Propuesta de matrimonio en una obra de teatro

Carmen Elena Villa

“¿Te quieres casar conmigo?” Fue la pregunta que le hizo Juan Olivo de 25 años a su novia Génesis de 23, después de cuatro años de novios, con anillo en mano y con un ramo de flores. El escenario de la propuesta fue, literalmente, un escenario. Ocurrió al finalizar la obra de teatro “El taller del orfebre”, escrita por Karol Wojtyla (luego San Juan Pablo II) y en la cual ellos interpretaron el papel de un par de novios (Cristóbal y Mónica).

Esta obra, escrita en 1956, es una meditación sobre el matrimonio. Cristóbal y Mónica se preparan para casarse. Sin embargo, sienten temor debido a que los dos vienen de familias en las que se ha experimentado mucho dolor. La madre de Cristóbal quedó viuda siendo muy joven y el matrimonio de los padres de Mónica ha fracasado. Los padres de ambos novios visitaron en el pasado y de manera separada el taller del mismo un orfebre, quien les explica el significado de la alianza matrimonial. “El peso de estas alianzas de oro no es el peso del metal sino el peso específico del hombre, de cada uno de vosotros por separado y de los dos juntos”, les dijo el orfebre a Teresa y Andrés (padres de Cristóbal) cuando fueron juntos a comprar los anillos para su boda.

Puesta en escena

La idea de representar “El taller del orfebre” en español surgió del padre Félix Medina, párroco de Queen of Peace en Aurora, quien le preguntó a Gabriela Pasillas, directora de teatro, si se animaba a hacer el montaje. Un grupo de jóvenes de EvangelizArte (un proyecto que, como su nombre lo indica, busca la evangelización a través del arte) decidió seguir esta idea. Entre ellos estaban los novios Juan y Génesis quienes aceptaron el papel de los – también novios – Cristóbal y Mónica.

Y mientras que Juan se aprendía el libreto, memorizó una frase que fue más allá de la interpretación de un papel: “El amor es un continuo desafío que nos lanza Dios, y lo hace, tal vez, para que nosotros desafiemos también el destino”. Así se preguntó: “¿Y qué tal si le pido matrimonio dentro de la obra?”.

Aprovechó que Génesis salió de viaje, invitó a comer a sus futuros suegros para darles la noticia y pidió a sus amigos que fueran sus cómplices y le ayudaran a preparar esa inusual pedida de mano. Y mientras tanto, Génesis ni se imaginaba lo que iba a ocurrir en el escenario.

Y se llegó el día. Ella confiesa que vio a Juan algo nervioso, pero le pareció normal, pues era su primera presentación. También se sorprendió de que llegaran tantos amigos y parientes a ver la obra, pero pensó que era porque la querían ver en escena. “Antes de salir al escenario Juan me dio un beso en la frente. Él no suele ser así”, cuenta Génesis. Al finalizar la obra, en el momento de los aplausos y las venias, Juan fue por un ramo de flores. “Quizás son para Gabriela, la directora”, pensó Génesis, pero Juan se dirigió a su novia también con un anillo. Mientras tanto unos amigos suyos subieron al escenario con un letrero que decía: “¿Te quieres casar conmigo?”.  “Las piernas se me pusieron como un espagueti”, confesó Génesis, quien, emocionada (y enamorada) aceptó la propuesta delante del púbico que no paraba de aplaudir.

Para ambos, interpretar el papel de Cristóbal y Mónica en “El Taller del Orfebre” ha sido más que una representación teatral. Ellos al aprenderse los libretos, ensayar y luego salir a las tablas, han podido meditar en lo que significa esta vocación y la seriedad de lo que implica prometerse, delante de Dios, amor para siempre.

“Me han servido mucho las palabras que usa este papa, cuando dice que el matrimonio como un reto y nos alienta saber cómo llevarlo, venga lo que venga”, dice Génesis. “Yo estaba discerniendo si Dios me llamaba a casarme con Génesis y llegó esta obra. Le pedí a San Juan Pablo II que intercediera por mí y así lo hizo”, comenta Juan.

Estos novios contraerán matrimonio el 29 de septiembre para representar en sus propias vidas estos versos escritos hace 62 años. Como dijo en la obra Cristóbal a Mónica: “Cuando llegue el día de nuestra boda, vendré y te sacaré de tu casa, transformada en persona madura para el dolor del amor, para el dolor de un nuevo parto, y todos nos sentiremos inmensamente gozosos y todos alcanzaremos el límite de lo que, en el lenguaje de los hombres, se llama tal vez «felicidad»”.

Próximamente: Descubriendo a Dios en todas las cosas

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Por, obispo Robert Barrón.

Sin duda alguna, existe un énfasis dentro de la tradición bíblica de que Dios es radicalmente otro:

“Cierto, tú eres un Dios oculto, el Dios de Israel, salvador” (Isaías 45:15) y “Pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y segur con vida (Éxodo 33:20)”.  Esto habla sobre el hecho de que el que creó el universo entero de la nada, no puede ser él mismo, un elemento dentro del universo, uno junto a los demás.

Pero al mismo tiempo, las Escrituras también atestiguan la omnipresencia de Dios: “Se propaga decidida de uno al otro confín y gobierna todo con acierto (Sabiduría 8:1) y “¿A dónde iré lejos de tu espíritu, a donde podré huir de tu presencia? Si subo hasta el cielo, allí estas tú, si me acuesto en el Seol, allí estas.  Si me remonto con las alas de la aurora, si me instalo en los confines del mar, también allí tu mano me conduce, también allí me alcanza tu diestra (Salmo 139: 7-12).

Esto habla del hecho de que Dios sostiene el universo en existencia de un momento a otro, de la misma manera que un cantante sostiene una canción.

Quizás lo que es la característica definitoria de la espiritualidad asociada con San Ignacio de Loyola- “encontrar a Dios en todas las cosas”- fluye de este segundo gran énfasis bíblico.  A pesar de su trascendencia, Dios no debe considerarse distante en ningún sentido convención de termino, ciertamente no en la forma deísta.  Más bien, como lo enseñó Tomás de Aquino, Dios está en todas las cosas “por esencia, presencia y poder”. Y ten en cuneta que, dado que Dios está dotado de intelecto, voluntad y libertad, nunca esta tontamente presente, sino siempre personal e intencionalmente presente ofreciéndonos algo de si mismo.  Por lo tanto, la búsqueda de Dios puede comenzar aquí, ahora mismo, con lo que este a la mano.

Una de las preguntas en el antiguo Catecismo de Baltimore era “¿Dónde está Dios?”.  La respuesta correcta fue “en todas partes”.  Una vez que la verdad se hunde, nuestras vidas cambian irrevocablemente cada persona, cada evento, cada pena, cada encuentro se convierte en una oportunidad de comunión con Dios.

El maestro espiritual jesuita del sigo XVII, Jean-Pierr de Caussade, expresó la misma idea cuando dijo que todo lo que sucede es directa o indirectamente, la voluntad de Dios. Una vez más, es imposible aceptar la verdad de esta declaración y seguir siendo la misma persona que eras antes.  Este tipo de bendiciones de “todas las cosas” funciona como punto de partida para la espiritualidad de Ignacio.

He tenido a Ignacio mucho en mi mente, ya que estoy en Europa filmando un documental sobre su vida y sus enseñanzas para mi serie, “Pivotal Players”.  En el largo vuelo de Los Ángeles a Roma, tuve la oportunidad de promulgar el principio que acabo de describir.  Desde que era niño, me han encantado los mapas, por lo tanto, cuando me encuentro en un largo viaje en avión paso mucho tiempo en el mapa del vuelo que rastrea la ubicación del avión frente a los puntos de referencia de la tierra.

Había leído y visto algunos videos durante la primera parte del vuelo, y luego me dormí la mayor parte del tiempo que estábamos sobre el Atlántico, pero cuando desperté, comencé a estudiar el mapa con gran interés. Estábamos pasando justo al norte de Irlanda, y pude ver claramente las indicaciones para Dublín, donde nació el padre de mi madre, y para Waterford, donde nació el abuelo de mi padre. Comencé a pensar en estos hombres, ninguno a los cuales conocí, que tenían una fe católica, la cual llegó a mi madre y a mi padre y finalmente a mí, como pura gracia.

A medida que el avión continuaba su viaje a través de la pantalla, Francia apareció en el mapa y vi el gran nombre de “Paris”. De repente, un montón de recuerdos inundaron mi mente: mi habitación simple en la Casa de Redentorista en el boulevard Montparnasse, Notre Dame, donde solía dar recorridos a los visitantes de habla inglesa, el Institut Catholique donde hice mis estudios de doctorado, mis amigos, maestros y colegas parisinos que me acompañaron durante esos tres años, la belleza de Paris en un día lluvioso. Y todo eso, lo sabía, era gracia de Dios, un regalo puro.

Luego vi que nos estábamos acercando a los Alpes, así que abrí la pantalla de la ventana y miré hacia las montanas nevadas que brillaban al sol.

¿Cómo podría no apreciar esta vista que incontables generaciones de seres humanos ni siquiera hubieran imaginado posible como un regalo esplendido?

En pocas palabras, el simple estudio de un mapa de vuelo hacia el final de un tedioso viaje se convirtió en una maravillosa ocasión de gracia.  Me pregunto si encontraríamos ese tipo de experiencias menos insólitas, reflexionaríamos sobre el hecho de que Dios quiere compartir positivamente su vida con nosotros, quiere comunicarse con nosotros. Quizás el problema es que pensamos en Dios de una manera deísta y lo olvidamos en un lugar de trascendencia irrelevante.  Entonces la carga espiritual recae sobre nosotros, encontrar alguna forma de escalar la montaña sagrada o lo suficiente como para impresionar a un exigente señor moral.

¿Qué pasa si aceptamos la noción profundamente bíblica de que Dios siempre nos esta buscando ocupada y apasionadamente, siempre tratando de encontrar formas de honrarnos con su amor? ¿Qué pasa si aceptamos alegremente la verdad de que Dios puede ser encontrado como lo enseñó Ignacio, en todas las cosas?

 

Traducido y adaptado del original en inglés por Rocio Madera.