¿Podemos decir que la Iglesia es santa?

(Foto de Catholic News Agency)

Frente a los lamentables hechos ocurridos en las últimas semanas entre algunos miembros de la jerarquía católica, algunas personas se preguntan si la afirmación “Creo en la Iglesia que es una, santa católica y apostólica”, sigue teniendo validez.

El No.811 del Catecismo de la Iglesia Católica dice: “‘Esta es la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica’ (LG 8). Estos cuatro atributos, inseparablemente unidos entre sí (cf DS 2888), indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión. La Iglesia no los tiene por ella misma; es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades”.

En el No.823: “‘La fe confiesa que la Iglesia… no puede dejar de ser santa. En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama ‘el solo santo’, amó a su Iglesia como a su esposa. Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios’ (LG 39). La Iglesia es, pues, ‘el Pueblo santo de Dios’ (LG 12), y sus miembros son llamados ‘santos’ (cf Hch 9, 13; 1 Co 6, 1; 16, 1).”

En el No.824: “La Iglesia, unida a Cristo, está santificada por Él; por Él y con Él, ella también ha sido hecha santificadora. Todas las obras de la Iglesia se esfuerzan en conseguir ‘la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios’ (SC 10). En la Iglesia es en donde está depositada “la plenitud total de los medios de salvación’ (UR 3). Es en ella donde “conseguimos la santidad por la gracia de Dios” (LG 48).”

En el No.825: “La Iglesia, en efecto, ya en la tierra se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía imperfecta” (LG 48). En sus miembros, la santidad perfecta está todavía por alcanzar: ‘Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el mismo Padre’ (LG 11).”

 

De aquí se deducen tres motivos principales por los que afirmamos que la Iglesia es Santa:

  1. Es santa por causa de Cristo: El fundador de la Iglesia es Jesucristo, el Hijo de Dios, segunda persona de la santísima trinidad. Él es el santo de los santos y la fuente de toda santidad, el “único santo”, del cual los demás santos lo son por participación de la santidad de Él.
  2. Es santa por los medios de santificación que ella administra: La santidad consiste en poseer la gracia santificante. Sabemos que solo se puede dar lo que se posee. Entonces, si la Iglesia proporciona los medios de santificación es porque ella posee la vida de la gracia, la cual procede de su fundador ya que la Iglesia es Cristo mismo. Los medios de santificación sobreabundan en la Iglesia, los principales son los sacramentos. Ellos aumentan o infunden la gracia santificante en quienes los reciben. La doctrina de la Iglesia, sus preceptos y sus consejos también forman parte de esos medios de santificación; todo ello combate el mal y el pecado, encamina a la virtud más alta y produce los resultados más benéficos para la salvación hombre.
  3. La Iglesia es santa en sus miembros: Son muchas las veces que San Pablo se refiere a los miembros de la Iglesia como “santos”. Todo aquel que posee la gracia y mantiene el estado de gracia de manera continua puede ser llamado, en sentido amplio, santo. Pero, además, en sentido más estricto, son santos aquellos hombres y mujeres que fueron reconocidos oficialmente como tales por la autoridad de la Iglesia mediante un riguroso y exhaustivo proceso de canonización.

En el No.829: “‘La Iglesia en la Santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin mancha ni arruga. En cambio, los creyentes se esfuerzan todavía en vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos a María’ (LG 65): en ella, la Iglesia es ya enteramente santa.”

Sabemos que siempre está latente una cuestión: Si la Iglesia es Santa, ¿cómo se explican los pecados que algunos de sus miembros cometen? Jesucristo mismo nos da la respuesta pues Él comparó su Iglesia a una red que recoge malos y buenos peces (Mt 13, 47-50); al campo donde la mala hierba crece entre el trigo (Mt 13, 24-30); a la fiesta de nupcias, a la cual uno de los convidados se presenta sin la vestimenta nupcial (Mt 22, 11-14). Nuestro señor Jesucristo, al fundar su Iglesia, ya sabía que en su seno habría de encontrarse personas que no serían fieles al llamado a la santidad.

Lamentablemente muchos pecados graves han sido cometidos por miembros y dirigentes de la Iglesia Católica. Pero ella es Santa, no porque todos sus miembros sean santos, sino porque Dios es Santo, y está actuando en ella continuamente, y porque su fundador, Jesucristo, es Santo.

 

Próximamente: La sabiduría de San Benito en nuestros tiempos

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Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

“Levantémonos, pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta”, nos insta la Regla de San Benito. “Abramos nuestros ojos a la luz… y nuestros oídos a la voz del cielo que todos los días nos llama… ‘Si escuchas hoy su voz, no endurezcas tu corazón’” (Sal 95,8). El 11 de julio, la Iglesia conmemora a San Benito, y sus palabras de hace 1,500 años parecen perfectamente adecuadas para los tiempos desafiantes y cambiantes de hoy.

La Regla de San Benito se escribió alrededor del 530, una época en que el Imperio Romano se había derrumbado y la existencia del cristianismo en Europa estaba amenazada. Dada nuestra situación cultural actual y sus paralelos con su tiempo, creo que podemos encontrar fruto en las enseñanzas de San Benito.

San Benito creció rodeado de una cultura moralmente corrupta, pero con la gracia de Dios vivió una vida virtuosa. Después de pasar un tiempo estudiando en Roma, huyó de su decadencia moral para buscar una vida más solitaria. San Benito vivió la vida de ermitaño durante varios años antes de que finalmente fundara varios monasterios, que se convirtieron en centros de oración, trabajo manual y aprendizaje.

San Benito comienza su regla instando a los monjes a “escuchar atentamente las instrucciones del maestro y atenderlas con el oído de su corazón” (Regla, Prólogo 1). Para nosotros, esto significa establecer un tiempo diario para escuchar al Señor, tanto en la lectura de las Escrituras como en la oración conversacional y la meditación.

Nuestra base segura durante estos tiempos difíciles debería ser la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, no los mensajes en constante cambio que nos bombardean en las noticias o en las redes sociales. Para algunos, cada tendencia en línea se ha convertido en una forma de evangelio que debe cumplirse con convicción religiosa. Pero la fe que nos transmitieron los Apóstoles es el único Evangelio verdadero y el único que puede salvar almas. Aunque los tiempos y la tecnología eran diferentes, San Benito entendió la importancia de escuchar “las instrucciones del maestro”.

En su libro El misterio del bautismo de Jesús  el predicador de la familia papal, el padre Raniero Cantalamessa, aborda la necesidad de que los sacerdotes se armen para la batalla “contra los gobernantes mundiales de esta oscuridad actual” (cf. Jn 10: 12) En el centro de su reflexión está la idea de que “Jesús se liberó de Satanás mediante un acto de obediencia total a la voluntad del Padre, de una vez por todas entregándole su libre albedrío, para que realmente pudiera decir: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.’ (Jn. 4,34)”.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Pongo primero la voluntad del Padre en mi vida, en cada decisión que tomo y en todo lo que digo y hago? Si colocamos la voluntad del Padre en el centro de nuestras vidas y realmente lo escuchamos con “los oídos de nuestro corazón” como enseñó San Benito, estaremos preparados para lo que suceda y siempre daremos testimonio del amor de Dios y de los demás. Vivimos en un mundo que ha eliminado a Dios de su cultura. La historia, tanto la historia de la salvación como la historia mundial, muestra claramente lo que sucede cuando esto ocurre. Cuando Dios es eliminado, algo más se convierte en “dios”. Las sociedades descienden y eventualmente caen y desaparecen a menos que regresen al Dios verdadero y se conviertan en culturas que promuevan una vida de santidad y virtud.

Hay por menos una lección más de la regla de San Benito que es aplicable en estos tiempos de desunión y división social. Los monjes y hermanas de la familia espiritual benedictina son conocidos por su hospitalidad. La Regla enseña esta virtud de esta manera: “A todos los huéspedes que vienen al monasterio se les recibe como a Cristo, porque él dirá: ‘era forastero y me acogieron’ (Mt 25,35). Hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe (Gálatas 6:10) y a los peregrinos” (Regla, # 53).

Pidamos en nuestra oración poder ver a otros como Cristo mismo que viene a nosotros, incluso si están vestidos con lo que Santa Madre Teresa llamó “el disfraz angustiante de los pobres”. Si buscamos continuamente la voluntad del Padre y pedimos en oración por la configuración de nuestro corazón al suyo y nuestra voluntad a la suya, entonces podremos resistir cualquier desafío.