¿Por qué los católicos llaman “padre” a los sacerdotes?

Por Philip Kosloski | Aleteia 

¿No dijo Jesús: “No llamen padre a nadie”?

Puede ser un poco confuso. Jesús dijo -está registrado en el Evangelio de Mateo-: «No llamen ustedes padre a nadie en la tierra, porque tienen solamente un Padre: el que está en el cielo» (Mt. 23, 9).

A primera vista, esto parecería contradecir la costumbre católica de llamar «padre» a los sacerdotes. Aún más: ese versículo suena como que no deberíamos llamar a nuestro padre, «padre», y que la única persona a la que podemos llamar «Padre» es Dios.

¿Entonces qué hacer?

En su contexto, Jesús se dirige a la hipocresía de los escribas y fariseos. El padre William Saunders, en un artículo en Catholic Exchangeresume lo que Jesús estaba tratando de decir.

«Nuestro Señor los castiga por no dar un buen ejemplo; por crear pesadas cargas espirituales para los demás con sus diversas reglas y regulaciones; por ser altaneros en el ejercicio de su oficio; y promocionarse buscando lugares de honor, buscando marcas de respeto y usando símbolos ostentosos. Básicamente, los escribas y los fariseos habían olvidado que eran llamados a servir, al Señor y a los que se les había confiado, con humildad y espíritu generoso.

Dado ese contexto, Jesús dice no llamar a nadie en la tierra con el título de «Rabino», «Padre» o «maestro», en el sentido de arrogarse a sí mismo una autoridad que descansa en Dios y de olvidar la responsabilidad del título.

Catholic Answers añade una aclaración y explica cómo «[Jesús] estaba usando la hipérbole (exageración para hacer un punto) para mostrar a los escribas y fariseos cuán pecadores y orgullosos eran por no mirar humildemente a Dios como fuente de toda autoridad y paternidad y enseñanza y, en cambio, establecerse como las últimas autoridades, figuras paternas y maestros».

Esto ayuda a entender por qué Jesús usó algunas veces el título de padre para alguien que no es Dios, incluyendo «Padre Abraham», el padre del Hijo Pródigo y otros padres terrenales (ver Mateo 10,37).

Jesús se estaría contradiciendo a sí mismo si pretendiera una aplicación estricta de sus palabras a los fariseos. El contexto es siempre la clave para interpretar pasajes difíciles.

Con eso en mente, ¿por qué los católicos llaman a los sacerdotes «padre»?

Los sacerdotes siempre han sido vistos en la Iglesia católica como padres espirituales. San Pablo dejó esto claro al escribir a los Corintios:

«No les escribo esto para avergonzarlos, sino para darles un consejo, como a mis propios hijos, pues los amo. Pues aunque ustedes, como cristianos, tengan diez mil instructores, padres no tienen muchos. Padre de ustedes soy yo, pues les anuncié el evangelio por el cual quedaron incorporados a Cristo Jesús» (1 Corintios 4, 14-15).

Incluso el Papa desde el principio ha sido conocido como «papa», que es un término latino para «padre» utilizado por un niño.

El término representa la paternidad espiritual de todos los sacerdotes y cómo somos sus hijos en la fe. Ellos pasan y cultivan la fe y nos aconsejan como un padre aconseja a su hijo o hija.

Esta es una de las razones por las cuales la Iglesia Occidental todavía favorece el celibato en el sacerdocio, permitiendo a los sacerdotes la libertad de ser padres espirituales para el rebaño que Dios les ha confiado.

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada El asombro de la Navidad”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

La espera de la Navidad es uno de los recuerdos más preciados para muchos de nosotros, y con razón: ¿quién no recuerda las bellas tradiciones que se celebraban en este tiempo cuando éramos niños?

Un autor decía que en nuestra vida hay “tres momentos de encanto” en la Navidad.

El primero es cuando somos niños. Muchos de nosotros quizá́ podemos recordar con ilusión el gran sentido de asombro que había en todo lo que se hacía: los cantos, las posadas, la celebración, el nacimiento, el niñito Jesús… Era algo casi místico que dejaba una huella en el corazón y nos abría a un misterio hermoso.

El segundo momento de encanto es cuando crecemos y podemos crear la misma experiencia para nuestros hijos. Al intentar recrear la realidad que nosotros vivimos en nuestra niñez, descubrimos el gran número de detalles y actos de amor que conlleva hacer algo hermoso y memorable. Pero, además, es un momento en el que los papás vuelven a ser como “niños”, al recordar y experimentar de nuevo el entusiasmo y la alegría de lo que se avecina. No es fácil hacerlo, pues requiere de sacrificios, pero en realidad es esencial que un adulto vuelva a ser como niño, que de nuevo sea capaz de asombrarse ante el misterio del nacimiento de Cristo.

El tercer momento es cuando pasamos a ser abuelos y observamos a nuestros hijos suscitar el asombro navideño en nuestros nietos. Para un abuelo, los nietos son una de las alegrías más grandes. Ahora que sus hijos cargan con la mayor parte del peso de la celebración, los abuelos pueden volver a ser como niños, aunque ahora experimentando el asombro y la alegría a través de sus nietos.

En realidad, la Navidad se trata de volver a ser como niños, de permitir que Dios nos llene de asombro y alegría con las bendiciones simples de nuestra vida. El corazón y la mente de un niño son capaces de alegrarse y apreciar las cosas pequeñas. Al final, ellos nos recuerdan que debemos ser como niños para poder ser verdaderos discípulos de Cristo.

La Navidad es entonces una oportunidad para dejarnos asombrar por Cristo y ayudar a nuestros hijos a hacer lo mismo.

Por eso es importante recuperar el sentido cristiano profundo de muchas de las tradiciones propias del Adviento y la Navidad, para así transmitir a nuestros hijos la fe y el asombro que debe suscitar en nosotros el plan maravilloso de Dios.

Si los papás no creamos una cultura de encuentro con Dios en nuestro hogar, ¿quién lo hará? Son precisamente las prácticas palpables que nos abren al misterio de Cristo y las que hacen posible que un niño se enamore de Dios y que un adulto renueve su amor por él.

Descubramos, pues, el sentido cristiano de las prácticas navideñas y asegurémonos de que nuestros hijos lo conozcan.

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