Sacerdote, ¡no cuelgues tu sotana!

La semana pasada conocimos la noticia de que el conocido padre colombiano Alberto Linero se cansó (que en jerga colombiana quiere decir se cansó) de ser sacerdote e hizo pública su decisión. El hecho ha despertado todo tipo de reacciones en pro y en contra de esta noticia pues él ha sido durante años un referente espiritual para muchas personas que lo escuchan y leen con admiración.

Quienes han ido a una ordenación sacerdotal saben que una vez el candidato recibe este sacramento, se le canta o aclama el versículo “Tú eres sacerdote para siempre” (Hebreos 7, 17) Y el “para siempre”, no es una expresión romántica o una palabrita en sentido figurado. Es una promesa que el sacerdote debe sostener todos los días de su vida. Por ello la formación en el seminario es larga, rigurosa y abarca muchas etapas. Porque el orden sacerdotal es un sacramento que imprime carácter, es decir, una vez recibido, permanece para siempre en la persona, sin posibilidad de ser removido o anulado. Quien pide una dispensa de su sacerdocio, seguirá siendo sacerdote, aunque ya no ejerza su ministerio. Por eso en la película “Silencio”, que trata sobre unos sacerdotes jesuitas que apostatan por miedo a ser asesinados, se ve cómo uno de ellos, luego de haber dejado el sacerdocio, administra el sacramento de la confesión a un fiel que se lo pide en un caso de desesperación.

Es cierto que con el pasar de los años muchas personas que optan por la vida consagrada pasan por momentos fuertes de tentación, de soledad y de oscuridad interior. Son momentos de mucho dolor. Es como escalar una montaña y encontrarse con el tramo más empinado y difícil. Algunos prefieren quedarse a mitad de camino porque quieren evitar pasar por ahí, porque piensan que el resto de su vida van a tener que caminar cuesta arriba. Otros en cambio, lo ven como un desafío y se llenan de fuerza para seguir adelante y llegar victoriosamente a la cima.

Si hablas con un sacerdote anciano que perseveró en su vocación, quizás te cuente de los “tramos empinados” que encontró en su camino. Quizás te comparta cómo en esos momentos se aferró más fuertemente a Jesús (a quien le entregó su vida) para que llenara su corazón y quizás te confiese que en este momento descubrió que, como dice el mismo Alberto Linero “el man (Jesús) está vivo”. A lo mejor ese sacerdote anciano es un santo (aunque no necesariamente vaya a ser canonizado).

No quiero juzgar lo que ocurrió en el interior del padre Linero. Es cierto que es mejor que deje el sacerdocio a que lleve una doble vida. Pero tampoco felicito ni aplaudo su decisión y, más bien, me compadezco de aquellas personas que lo seguían y que hoy están decepcionadas con la noticia pues los sacerdotes sirven como faro y guía de muchas almas hacia el encuentro con Jesús.

La Iglesia se encuentra sumida en una gran tormenta por los pecados escandalosos de algunos de sus miembros. Por las tremendas divisiones entre muchos de sus altos clérigos.  Es una ocasión para que muchos hombres que tuvieron la valentía de emprender este camino tengan la tentación de desistir. Pero la perseverancia en momentos de prueba puede hacer que su vocación brille de manera más bella. Oremos intensamente para que los sacerdotes “no cuelguen su sotana”. La soledad se llena con Cristo, la confusión se aclara con la luz de Cristo y el testimonio del amor de Dios en medio de las dificultades será el que acerque a otras almas a Cristo.

Próximamente: La sabiduría de San Benito en nuestros tiempos

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Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

“Levantémonos, pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta”, nos insta la Regla de San Benito. “Abramos nuestros ojos a la luz… y nuestros oídos a la voz del cielo que todos los días nos llama… ‘Si escuchas hoy su voz, no endurezcas tu corazón’” (Sal 95,8). El 11 de julio, la Iglesia conmemora a San Benito, y sus palabras de hace 1,500 años parecen perfectamente adecuadas para los tiempos desafiantes y cambiantes de hoy.

La Regla de San Benito se escribió alrededor del 530, una época en que el Imperio Romano se había derrumbado y la existencia del cristianismo en Europa estaba amenazada. Dada nuestra situación cultural actual y sus paralelos con su tiempo, creo que podemos encontrar fruto en las enseñanzas de San Benito.

San Benito creció rodeado de una cultura moralmente corrupta, pero con la gracia de Dios vivió una vida virtuosa. Después de pasar un tiempo estudiando en Roma, huyó de su decadencia moral para buscar una vida más solitaria. San Benito vivió la vida de ermitaño durante varios años antes de que finalmente fundara varios monasterios, que se convirtieron en centros de oración, trabajo manual y aprendizaje.

San Benito comienza su regla instando a los monjes a “escuchar atentamente las instrucciones del maestro y atenderlas con el oído de su corazón” (Regla, Prólogo 1). Para nosotros, esto significa establecer un tiempo diario para escuchar al Señor, tanto en la lectura de las Escrituras como en la oración conversacional y la meditación.

Nuestra base segura durante estos tiempos difíciles debería ser la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, no los mensajes en constante cambio que nos bombardean en las noticias o en las redes sociales. Para algunos, cada tendencia en línea se ha convertido en una forma de evangelio que debe cumplirse con convicción religiosa. Pero la fe que nos transmitieron los Apóstoles es el único Evangelio verdadero y el único que puede salvar almas. Aunque los tiempos y la tecnología eran diferentes, San Benito entendió la importancia de escuchar “las instrucciones del maestro”.

En su libro El misterio del bautismo de Jesús  el predicador de la familia papal, el padre Raniero Cantalamessa, aborda la necesidad de que los sacerdotes se armen para la batalla “contra los gobernantes mundiales de esta oscuridad actual” (cf. Jn 10: 12) En el centro de su reflexión está la idea de que “Jesús se liberó de Satanás mediante un acto de obediencia total a la voluntad del Padre, de una vez por todas entregándole su libre albedrío, para que realmente pudiera decir: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.’ (Jn. 4,34)”.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Pongo primero la voluntad del Padre en mi vida, en cada decisión que tomo y en todo lo que digo y hago? Si colocamos la voluntad del Padre en el centro de nuestras vidas y realmente lo escuchamos con “los oídos de nuestro corazón” como enseñó San Benito, estaremos preparados para lo que suceda y siempre daremos testimonio del amor de Dios y de los demás. Vivimos en un mundo que ha eliminado a Dios de su cultura. La historia, tanto la historia de la salvación como la historia mundial, muestra claramente lo que sucede cuando esto ocurre. Cuando Dios es eliminado, algo más se convierte en “dios”. Las sociedades descienden y eventualmente caen y desaparecen a menos que regresen al Dios verdadero y se conviertan en culturas que promuevan una vida de santidad y virtud.

Hay por menos una lección más de la regla de San Benito que es aplicable en estos tiempos de desunión y división social. Los monjes y hermanas de la familia espiritual benedictina son conocidos por su hospitalidad. La Regla enseña esta virtud de esta manera: “A todos los huéspedes que vienen al monasterio se les recibe como a Cristo, porque él dirá: ‘era forastero y me acogieron’ (Mt 25,35). Hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe (Gálatas 6:10) y a los peregrinos” (Regla, # 53).

Pidamos en nuestra oración poder ver a otros como Cristo mismo que viene a nosotros, incluso si están vestidos con lo que Santa Madre Teresa llamó “el disfraz angustiante de los pobres”. Si buscamos continuamente la voluntad del Padre y pedimos en oración por la configuración de nuestro corazón al suyo y nuestra voluntad a la suya, entonces podremos resistir cualquier desafío.