Por qué incluí un “Fondo de ayuda parroquial” en la Colecta Anual del Arzobispo 2020

Durante semanas hemos estado enfocados en el impacto del nuevo coronavirus en la salud, que ha infectado a más de medio millón de personas en los Estados Unidos. Pero en las últimas semanas el daño económico ha sido más claro y nuestras parroquias y comunidades se encuentran entre los lugares afectados. Dada esta circunstancia, quiero presentarles un fondo de ayuda de emergencia parroquial como parte de la Colecta Anual del Arzobispo de este año.

El desarrollo relacionado con el nuevo coronavirus parece cambiar a diario, y estoy orgulloso de los esfuerzos que nuestros sacerdotes, diáconos y feligreses han hecho para acercarse hasta los más necesitados, incluso de maneras muy creativas.

Hemos visto confesiones por auto, sacerdotes que han caminado o andado en bicicleta a través de los límites de su parroquia para dar a conocer la presencia de Jesús, parroquias que han llamado a todos sus miembros para ver si necesitan asistencia y muchas iniciativas en línea para llevar la misa y el Evangelio a todos los hogares durante esta pandemia. Como arzobispo, les he dado a los sacerdotes la autoridad para celebrar la confirmación para aquellos que están preparados para recibirla. De hecho, estamos trabajando diligentemente en planes para restaurar con prudencia la celebración de las misas públicas, mientras seguimos esforzándonos para prevenir la propagación del coronavirus. Esto tendrá que hacerse de manera gradual.

Está claro que nuestras parroquias no están inactivas a pesar de las restricciones que exige la crisis actual. Al mismo tiempo, nuestras parroquias han sentido el impacto financiero de no poder realizar una colecta semanal para financiar sus ministerios, incluidos los que ayudan a los pobres y las personas sin hogar. Este déficit en las donaciones ha provocado pérdida de empleos y reducción de horas de trabajo para varios empleados.

En años normales, la Colecta Anual del Arzobispo recauda fondos para ministerios vitales como nuestras Escuelas Católicas, Caridades Católicas, nuestros seminarios y numerosos esfuerzos de evangelización. Esos ministerios continuarán siendo financiados por la campaña de este año, pero la colecta del 2020 también incluirá un “Fondo de ayuda parroquial” para ayudar a las parroquias más afectadas por la propagación de COVID-19. Este fondo especial ayudará a aquellas iglesias con familias y feligreses que lo necesiten, proporcionará apoyo de nómina a las parroquias, ayudará a compensar las deficiencias en la donación del ofertorio y ayudará a pagar medidas para aumentar la donación.

Estoy consciente de la gran cantidad de personas que han perdido sus empleos o han sido suspendidas durante la paralización del estado que sigue en curso. Para ellos, en estas circunstancias es importante recordar la parábola de la viuda que dio dos monedas pequeñas que valían solo unos pocos centavos. “Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: ‘Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba; ésta, en cambio, ha echado, de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir”. (Mc. 12: 43-44).

Aquí vemos cuánto Jesús valora el don de la confianza en la providencia de Dios y alaba a la viuda por ello. Del mismo modo, Cristo acepta todo lo que podamos dar, incluyendo las oraciones por los más necesitados. Si Dios te está bendiciendo con finanzas estables y los medios para dar más de lo que normalmente haces, entonces te insto a considerar en oración hacer un regalo sustancial en este momento de necesidad para tantos.

Me gustaría concluir con la exhortación frecuente de Jesús a sus seguidores: “No tengan miedo”. Las noticias están llenas de mensajes de miedo y recordatorios de nuestra naturaleza destruida. Con el don de la fe, confiamos en la provisión diaria de Dios para nosotros y servimos como canales de gracia y bendición para los demás. No tengamos miedo de proclamar nuestra fe en Cristo con nuestras acciones y nuestras palabras. Gracias por su generosidad durante este tiempo. ¡Estoy seguro de que el Señor los bendecirá!

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Próximamente: La sabiduría de San Benito en nuestros tiempos

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Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

“Levantémonos, pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta”, nos insta la Regla de San Benito. “Abramos nuestros ojos a la luz… y nuestros oídos a la voz del cielo que todos los días nos llama… ‘Si escuchas hoy su voz, no endurezcas tu corazón’” (Sal 95,8). El 11 de julio, la Iglesia conmemora a San Benito, y sus palabras de hace 1,500 años parecen perfectamente adecuadas para los tiempos desafiantes y cambiantes de hoy.

La Regla de San Benito se escribió alrededor del 530, una época en que el Imperio Romano se había derrumbado y la existencia del cristianismo en Europa estaba amenazada. Dada nuestra situación cultural actual y sus paralelos con su tiempo, creo que podemos encontrar fruto en las enseñanzas de San Benito.

San Benito creció rodeado de una cultura moralmente corrupta, pero con la gracia de Dios vivió una vida virtuosa. Después de pasar un tiempo estudiando en Roma, huyó de su decadencia moral para buscar una vida más solitaria. San Benito vivió la vida de ermitaño durante varios años antes de que finalmente fundara varios monasterios, que se convirtieron en centros de oración, trabajo manual y aprendizaje.

San Benito comienza su regla instando a los monjes a “escuchar atentamente las instrucciones del maestro y atenderlas con el oído de su corazón” (Regla, Prólogo 1). Para nosotros, esto significa establecer un tiempo diario para escuchar al Señor, tanto en la lectura de las Escrituras como en la oración conversacional y la meditación.

Nuestra base segura durante estos tiempos difíciles debería ser la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, no los mensajes en constante cambio que nos bombardean en las noticias o en las redes sociales. Para algunos, cada tendencia en línea se ha convertido en una forma de evangelio que debe cumplirse con convicción religiosa. Pero la fe que nos transmitieron los Apóstoles es el único Evangelio verdadero y el único que puede salvar almas. Aunque los tiempos y la tecnología eran diferentes, San Benito entendió la importancia de escuchar “las instrucciones del maestro”.

En su libro El misterio del bautismo de Jesús  el predicador de la familia papal, el padre Raniero Cantalamessa, aborda la necesidad de que los sacerdotes se armen para la batalla “contra los gobernantes mundiales de esta oscuridad actual” (cf. Jn 10: 12) En el centro de su reflexión está la idea de que “Jesús se liberó de Satanás mediante un acto de obediencia total a la voluntad del Padre, de una vez por todas entregándole su libre albedrío, para que realmente pudiera decir: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.’ (Jn. 4,34)”.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Pongo primero la voluntad del Padre en mi vida, en cada decisión que tomo y en todo lo que digo y hago? Si colocamos la voluntad del Padre en el centro de nuestras vidas y realmente lo escuchamos con “los oídos de nuestro corazón” como enseñó San Benito, estaremos preparados para lo que suceda y siempre daremos testimonio del amor de Dios y de los demás. Vivimos en un mundo que ha eliminado a Dios de su cultura. La historia, tanto la historia de la salvación como la historia mundial, muestra claramente lo que sucede cuando esto ocurre. Cuando Dios es eliminado, algo más se convierte en “dios”. Las sociedades descienden y eventualmente caen y desaparecen a menos que regresen al Dios verdadero y se conviertan en culturas que promuevan una vida de santidad y virtud.

Hay por menos una lección más de la regla de San Benito que es aplicable en estos tiempos de desunión y división social. Los monjes y hermanas de la familia espiritual benedictina son conocidos por su hospitalidad. La Regla enseña esta virtud de esta manera: “A todos los huéspedes que vienen al monasterio se les recibe como a Cristo, porque él dirá: ‘era forastero y me acogieron’ (Mt 25,35). Hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe (Gálatas 6:10) y a los peregrinos” (Regla, # 53).

Pidamos en nuestra oración poder ver a otros como Cristo mismo que viene a nosotros, incluso si están vestidos con lo que Santa Madre Teresa llamó “el disfraz angustiante de los pobres”. Si buscamos continuamente la voluntad del Padre y pedimos en oración por la configuración de nuestro corazón al suyo y nuestra voluntad a la suya, entonces podremos resistir cualquier desafío.