¿Por qué llamamos “padre” a los sacerdotes?

Obispo Jorge Rodríguez

(Foto de Andrew Wright)

Este mes se celebra el Día del Padre, y así como todos se preparan para expresar su amor y gratitud a la mamá en mayo, también este mes es ocasión para reconocer nuestro deber de gratitud a ese hombre que llamamos “padre”.

Llamamos “Padre” a Dios, al Papa lo indicamos como el “Santo Padre”, y también nos referimos a nuestro sacerdote con el apelativo de “padre”. Por no mencionar al “padre” de la patria, a los “padres” fundadores, y hasta el equipo de beisbol “Padres” de San Diego. ¡Pero Jesús nos dijo que no llamáramos a nadie “Padre” en la tierra! ¿O es que Cristo nos prohíbe llamar “padre” a nuestro padre biológico?

Evidentemente que no, y así lo entendió la comunidad cristiana desde los inicios, y por eso siguió llamando “padre” a sus padres biológicos, y posteriormente aplicó este nombre al sacerdote. Algunos hermanos separados usan este texto para argumentar que la Iglesia católica está contra lo que enseña la Biblia. Ahora no voy a entrar en detalles porque es una cuestión de interpretación. Lo que sí les puedo asegurar es que la Biblia misma y la tradición cristiana nos dan la razón.

El sacerdote nunca se casa y no tiene hijos. Nadie lo celebra en el Día del Padre, y nunca oirá un niño llamarlo “papá.” Y, sin embargo, cuando llega a la parroquia la gente lo llama “padre”. Incluso lo llaman “padrecito”, como en la famosa película de Cantinflas.

Hay que reconocer que en el campo de la fe entre el sacerdote y el fiel cristiano se establece una relación espiritual que permite aplicar al sacerdote la realidad de la paternidad. La figura del padre está relacionada con el principio de la vida, su defensa, protección, y la presencia vigilante que nos infunde seguridad. Dios es nuestro Padre y de Él viene toda vida; su providencia nos cuida y su presencia nos hace sentir seguros. Por eso Jesús nos enseñó a llamarlo así: “Padre”. Dios es padre no solo porque es el origen de nuestra vida terrena, sino porque también es el que nos da la vida divina y eterna. Cada una de nuestras células y todo lo que somos está profundísimamente ligado a Él y de Él depende.

Pero Dios ha querido asociar su paternidad con aquellos que comparten el sacerdocio de su Hijo, pues a través de su ministerio nos es dada la vida de la gracia, la comunión que nos mantiene en vida, y la oración que nos defiende del enemigo. El sacerdote, como un padre, nos enseña la fe, nos perdona cuando fallamos y nos bendice como hace un padre. Como hace Dios, nuestro Padre. Del sacerdote recibimos la fe apostólica, los sacramentos y la vida sobrenatural. Él no es la fuente, sino el canal.

Por su parte, el sacerdote encuentra en los fieles esos hijos e hijas que Cristo les prometió que recibirían los que lo dejaran todo por Él. El “padre” deja la posibilidad de una familia, y Dios le entrega otra mucho más numerosa: ustedes, los fieles, los que lo llaman “padre”, aunque no los unan lazos de sangre.

Es verdad que cuando el sacerdote regresa a casa después de una jornada de trabajo, no encuentra a nadie que le salga al encuentro para llamarlo “papá”, pedirle que le lea un cuento o que le ayude en la tarea. Pero cuando llega a la parroquia al día siguiente, lo primero que va a escuchar es alguien llamándolo “padre”.

Una de las primeras palabras que seguramente aprendió a decir el niño Jesús fue “padre”, y quizá fue una de las más usadas durante su infancia y adolescencia. José, su padre, lo inspiraba. Jesús rezaba mucho, y sabemos que siempre empezaba llamando a Dios, “Padre”. Y murió diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23, 46).

“Padre” es una de las palabras más cordiales de nuestro vocabulario. Se la decimos a Dios con toda el alma. Se la decimos a nuestro papá con todo el corazón. Si se la dicen a su sacerdote, díganla desde la fe: nuestro padre es Dios, pero este hombre lo representa en mi vida, y me da la vida sobrenatural, la nutre con la Eucaristía y me hace experimentar el cuidado de Dios.

 

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Por qué estoy aquí?”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

Todos experimentamos de manera muy personal el sufrimiento, causa de la envidia y el orgullo de Satanás. Sin embargo, hay historias como la de Chary que nos muestran la bondad de Dios y lo que él puede hacer en nuestra vida si nos abrimos a su inagotable misericordia.

Era madre soltera, uno de sus hijos la odiaba y no le hablaba en 5 años, dos hijos tenían problemas con las drogas y el alcohol y una hija había intentado suicidarse 5 veces. Estaba enfadada, desesperada y llena de resentimiento contra su exmarido. Fue entonces que finalmente decidió aceptar la invitación a asistir a aquel retiro para ver si eso de Dios era cierto.

Dios no solo terminaría por cambiar la vida de Chary por completo, sino también la de su familia. “Yo estaba muy lejos de conocer mi fe católica. No era ni católica de domingo”, dijo María del Rosario Pasillas, más conocida como Chary, madre de 6, proveniente del estado de Zacatecas y feligrés de la parroquia de la Ascensión en Denver. “Me divorcié de mi esposo por su problema con el alcohol y tenía muchos problemas con mis hijos”.

Chary creía que era suficiente proveer una estabilidad económica para sus hijos, por lo que pasaba la mayor parte del tiempo trabajando. Pero no necesariamente dedicaba mucho de su tiempo libre a sus hijos. Después de su divorcio, se había entregado al mundo “como una joven”, por lo que la relación con sus hijos había empeorado.

“Me decían (unas amigas): ‘¡Pídele a Dios!’, y yo no creía; estaba enojada con Dios porque había permitido que mi marido se hiciera alcohólico y mis hijos drogadictos”, recuerda Chary. “Después de un intento de suicidio de mi hija, la tuvieron encerrada en un hospital psiquiátrico. Fue entonces que decidí ir a ver si era cierto lo que me decían de ese Dios”.

En el 2017, Chary asistió a un congreso de El Sembrador Nueva Evangelización (ESNE) en Chicago, al que varias amigas la habían estado invitando durante 2 años. Su experiencia fue tan fuerte que en ese evento le entregó su vida a Dios.

“Fue algo tan maravilloso que yo viví. Decían: ‘Busca primero el reino de Dios y lo demás vendrá por añadidura’. Y cuando yo le dije que sí a Dios, mi vida empezó a cambiar”. A partir de ese momento, Chary comenzó a orar por sus hijos.

“No pasó ni siquiera un mes cuando yo empecé a ver resultados. Empecé a hacer oración por mi hijo que no veía desde hace 5 años. Cumplidos los 2 meses, mi hijo regresó e hicimos las pases”, afirmó.

También hizo a un lado el odio que le tenía a su esposo y lo invitó a ir a misa para pedir por sus hijos, después de haber estado divorciados por 13 años. Así se dio cuenta de que su esposo había cambiado por completo.

“Él nomás me estaba esperando. Hablamos, aclaramos todos nuestros problemas y nos pedimos perdón el uno al otro”, recordó Chary, agradecida. “Qué momentos tan fuertes tuvimos que pasar para tener la familia que tenemos ahora. Yo decía que no necesitaba de nadie, menos de ese hombre; le tenía tanto odio. Pero Dios me devolvió a otro hombre, no el mismo que yo había divorciado”.

Pero las bendiciones no terminaron allí. Chary invitó a su hija a asistir a un retiro de ESNE, ya que su hija no encontraba alivio en manos de los psicólogos y estaba tomando 13 medicamentos para su ansiedad y depresión.

“Los psicólogos me habían dicho que jamás iba a estar bien. No creían que mi hija iba a sanar. Pero mi Señor me la sanó. Haga de cuenta que Dios me la dio de alta en ese congreso de mujeres de El Sembrador. Gracias a Dios, mi hija es sana. En primer lugar, sin duda, fue Dios; ahí está Dios”, expresó Chary. “El Sembrador es un instrumento que Dios ha usado para sanar tantas vidas, matrimonios, drogadictos… Es maravilloso lo que Dios hace”.

El testimonio de Chary y su familia inspiraría a Noel Díaz, fundador de ESNE, a abrir una estación de radio católica en Denver. Foto provista.

Lo que Dios hizo en la vida de Chary y de su familia también llevó a que ESNE eventualmente abriera una estación de radio católica en Denver, la 1040 AM.

A pesar de que algunos de sus hijos siguen teniendo problemas con las drogas y el alcohol, Chary no ha perdido la confianza en que Dios puede cambiar su vida, y siempre ora por ellos.

“Yo creía que lo podía todo por mí misma, pero somos tan frágiles. Dios está ahí, y es tan bueno y misericordioso, que, hasta de esos matrimonios ya perdidos, puede hacer algo”, concluyó Chary. “Mientras Dios exista, yo no voy a perder la fe, porque él tiene el poder”.

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