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lunes, diciembre 5, 2022
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Por qué los católicos deben oponerse a la legalización de la marihuana

Por el Dr. Jared Staudt

Durante este Avivamiento Eucarístico, que llevará varios años, no solo debemos fomentar la devoción al sacramento que reconocemos como la fuente y cumbre de nuestra fe, sino que también debemos eliminar los obstáculos que nos impiden beneficiarnos de esta “medicina de inmortalidad” (San Ignacio de Antioquía, “Carta a los Efesios”, ca. 100 d.C.). Creemos haber encontrado la verdadera medicina que nos recrea, transformándonos en lo que consumimos, el cuerpo mismo de nuestro Creador, y, por tanto, debemos oponernos a todos los falsos sustitutos. La medicina falsa envenena el alma.

Somos lo que comemos. Consumir alimentos saludables fortalece el cuerpo, mientras que la comida chatarra causa un desorden interior en nuestro cuerpo. Peor aún, consumir cosas que claramente dañan nuestra salud y perjudican nuestra mente constituye un pecado grave, que daña tanto el cuerpo como el alma. Sin embargo, como remedio, Dios nos ha dado su propia vida para consumir. En la Eucaristía, Jesús nos entrega su propio cuerpo y sangre para consumir bajo la apariencia de pan del vino para que, convirtiéndonos en lo que consumimos, podamos compartir su propia vida con él en cuerpo, mente y alma. A través de la comunión con Cristo, la Eucaristía nos capacita para afrontar las tentaciones y dificultades que acompañan a nuestro pan de cada día.

No obstante, un falso consumo de lo que es dañino para el cuerpo y el alma nos presenta con la tentación de escapar de las dificultades. Las drogas ofrecen una falsa medicina que encubre las dificultades sin abordar verdaderamente su causa ni aportar fuerza alguna para superarlas. Mientras que la Eucaristía nos transforma, las drogas nos deforman hasta convertirnos en una sombra de nosotros mismos, no más sino menos vivos. Los jóvenes recurren a las drogas por aburrimiento o angustia, buscando algo más, buscando un sentimiento que trascienda la vida ordinaria a través de su intensidad para disminuir el sufrimiento y la falta de sentido. Esto es solo temporal, ya que, cuando el sentimiento se va, el segundo estado es peor que el primero. La Eucaristía, aunque a menudo se recibe como pan común, verdaderamente satisface el anhelo trascendente en nosotros que nos empuja más allá de lo mundano.

El daño que han causado las drogas se puede ver fácilmente en cualquier lugar de nuestro país. Sobredosis, adicción, personas sin hogar, vidas destruidas: todas estas cosas solo han empeorado en la última década en la que se han legalizado las drogas, especialmente, pero no exclusivamente, la marihuana (entre los ejemplos más extremos se encuentran la ciudad de Denver y el estado de Oregón). La creciente aceptación a esta destrucción proviene de una falsa compasión e individualismo, que permite a las personas elegir un medio para buscar el alivio al sufrimiento. Sin embargo, no estamos ayudando a los demás al permitirnos esta falsa libertad. Estamos abusando de las drogas tanto con fines medicinales como recreativos, creyendo que estamos ayudando a las personas a evitar el sufrimiento.

¿Son las drogas verdadera medicina? La medicina conduce a la curación y promueve un buen orden en el cuerpo. El uso de drogas con fines medicinales no cumple con ninguno de estos objetivos, porque en lugar de mejorar un problema, solo llevan a la mente a evitarlo. El “efecto secundario” es el deterioro de nuestra facultad racional, el aspecto más elevado de lo que somos, a través del cual conocemos la verdad y nos relacionamos con Dios. De la misma manera, podemos preguntarnos, ¿realmente las drogas brindan recreación? Aunque entendemos la recreación como una actividad placentera, el origen de su significado, ser recreado, apunta a una renovación del cuerpo y la mente a través de la diversión. La recreación nos saca de la actividad frenética hacia lo que es más importante: la oración, la familia, la belleza de la naturaleza y la cultura. Las drogas no hacen tal cosa, sino que nos atrapan dentro de nosotros mismos, rompiendo nuestra relación con Dios y con los demás, lo que dificulta que participemos en las acciones que más importan.

La Eucaristía es la verdadera medicina que nos recrea. Pero para recibir las gracias de la Eucaristía, tenemos que morir a nosotros mismos. Muchos de nosotros no experimentamos sus efectos transformadores porque permanecemos apegados al mundo, buscando otros remedios hechos por nosotros mismos; si no drogas, apegos a la comodidad, las distracciones, el entretenimiento y el éxito. Legalizar la marihuana y otras drogas, propuestas que volvemos a ver en la boleta electoral este noviembre, ofrece una solución falsa, una antimedicina que degradará aún más a nuestra sociedad. Aunque nos encontramos cada vez más en desacuerdo con nuestra cultura, sería una tragedia apoyar algo que es tan claramente dañino para las personas.

Al vivir en Colorado, he visto de primera mano los efectos nocivos de la legalización de la marihuana: un aumento de visitas a la sala de emergencias, incluso de niños, así como más adolescentes y adultos que experimentan con las drogas (la marihuana es una droga que abre la puerta a otras drogas), tasas más altas de accidentes automovilísticos, un aumento (no disminución como se nos prometió) en la actividad de los cárteles de drogas y un deterioro general de la cultura. Los resultados están ahí, si alguien presta atención. La legalización encaja con la tolerancia general de nuestra cultura, aunque este tipo de tolerancia se convierte rápidamente en un caos. Como católicos, tenemos la respuesta a los problemas de nuestra cultura, y el Avivamiento Eucarístico brinda la oportunidad de mostrar la verdadera medicina de la vida humana.

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