Por qué seguimos y el testimonio de Viganò

Escritor Invitado

Por George Weigel

Las lecturas de la misa dominical durante este verano de horror han sido sorprendentemente apropiadas, empezando por el alegato de Jeremías contra los malos pastores que desorientan al rebaño del Señor (25 de julio) y continuando por la historia de la deserción de numerosos discípulos tras las “duras palabras” del sermón sobre el Pan de Vida (26 de agosto).

Y es totalmente comprensible que a no pocos católicos se les haya atragantado la palabra “santa” en estos meses pasados, cuando se les pedía afirmarla de la Iglesia en el Credo y en el ofertorio. Pero, aunque comprensible, ello implica que algo se ha entendido mal. La razón se nos ofrece en Juan 6, 60-66 inmediatamente después de la historia de la deserción, cuando el Señor pregunta a los Doce si también ellos van a abandonarle y Pedro responde: “Maestro, ¿a quién acudiremos? Solo Tú tienes palabras de vida eterna”.

La vida eterna se nos ofrece sacramentalmente en todas las misas. Por eso creemos; por eso seguimos en la Iglesia; y por eso debemos llevar a cabo cualquier esfuerzo, desde nuestros distintos estados de vida en el Cuerpo Místico de Cristo, para reformar lo que deba ser reformado y que otros puedan conocer y amar al Señor Jesús y experimentar los frutos de vida de la amistad con Él. La actual crisis de la Iglesia es una crisis de fidelidad y una crisis de santidad, una crisis de infidelidad y una crisis de pecado. Es también una crisis de evangelización, en la medida en que los pastores sin credibilidad son un obstáculo a la proclamación del Evangelio (que es, como sugieren los titulares cotidianos, lo que el mundo necesita gravemente).

Como consecuencia inmediata del Testimonio del arzobispo Carlo-Maria Viganò y de su afirmación de que el Papa Francisco conocía la caída de Theodore McCarrick, antiguo arzobispo de Washington, y levantó las sanciones contra McCarrick que habían sido impuestas (pero nunca aplicadas seriamente) por el Papa Benedicto XVI, la polémica dentro de la Iglesia se intensificó enseguida y se repicó a través de los medios. En esta atmósfera febril, es virtualmente imposible que alguien diga nada sin suscitar sospechas y acusaciones. Pero como conocí bien al arzobispo Viganò durante su servicio como nuncio en Washington, me siento obligado a hablar sobre él, lo que espero ayude a otros a considerar en profundidad sus muy serias acusaciones.

En primer lugar, el arzobispo Viganò es un reformador valiente, que fue expulsado del Vaticano por sus superiores inmediatos porque estaba decidido a enfrentarse a la corrupción financiera en el Governatorato, el gobierno del estado de la Ciudad del Vaticano.

En segundo lugar, y según mi experiencia, el arzobispo Viganò es un hombre honrado. Hemos hablado a menudo sobre muchas cosas, grandes y pequeñas, y nunca tuve la impresión de que me dijese algo distinto a lo que él creía en conciencia que era la verdad. Eso no significa que tuviese siempre razón: como hombre de humildad y oración, él sería el primero en admitirlo. Pero eso sugiere que los intentos de presentarle como alguien que formularía deliberadamente acusaciones falsas, alguien distinto a un testigo honesto de lo que él cree que es la verdad, no son convincentes. Cuando él escribe en su Testimonio que está “dispuesto a confirmarlos [los hechos] bajo juramento llamando a Dios como mi testigo”, lo dice en serio. Lo dice absolutamente en serio. El arzobispo Viganò sabe que, al hacer ese juramento, pone su alma en sus manos; lo que significa que sabe que, si hablase falsamente, sería poco probable que la recobrase.

En tercer lugar, el arzobispo Vigano es un leal hombre de Iglesia, que pertenece a una cierta generación y formación, educado en una auténtica devoción al papado. Su adiestramiento en el servicio diplomático pontificio le conduce instintivamente a asumir la defensa del Papa como su primera, segunda, tercera y centésima prioridad. Si él cree que lo que ha dicho ahora es verdad, y que la Iglesia necesita conocer esa verdad para purificarse de cuanto dificulta su misión evangélica, entonces es que está haciendo caso omiso de sus instintos más arraigados por la más grave de las razones.

Lo que el arzobispo Viganò atestigua saber sobre la base de sus experiencias directas, personales y en muchos casos documentables en Roma y Washington merece ser considerado seriamente, no desdeñado o ignorado perentoriamente. El cardenal Daniel DiNardo, presidente de la conferencia episcopal, comparte evidentemente esta opinión, como deja clara su declaración del 27 de agosto. Lo que necesitamos es otro paso adelante hacia la purificación y la reforma.

Traducción de Carmelo López-Arias. Religión en Libertad. 

Próximamente: El seminario de Denver tiene un riguroso proceso de selección y formación de sus sacerdotes

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Debido a los escándalos de abuso sexual ocurridos en Estados Unidos mucha gente se pregunta con qué criterio se admiten a los jóvenes en los seminarios. Por ello ofrecemos este artículo en el que explicamos cómo los seminarios de la Arquidiócesis de Denver evalúan a aquellos jóvenes que vienen con la inquietud sobre la vocación al sacerdocio.

La Arquidiócesis de Denver cuenta con dos seminarios: Saint John Vianney y Redemptoris Mater han liderado durante casi 30 años la investigación diligente de seminaristas y la formación de futuros sacerdotes sanos.

“Nuestra tarea consiste en formar hombres virtuosos con el corazón de Jesús, que mueran a ellos mismos, que estén dispuestos a servir donde estén llamados y que sirvan a los fieles confiados a su cuidado con caridad pastoral”, dijo el arzobispo Samuel Aquila. “El sacerdocio no se trata de uno mismo, sino de servir a Cristo y a la Iglesia, donando la propia vida como Cristo donó su vida por nosotros”, aseguró.

Por su parte el padre Daniel Leonard indicó que “la generación actual de seminaristas es la más estudiada”. Christina Lynch, quien ha trabajado durante 12 años como directora de servicios psicológicos del seminario, asegura que las pautas para examinar candidatos han evolucionado con el tiempo y siguen siendo cada vez más estrictas. “Lo que ocurrió en el pasado nos muestra que si tú no quieres ver algo no lo ves”, dice. “Esto ha cambiado en los seminarios”.

“Creo que la diferencia no es solo el espíritu de transparencia sino que funciona en ambos sentidos”, asegura. “Los hombres sienten que sus formadores están ahí para su mejor interés.

 

 

Selección

El proceso de selección en el seminario comienza en el momento en que los hombres están interesados en seguir el sacerdocio.

Para el St. John Vianney, los candidatos deben tener un encuentro primero con el director de vocaciones, el padre Ryan O´Neill, quien busca conocer la vida personal, espiritual y familiar de cada hombre durante un período de tiempo.

El siguiente paso consiste en llenar una aplicación que consta de aproximadamente 20 páginas, el certificado de no antecedentes penales, una autobiografía, cuatro cartas de referencia y, si se aplica, el certificado de inscripción a la universidad.

De otro lado, para aquellos interesados en ingresar al Redemptoris Mater deben someterse a un doble proceso de admisión que vienen del Camino Neocatecumenal y que “incluye la selección de candidatos en un proceso que consta de cuatro partes, entre ellos, una selección por parte de sacerdotes y laicos antes de que ellos sean recomendados por una admisión al seminario tanto a nivel local como regional y nacional”, dice el padre Tobias Rodriguez-Lasa, rector de este seminario.

“Si estos procesos de selección culminan de manera exitosa y si los candidatos se sienten preparados, ellos son invitados a participar en el retiro vocacional internacional en el que son analizados una cuarta vez”, dice.

Después los candidatos pasan por un el proceso estándar que tiene la Arquidiócesis.

Quienes aspiran ingresar a ambos seminarios deben pasar por un proceso psicológico integral donde se evalúa si tienen la capacidad para ingresar al seminario. La evaluación cubre una variedad de áreas, incluyendo el desarrollo psico-sexual y la historia familiar. Los análisis también detectan si tiene algún tipo de adicción que el candidato pueda tener o si sufre de atracción al mismo sexo.

“Hacemos preguntas muy rigurosas en esta entrevista y luego elaboramos una serie de pruebas como personalidad y pruebas de proyección”, dice la doctora Lynch. “Es una entrevista extremadamente profunda”.

Finalmente el comité de admisiones (que incluye rectores y otros miembros del equipo del seminario) elabora una entrevista al candidato.

Los aspirantes pueden ser rechazados en cualquier momento del proceso de selección. De acuerdo con la doctora Lynch y el padre O’Neill, los problemas comunes que impiden que los hombres sean aceptados son adicciones, tendencias homosexuales profundamente arraigadas o trastornos de personalidad que pueden incluir la inhabilidad para controlar las inclinaciones sexuales poco saludables.

“La Iglesia católica es para todos”, dice el padre O’Neill, “pero el seminario no. El hecho de que un joven quiera ser sacerdote no quiere decir que necesariamente llegará a serlo”.

 

Dentro del seminario

La selección no termina cuando se entra al seminario. “Una vez ellos son admitidos, son evaluados constantemente por un equipo de formación, por supervisores de apostolado y por sus mismos compañeros”, dice el padre Leonard.

Una mayor parte de la vida del seminario es la formación la cual, en el St. John Vianney, tiene cuatro pilares: humano, intelectual, pastoral y espiritual. Además los seminaristas realizan  un año de espiritualidad dedicado a la oración y el discernimiento.

“Es un año en el cual los candidatos están verdaderamente desconectados del mundo para que puedan así sumergirse en las partes más profundas y misteriosas de su corazón”, dice el padre O´Neill.

“El año de oración enseña al candidato cuál es la prioridad en su vida cristiana”, agrega “y permite un honesto discernimiento en el celibato sacerdotal”.

La formación en el seminario Redemptoris Mater de Denver dura alrededor de diez años, los cuales incluyen dos o tres años experiencia misionera. Durante este tiempo los seminaristas son monitoreados por los sacerdotes y laicos en diferentes situaciones fuera del seminario.

“El hecho de que sea un tiempo más largo y exista una variedad de lugares no institucionales la experiencia de los seminaristas le da al equipo de formación más y mejores oportunidades para identificar y actuar sobre cualquier potencial problema que puede aparecer en la evaluación psicológica inicial, durante la formación o los años de estudio o durante la experiencia misionera”, dice el padre Rodríguez-Lasa.

El doctor David Kovacs, psicólogo clínico del seminario St. John Vianney, dijo que el vivir en el seminario hace que sea difícil que permanezcan ocultas aquellas dificultades más profundas que pueda presentar el candidato.

Las evaluaciones son una gran herramienta para ver lo que sucede debajo de la superficie, aquello que la gente no puede ver”, dice el Dr. Kovacs. “Y una vez ellos ingresan ahí hay muchos ojos observando a ese muchacho”.

Los dos seminarios de Denver tienen como formadores a personas que los acompañan y que monitorean su comportamiento, así como evaluaciones rutinarias.

El equipo del St. John Vianney y del Redemptoris Mater continúa así esforzándose por alcanzar la transparencia, el análisis riguroso de los seminarios y, especialmente la excelencia para formar a los sacerdotes de la mejor manera posible – los que están comprometidos a servir al pueblo de Dios y llevarlos a un encuentro con Jesucristo.

 Traducido del original en inglés por Carmen Elena Villa