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martes, junio 28, 2022
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¿Puede Cristo mandarnos a odiar?

Por: Padre Ángel Pérez-López. El padre Ángel, PhD, es párroco de St. Cajetan en Denver y profesor adjunto en el seminario St. John Vianney.

Algunas palabras de Cristo son más difíciles de entender que otras. Por ejemplo, en el Evangelio, Jesús nos enseña: “Si alguno viene a mí sin odiar a su padre, a su madre, a su esposa e hijos, a sus hermanos y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo”. ¿Cómo puede Cristo mandarnos a odiar?

El contexto de esta exhortación es la gran división que nuestro Señor trae (cf. Lc 12,51). No hay vía media. O estamos con Cristo o contra Él (cf. Lc 11,23; Ap 3,16). O amamos a Dios sobre todas las cosas y personas, o no lo hacemos. O amamos a Dios hasta el punto de despreciar todo lo que nos separa de Él, o nos amamos a nosotros mismos hasta el punto de despreciar al Señor. Estos dos amores fundaron, como enseña San Agustín, dos ciudades distintas: la ciudad celestial de Dios y la ciudad terrena de los hombres (cf. De Civitate Dei, XIV, cap. 28).

Ahora bien, por naturaleza, amamos el bien y odiamos el mal. Pero Dios no manda algo contrario a la misma naturaleza que Él ha creado. El orden de la gracia perfecciona el orden de la naturaleza, pero no lo contradice o se le opone. En otras palabras, la gracia se opone al pecado, pero no a la naturaleza. Por tanto, la petición de Jesús debe requerirnos odiar algo verdaderamente malo y pecaminoso, algo que nos separa de Dios y del amor debido a nuestro Señor.

Es, en este sentido, que Dios nos manda odiar padre, madre, esposa, marido, hijos, hermanos, etc. Obviamente, no tenemos que odiar la bondad natural de ninguno de ellos, sino lo que es malo y pecaminoso en nuestra relación con ellos, lo que nos separa del Señor. Amarlos más de lo que amamos a Dios sería moralmente malo. Sería pecaminoso. Constituiría un obstáculo para nuestra pertenencia al reino de Dios. Nos separaría de Jesús. Consecuentemente, esa tendencia idólatra debe ser odiada por amor a Cristo. Por este motivo, Santo Tomás de Aquino enseña que “no se nos manda odiar a nuestros parientes por ser parientes, sino sólo porque nos estorban para amar a Dios. Bajo este aspecto no son parientes, sino enemigos” (Summa Theologiae II–II, q.  26, a. 7, ad 1).

Con frecuencia, el mayor de los obstáculos a la hora de seguir al Señor es nuestra propia voluntad. Nos cuesta mucho dársela a Cristo. Al principio, somos incapaces de hacerlo. En efecto, nadie puede dar lo que no tiene. Muchas veces, nuestra voluntad no es de nuestra total pertenencia, sino que está esclavizada por nuestras pasiones o deseos. En otras palabras, experimentamos un cautiverio de los pecados de debilidad. Aunque conocemos el bien que queremos, terminamos haciendo el mal que aborrecemos (cf. Rm 7,14–25). Otras veces, en cambio, estamos tan llenos de nosotros mismos que vivimos de manera egoísta, haciendo un ídolo de nuestra voluntad al pedirle que nos conceda la felicidad última y perfecta. Pero como solo Dios puede ser nuestro fin último, al pedir esta felicidad a nuestra voluntad, la convertimos en nuestro pequeño “dios”. Para salvarnos de todo esto, Cristo ha muerto por nosotros para que no vivamos más para nosotros mismos sino para Él (cf. 2Cor 5,15; 1Thes 5,10).

En este sentido, nuestro Señor nos manda que nos odiemos a nosotros mismos. No porque tengamos que odiar nuestra bondad natural, sino porque Dios quiere que odiemos lo que es malo en nosotros, lo que es pecaminoso, lo que nos separa de Él. Estas tendencias idólatras que hemos mencionado son malas y pecaminosas. Nos separan del Señor. Por tanto, deben odiarse por amor a Cristo.

 

 

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