confianza de salvación en Cristo y buscar su sabiduría sobre cómo vivir, en vez de convertirnos en comentaristas, políticos o partidos políticos. Ellos pueden promover legislaciones o dar discursos que contienen verdad, y eso es loable y debe apoyarse cuando suceda. Pero no debemos olvidar que estamos hechos para el cielo y estamos llamados a construir el reino de Dios, no una utopía en la tierra. Jesús nos recuerda que primero debemos buscar “el reino de Dios” y “la voluntad del Padre”. San Pablo les recordó a los romanos, y hoy nos recuerda a nosotros, “No os acomodéis a la forma de pensar del mundo presente; antes bien, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12,2).

Esto significa ver tanto a nuestros amigos como a nuestros enemigos como hijos e hijas del Padre, sin importar sus creencias, etnias o afiliación política. Esto implica adoptar la visión de la Madre Teresa, de San Francisco o de Julia Greeley. Vieron a otros como Jesús lo hace.

Cuando Jesús se encontró con la mujer sorprendida en adulterio, no la condenó, sino que la llamó al arrepentimiento. Tanto San Francisco como la Madre Teresa experimentaron un llamado a cuidar de los despreciados, lo que ciertamente aplica a nuestro ambiente sobrepartidista. En vez de los leprosos o enfermos abandonados a su muerte en los desagües que San Francisco y la Madre Teresa cuidaron, se nos está pidiendo a cada uno de nosotros que veamos a nuestros vecinos, familiares, amigos o enemigos con los ojos de Jesús. San Francisco se conmovió y besó a un leproso y después se dedicó a cuidarlos. La Madre Teresa fue llamada a recoger a los enfermos y moribundos y defender a los no nacidos. Nosotros estamos llamados a hacer las mismas obras de misericordia, pero también a amar a otros como Cristo no ha amado. No podremos hacer esto al menos que recibamos el amor de Dios y reconozcamos que él es real.

Que nuestra Santa Madre, Reina de la Paz, interceda por nosotros y nuestro país, para que nos arraigamos más completamente a la Verdad, que nuestra mente se convierta en la mente de Cristo, y que nuestro corazón sea más como el Sagrado Corazón de Jesús.