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domingo, mayo 19, 2024
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¿Qué puedes hacer con Cristo en ti?

El tiempo de Pascua es un tiempo de gran alegría y fecundidad. En esta celebración de la resurrección, me siento atraído por uno de sus mayores frutos: la Eucaristía. Jesús nos dio el don de la Eucaristía el Jueves Santo al ordenarnos: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19).

Nos estamos acercando al comienzo del año de misión del Avivamiento Eucarístico Nacional en julio. Por esta razón, he estado reflexionando durante la Pascua sobre los profundos efectos que produce en nosotros la recepción digna de la Eucaristía. Estos efectos nos llevan a una mayor comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y nos capacitan para comunicar el amor de Dios a los demás. En consecuencia, hemos decidido que el tema de la Colecta Anual del Arzobispo se centraría este año en la Eucaristía. La Eucaristía es el latido de nuestra Iglesia que nos impulsa a vivir plenamente para la gloria del Padre.

En cada Misa nos reunimos como comunidad con Cristo como cabeza para dar alabanza, adoración y culto al Padre, en la representación del único y eterno sacrificio de Jesús. El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa bellamente: “La Misa es, a la vez e inseparablemente, el memorial sacrificial en que se perpetúa el sacrificio de la cruz, y el banquete sagrado de la comunión en el cuerpo y la sangre del Señor” (CIC 1382).

El Vaticano II nos recuerda en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia: “Cristo asocia10 siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por él tributa culto al Padre Eterno. […] [En la liturgia] el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro” (Sacrosanctum Concilium 7).

Y añade en el número 8: “En la liturgia terrena anticipamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial, que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero, cantamos al Señor el himno de gloria con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía; aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste él, nuestra vida, y nosotros nos manifestamos también gloriosos con él.”

Esto se realiza por la acción de Jesús en la liturgia, pero también en el misterio de la comunión. Estamos llamados a ofrecer nuestra vida al Padre, como Jesús ofrece su vida al Padre, y luego recibimos al Señor en la comunión. El Catecismo enseña: “Pero la celebración del sacrificio eucarístico está totalmente orientada hacia la unión íntima de los fieles con Cristo por medio de la comunión. Comulgar es recibir a Cristo mismo que se ofrece por nosotros” (1382). Cada vez que recibimos dignamente a Jesús en la Eucaristía, crecemos y somos transformados.

Los frutos de recibir la Eucaristía son muchos. Primero que nada, está el don de la caridad, que el Espíritu Santo acrecienta en nosotros cuando comulgamos. Debemos desear amar al Padre como Jesús ama al Padre y amar al prójimo y a nuestros enemigos como Jesús los ama. Él nos lo ordena claramente: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13, 34-35; Jn 15, 12). La caridad nos permite ser amigos de Dios y amarlo sobre todas las cosas. Ese amor, a su vez, nos lleva a amar al prójimo y nos mueve a hacer de nuestra vida un don para los demás, tal como lo hizo Jesús. El Catecismo enumera también muchos otros frutos de la sagrada comunión, como la fuerza y el alimento que confieren a nuestra vida espiritual, el desapego del pecado, la preservación de futuros pecados y el compromiso en favor de los pobres (CIC 1391-1397).

Tras considerar estos frutos y decidir el tema de la colecta, planteamos la pregunta: “¿Qué puedes hacer con Cristo en ti?”. Cada don que ofrecemos a Dios, incluso un donativo económico, debe ofrecerse desde la gratitud y en el contexto de una relación personal con el Señor. La generosidad puede ser una expresión del don de la caridad. Cuando nos esforzamos por amar a Dios sobre todas las cosas, damos de lo que tenemos por amor a él. Al dar de esta manera, crecemos en amor a él, a nuestro prójimo y a los pobres.

Jesús nos promete en el Evangelio de Juan: “El que cree en mí hará también las obras que yo hago; y mayores que estas hará, porque yo voy al Padre” (Jn 14, 12). Esta promesa se refiere al don del Espíritu Santo que Jesús envió a los apóstoles y a los demás el día de Pentecostés. Como discípulos de Jesús, esta promesa es también para nosotros. Por su bautismo y confirmación, el Espíritu Santo mora en ustedes y los hace capaces de hacer obras incluso mayores que las de Jesús. Al recibir a Jesús en la Eucaristía, llevas a Cristo al mundo. ¿Cuál será el resultado? ¿Qué puedes hacer con Cristo en ti?

El tema de la colecta pretende aumentar la esperanza en la acción de Dios en nosotros y a través de nosotros para ayudarnos a crecer en la virtud de la caridad. Muchos frutos nacen de la recepción de la Eucaristía, y un donativo económico a la colecta es una hermosa manera de contribuir a vivir la caridad. Cuando usted dona a la colecta, está apoyando a más de 40 ministerios arquidiocesanos que promueven nuestra misión. La arquidiócesis de Denver existe para que en Jesucristo todos sean rescatados y tengan vida en abundancia para gloria del Padre.

Nuestros ministerios tienen un compromiso con los pobres. Alimentan a los hambrientos, acogen a las personas sin hogar, protegen a los vulnerables y acompañan los solitarios. Además, ayudan a la arquidiócesis a ofrecer talleres de sanación, formación para la evangelización, becas para la educación católica, conferencias para jóvenes e iniciativas para fortalecer y apoyar a nuestros pastores y parroquias.

Estoy realmente entusiasmado con el trabajo que realizamos, y espero que usted considere contribuir al increíble trabajo que Jesús está llevando a cabo en nuestra arquidiócesis. Les agradezco su ayuda y les pido encarecidamente que aumenten su esperanza en lo que Cristo hará en ustedes. ¡Que nuestro amor por la Eucaristía, por nuestro Señor y por nuestro prójimo aumente cada día más!

Para hacer un donativo, visite: https://archden.org/give/donar/

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Este artículo se publicó en la edición de la revista de El Pueblo Católico titulada «Vive la Resurrección». Lee todos los artículos o la edición digital de la revista AQUÍ. Para suscribirte a la revista, haz clic AQUÍ.

Arzobispo Samuel J. Aquila
Arzobispo Samuel J. Aquila
Mons. Samuel J. Aquila es el octavo obispo de Denver y el quinto arzobispo. Su lema es "Haced lo que él les diga" (Jn 2,5).
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