¿Por qué a María se le llama con diferentes nombres?

María de Nazaret fue escogida por Dios para ser madre de su hijo nuestro Señor Jesucristo y Jesús escogió a María para que ella fuera Madre nuestra cuando se encontraba a los pies de la Cruz. Su nombre es María y desde entonces ella se hace presente de diferentes maneras y en diferentes tiempos a sus hijos.

Las advocaciones son un título, referencia o nombre aludido que se otorga a un lugar, figura, imagen o recuerdo. Literalmente indica el “modo de llamar” o designar. Por ejemplo, los católicos solemos “llamar o advocar” a la Virgen María, Madre de Dios, de distintas maneras, según el lugar dónde esté instalada la devoción, o según la circunstancia, si es una aparición o si se la nombra patrona. Esto no quiere decir que haya multitud de vírgenes a quienes se le considera la madre de Dios. La Virgen es una sola, María, así como en la Biblia solemos encontrar distintas advocaciones para referirse por ejemplo a Jesús y no por ello significa que haya distintos “jesuses”. Algunos de los nombres para designar a Jesús son: El buen pastor (Jn 10,11); Cristo – Hijo de Dios (Mt 16,16 ); Cordero de Dios (Jn 1,29); Alfa y omega (Apo 22,13), etc.

Así también sucede con nuestra Madre, a pesar de ser una sola, se le otorgan distintos nombres de acuerdo al lugar de devoción, aparición o patronazgo.

Dentro de las advocaciones marianas, existen dos tipos:

  1. Las de carácter místico, relativas a dones, misterios, actos sobrenaturales o fenómenos milagrosos de la Virgen, como Anunciación, Asunción, Presentación.
  2. Las apariciones terrenales, que en muchos casos han dado lugar a la construcción de santuarios dedicados a la Virgen.

He aquí algunos ejemplos de advocaciones originadas por algunas de sus apariciones:

–        Virgen del Pilar (María del Pilar) en España. María se apareció al apóstol Santiago en el año 40 en un pilar.

–          Virgen del Rosario (María del Rosario). María se apareció a Santo Domingo de Guzmán para promover el rezo del Rosario.

–          Virgen del Carmen (María del Carmen). María se apareció a San Simón Stock superior general de la orden del carmelo, a quien le entregó sus hábitos y el escapulario, principal signo del culto mariano carmelita.

–          Virgen de Guadalupe (María de Guadalupe). María se apareció al indio San Juan Diego en la ciudad de México y realiza el milagro más grande de evangelización que jamás se haya conocido, la conversión inmediata de millones de indígenas del Nuevo Mundo.

–          Nuestra Señora de Lourdes (María de Lourdes). María se aparece a Santa Bernardette en Lourdes, Francia. Importancia de la conversión y de la confianza en Dios.

–          Nuestra Señora de Fátima (María de Fátima). María se aparece a Lucía y a los santos Jacinta y Francisco en Fátima, Portugal.

Advocaciones marianas de carácter místico, ejemplo:

–         La Inmaculada Concepción: proviene del Dogma de la Inmaculada Concepción que nos dice que María fue concebida sin pecado original.

–         María Estrella de la Mañana: Esta advocación se usa por ejemplo en las letanías y significa que, así como la estrella de la mañana brilla cuando aún está oscuro, al mismo tiempo anuncia la inminente llegada del día, así María es la luz (estrella) que anuncia la llegada de Jesucristo nuestro Señor (luz del mundo).

–          María Auxiliadora. María, quien por su poder de intercesión ante su Hijo Jesucristo viene en auxilio especialmente de sus hijos que sufren aquí en la tierra.

–          María Madre de la Iglesia. Si la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo y Cristo es su Cabeza, si María es madre de Cristo es también Madre de su cuerpo, entonces María es madre de la Iglesia

Y podríamos seguir con una lista interminable de ejemplos de las advocaciones de María Madre de Jesucristo y Madre, ella es la misma Virgen María de Nazaret.

 

Próximamente: Por un “Halloween” católico y sin fundamentalismos

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

Por el padre Ángel Pérez-López, PhD, STL

El padre Ángel Pérez-López es párroco de St. Cajetan en Denver y es profesor de filosofía y moral en el seminario St. John Vianney. Tiene un doctorado en filosofía y un posgrado en teología moral de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma.

Pregunta de nuestra lectora Aimeé L.: “El Pueblo Católico, ¿nos podrían decir qué dice la Iglesia Católica sobre el Halloween? Porque parece que mucha gente tiene malentendidos. Personalmente celebro, siendo católica… pero si estoy mal me gustaría saberlo”.

La palabra “Halloween” es una contracción de la expresión all hallows eve”, literalmente, “la víspera de todos los santos”. Se trata de una fiesta profundamente católica. Debemos redescubrirla. No caigamos ni en el fundamentalismo que se le opone sin reservas, ni tampoco en la trampa de la comercialización secularizante, que desviste esta fiesta de sus orígenes religiosos y la dota de un significado neopagano.

La cultura celta tenía una fiesta llamada Samhain, literalmente, “fin del verano”. Celebraba el final de las cosechas y el principio del invierno, cuando muchas personas morían a causa del frío. No obstante, Halloween tiene su origen católico hace más de mil trescientos años en la vigilia de la fiesta de todos los santos. Fue instituida por el papa Gregorio III cuando dedicó a todos los santos una capilla en la Basílica de San Pedro en el siglo octavo. Un siglo después, el papa Gregorio IV declaró la fiesta como día de obligación. Además, adoptó la tradición de los católicos germanos y cambió la fecha de mayo a noviembre. Así, la vigilia de esta fiesta pasó al último día de octubre, esto es, a la fecha de nuestro actual Halloween. Ninguno de estos Papas parece haber conocido el Samhain, que dejó de celebrarse antes de que la fiesta de todos los santos fuera instituida, cuando los pueblos célticos se convirtieron al catolicismo.

Coco y el recuerdo de los seres que ya partieron

Ahora bien, ¿es posible que algunos elementos de esta fiesta celta sobrevivan todavía hoy?¡Claro que sí!¡También sobrevivió el árbol de Navidad! Este árbol es una tradición de origen germánico que hemos adoptado en el catolicismo sin que sus paganos orígenes la hagan moralmente mala.

En los Estados Unidos, los puritanos prohibieron y se opusieron a Halloween radicalmente y sin reservas. En cambio, los emigrantes católicos, de origen alemán e irlandés, mantuvieron viva la tradición, pero fusionando algunos elementos de esta fiesta con la de los fieles difuntos. Así, hacían pasteles en Halloween y los niños iban de casa en casa “mendigando” estos pasteles a cambio de ofrecer oraciones por los seres queridos y fallecidos de los benefactores.

Históricamente, la actitud puritana y protestante en contra de Halloween se mezcló con sentimientos anticatólicos en el país. Solo la comercialización de la fiesta consiguió solventar esta tendencia persecutoria. Esta comercialización trajo consigo un fenómeno similar a lo ocurrido con la Navidad. En el caso de Halloween, implicó un olvido de Dios y de los santos como centro de la fiesta. A esta pérdida de sentido religioso, se le une la cantidad de películas de horror que fantasean e intentan dotarla de contenido neopagano, tétrico y ocultista.

Como católicos, no podemos caer en el error de los fundamentalistas y despreciar una tradición netamente católica, simplemente, porque su comercialización la ha vaciado de su verdadero contenido y la ha transformado en una posible ocasión para lo tétrico y oscuro del neopaganismo. No despreciamos la Navidad, sino que luchamos por mantener vivo su verdadero significado. Hagamos lo mismo con Halloween. No es la fiesta del demonio. No hace falta cristianizar, o cambiar de nombre, una fiesta que ya es católica de suyo. Por tanto, se puede celebrar Halloween teniendo presentes sus orígenes y evitando errores como la superstición, la brujería o la glorificación del mal.

Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

La superstición es un exceso y perversión de la religión (véase Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2110) del que tenemos que purificar la fiesta que venimos explicando. Por ejemplo, algunos emigrantes irlandeses dotaron a Halloween de un contenido supersticioso y contrario a la fe al fusionarla con una fiesta que ellos se inventaron: “el día de todos los condenados”. Temían que algo malo les ocurriría si no celebraban también a los condenados y estos se sentían excluidos. Un Halloween católico y sin fundamentalismos no puede caer en un error como este; y, como sabemos, nuestra comunidad hispana no es ajena al problema de la superstición. A veces, también caemos en este error “cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2111).

Un Halloween católico tampoco puede promocionar la brujería. No existe la magia buena y la magia mala. Toda magia atenta contra Dios, entraña una rebelión contra Él y un intento de suplantar su lugar: “todas las prácticas de magia o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo —aunque sea para procurar la salud—, son gravemente contrarias a la virtud de la religión” (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 2117).

No a la lectura de cartas, espiritismo o supersticiones

Celebremos Halloween sin olvidarnos de Dios y de los santos. Los padres de los niños son los que tienen que tomar las decisiones concretas de cómo educar a sus hijos atendiendo a las circunstancias de su vecindario. No obstante, siempre y cuando se evite la ocasión de la superstición, la brujería o la glorificación del mal; que un niño se disfrace y pida caramelos, en mi opinión, no conlleva necesariamente, o de suyo, ningún mal moral. No caigamos en la superstición. No atribuyamos importancia mágica a una práctica legítima. Podemos tomar ocasión de esta fiesta para enseñar a nuestros hijos a celebrarla sin fundamentalismos y de una manera católica, al mismo tiempo que éstos se divierten, sin pecar y sin caer en el neopaganismo.

 

Photo by Haley Phelps on Unsplash