¿Qué es el Estatuto de Dallas?

Aaron Lambert

En el 2002, la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB por sus siglas en inglés) instituyó el Estatuto para la protección de niños y jóvenes, más comúnmente conocido como el Estatuto de Dallas (Dallas Charter). En él, los obispos de los Estados Unidos hicieron cuatro promesas en sus esfuerzos por proteger a los niños:

  1. 1. Prometemos solemnemente, unos a otros y a ustedes, el pueblo de Dios, trabajar al máximo para proteger a los niños y a los jóvenes.
  2. 2. Prometemos dedicar a este fin los recursos y el personal necesarios para lograrlo.
  3. 3. Prometemos hacer todo lo posible para ordenar al diaconado y al sacerdocio y colocar en cargos de confianza solo a aquellos que compartan nuestro compromiso de proteger a niños y jóvenes.
  4. 4. Prometemos trabajar por la curación y la reconciliación de aquellos que fueron abusados sexualmente por clérigos.

Desde entonces, todas las diócesis de EE. UU. han tenido que implementar las prácticas descritas en el Estatuto para garantizar que todas las parroquias y escuelas católicas se encuentren entre los lugares más seguros posibles para un menor. Además, el Estatuto se revisa cada siete años para garantizar que sus prácticas sean de los más altos estándares.

Promover la curación y la reconciliación

  • Alcance pastoral continuo a los sobrevivientes y sus familias.
  • Un coordinador de asistencia a las víctimas para ayudar con el cuidado pastoral inmediato de los sobrevivientes.
  • Una junta de revisión compuesta principalmente por laicos que no están empleados por la diócesis
  • No hay acuerdos secretos (a menos se soliciten)

Garantizar una respuesta efectiva

  • Denuncia obligatoria de cualquier acusación a las autoridades de inmediato.
  • Cooperación con todas las autoridades civiles y locales.
  • “Tolerancia cero”: los sacerdotes con acusaciones fundamentadas deben ser removidos permanentemente del ministerio (facultades eliminadas) y, si se justifica, despedidos del estado clerical (laicizados)
  • Transparencia en la comunicación con el público sobre el abuso sexual de menores por parte del clero.

Garantizar la rendición de cuentas

  • Auditorías diocesanas anuales de cumplimiento
  • Comité Nacional y Junta de Revisión para asesorar a la USCCB
  • Recursos nacionales disponibles para cada diócesis
  • Publicar un informe público anual sobre el progreso realizado en la implementación de esta carta

Proteger a los fieles

  • Capacitación sobre “ambiente seguro” para todos los sacerdotes, diáconos, personal y voluntarios que trabajan con niños
  • Educación sobre “ambiente seguro” para estudiantes de educación escolar y religiosa
  • Verificación obligatoria de antecedentes de todos los sacerdotes, diáconos, personal y voluntarios que trabajan con niños
  • Exámenes rigurosos y evaluaciones psicológicas para aquellos que buscan ser ordenados como clérigos

Para leer el Estatuto para la Protección de Niños y Jóvenes completo,  HAZ CLIC AQUÍ.

 

Próximamente: Cómo responder a la violencia y confusión en el Capitolio

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En estos tiempos turbulentos, todos se están haciendo la misma pregunta: “¿Cuál es la verdad?”. Según se conteste esta pregunta, y dado el relativismo de nuestro día, nos dividimos en bandos. La división se hizo totalmente manifiesta cuando un grupo de personas irrumpió en el Capitolio en Washington D.C. el pasado 6 de enero. En ese momento, vimos estallar claramente la ira y la violencia, generados por sentimientos de supresión de derechos, justo como lo habíamos visto los meses anteriores en muchas de nuestras ciudades más grandes. Tanto la derecha como la izquierda han recurrido a la violencia, lo cual es inaceptable en una sociedad civil y democrática.

¿Cuál es la raíz de esta agitación? Nuestro país está sufriendo de la descomposición de la integridad moral común y las verdades que la constituyen y que nos han permanecido unidos por unos 245 años. Ahora, cuando las personas buscan la verdad sobre casi cualquier tema, no encuentran una sola respuesta. En cambio, se encuentran con una multitud de voces contrapuestas, cada una con su propia agenda. Cada vez es más difícil encontrar una persona o una organización que busque el bien común.

Pero ¿qué debería un católico hacer durante este tiempo? ¿Cómo deberíamos responder a los constantes ataques a nuestros valores nacionales y religiosos y el deterioro de la buena intención hacia nuestro prójimo?

La única solución que reparará la debilitada integridad moral de la sociedad es la búsqueda de Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida. Recuerdo ahora mismo ese verso del salmista que dice “Aunque braman las naciones y tiemblan los reinos, él lanza su voz y la tierra se deshace. El Señor de los Ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob” (Sal 46,7-8). Él es el único que puede penetrar nuestra postura y retórica y disipar la tiniebla de la confusión. Jesús, la Palabra de Dios, nos revela a nosotros mismos y nos muestra el camino a la felicidad verdadera, como individuos y como sociedad.

Para permitir que Dios haga esto, debemos redescubrir el valor del silencio y pasar tiempo con él en su Palabra y los sacramentos. Tal como Dios se mostró a Elías en el monte Horeb, no estaba en el gran viento, en el terremoto o en el fuego; estaba en “el susurro de una brisa suave” (cf. 1 Reyes 19,9-12). Esto significa que debemos poner nuestra confianza de salvación en Cristo y buscar su sabiduría sobre cómo vivir, en vez de convertirnos en comentaristas, políticos o partidos políticos. Ellos pueden promover legislaciones o dar discursos que contienen verdad, y eso es loable y debe apoyarse cuando suceda. Pero no debemos olvidar que estamos hechos para el cielo y estamos llamados a construir el reino de Dios, no una utopía en la tierra. Jesús nos recuerda que primero debemos buscar “el reino de Dios” y “la voluntad del Padre”. San Pablo les recordó a los romanos, y hoy nos recuerda a nosotros, “No os acomodéis a la forma de pensar del mundo presente; antes bien, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12,2).

Esto significa ver tanto a nuestros amigos como a nuestros enemigos como hijos e hijas del Padre, sin importar sus creencias, etnias o afiliación política. Esto implica adoptar la visión de la Madre Teresa, de San Francisco o de Julia Greeley. Vieron a otros como Jesús lo hace.

Cuando Jesús se encontró con la mujer sorprendida en adulterio, no la condenó, sino que la llamó al arrepentimiento. Tanto San Francisco como la Madre Teresa experimentaron un llamado a cuidar de los despreciados, lo que ciertamente aplica a nuestro ambiente sobrepartidista. En vez de los leprosos o enfermos abandonados a su muerte en los desagües que San Francisco y la Madre Teresa cuidaron, se nos está pidiendo a cada uno de nosotros que veamos a nuestros vecinos, familiares, amigos o enemigos con los ojos de Jesús. San Francisco se conmovió y besó a un leproso y después se dedicó a cuidarlos. La Madre Teresa fue llamada a recoger a los enfermos y moribundos y defender a los no nacidos. Nosotros estamos llamados a hacer las mismas obras de misericordia, pero también a amar a otros como Cristo no ha amado. No podremos hacer esto al menos que recibamos el amor de Dios y reconozcamos que él es real.

Que nuestra Santa Madre, Reina de la Paz, interceda por nosotros y nuestro país, para que nos arraigamos más completamente a la Verdad, que nuestra mente se convierta en la mente de Cristo, y que nuestro corazón sea más como el Sagrado Corazón de Jesús.