Se busca: Hombres fieles de virtud

El pasado viernes 2 de marzo pasó algo en el capitolio de Colorado que no había ocurrido en más de cien años. Legisladores de la Casa de Representantes votaron para expulsar a uno de ellos, debido a las acusaciones de acoso sexual. Este era solo uno de los muchos casos que han sido investigados.

La vasta mayoría de casos han salido a la luz gracias a la campaña que circula en las redes sociales denominada MeToo (Yo también n.d.t), que involucra a hombres que acosan a las mujeres, un hecho que subraya la necesidad urgente que tiene nuestra sociedad de hombres virtuosos. Hombres íntegros y de fe.

No es nada nuevo que los hombres tiendan a perseguir sus apetitos carnales. Esto es tan antiguo como Adán cuando cedió a la tentación de comer del Árbol del bien y del mal. Pero lo que ha cambiado recientemente es la manera en la que la mujer es tratada como un objeto sexual, más que ser respetada como hija de Dios, cuyos dones de complementariedad son indispensables para una sociedad floreciente.

En mi reciente carta pastoral El esplendor del amor he escrito cómo la contracepción ha contribuido a este cambio dramático que va de la vida conyugal a la cosificación. Otro factor importante que no puede ser pasado por alto es la pérdida o el abandono que el hombre ha hecho de la virtud.

Esos hombres que han participado en el acoso sexual, sean de Hollywood, del mundo de los negocios, la política o cualquier otro lugar, han caído en la trampa de ser hombres para sí mismos en lugar de ser hombres para los demás.

Modificar la orientación interna del egocentrismo por la búsqueda del bien de los demás requiere un cambio radical que solo es posible con la gracia de Dios.

Mi buen amigo y predecesor, el arzobispo de Filadelfia Charles Chaput, recientemente subrayó este punto en una charla que dio en una conferencia denominada “Firme en la brecha” realizada en la ciudad de Phoenix, Arizona. Él dijo: “Las acciones y las palabras del hombre solo cambian cuando su corazón cambia para mejorar. Y esto sucede cuando descubre algo en qué creer que transforma y da sentido a su vida; algo que dirige todos sus razonamientos y deseos”.

Este algo es realmente alguien, Jesucristo, quien revela el amor eterno del Padre para cada ser humano. Todo cambia en la vida de una persona cuando se encuentra con el Dios-Hombre-Jesús. Es Dios y solo Dios quien satisface la nostalgia por un propósito eterno, perdurable que cada uno de nosotros tiene en su corazón. Solo Él nos puede mover más allá de nuestra naturaleza humana caída y ayudarnos a crecer en las virtudes de la pureza, el auto control y el sacrificio para el bien de los demás.

Y un hombre al que podemos mirar como ejemplo de lo que es posible con la gracia de Dios es San José, el padre adoptivo de Jesús y el esposo de María, cuya solemne fiesta se celebra el 19 de marzo. Las Escrituras nos dicen que San José era un “hombre justo” (Mt. 1, 19). Esta frase indica que él era justo tanto en su trato con los demás como en el hecho de ser un hombre de oración que cumplía fielmente los mandamientos.

San José también se destaca por ser un hombre muy cuidadoso en sus palabras. De hecho, él nunca habla en los evangelios. Hablando sobre su homónimo, el Papa Benedicto XVI – cuyo nombre de pila es José – dijo: “Su silencio estaba impregnado de contemplación del misterio de Dios, con una actitud de total disponibilidad a la voluntad divina (…) Dejémonos “contagiar” por el silencio de San José. Nos es muy necesario, en un mundo a menudo demasiado ruidoso, que no favorece el recogimiento y la escucha de la voz de Dios”.

El hombre, al estar atento a la voz de Dios y permanecer listo para seguir su dirección, cumple la misión que Dios le encomienda como protector de la familia. Nosotros vemos en primer lugar este papel en el libro de Génesis, donde Dios le pide a Adán que cultive y proteja el Jardín del Edén (Gen 2, 15).

Igualmente, vemos que San José protegió a María y a Jesús: en primer lugar, cuando no se separó de María, sino que la tomó como esposa y segundo, cuando obedeció rápidamente la voz de Dios y huyó a Egipto para preservar las vidas de Jesús y María.

El daño extenso infligido por hombres no virtuosos que ignoran la guía de Dios y persiguen la satisfacción de sus deseos a expensas de los demás queda dolorosamente claro con los recientes titulares y artículos que continúan apareciendo en la prensa.

Compañeros, los exhorto a que busquen la misericordia y la ayuda del Padre y traigan sus luchas a Él en el sacramento de la Confesión. Sigan el ejemplo de San José, cuya relación con Dios le permitió proteger, atesorar y criar al Hijo de Dios. San José puso su confianza en el Padre y no en el mundo. Él puso primero a su familia, a María y a Jesús porque supo en su corazón que era posible confiar en el Padre.

Uno mi voz a la de mis hermanos obispos, especialmente el obispo de Phoenix Thonas Olmsted, en cuya carta pastoral “Firme en la brecha” reta fuertemente a los hombres estar a la altura de la ocasión y perseguir la santidad. Una de las citas de este texto dice: “hombres católicos, no duden al entrar en la batalla que se pelea alrededor de ustedes, la batalla que está hiriendo a nuestros niños y familias, la batalla que está distorsionando la dignidad tanto de los hombres como de las mujeres. Esta batalla a menudo está oculta, pero es muy real. Esta batalla es primordialmente espiritual, pero está matando progresivamente lo que queda del carácter cristiano de nuestra sociedad y cultura, e incluso en nuestros propios hogares”.

¡Que Dios dé a todos los hombres y mujeres el coraje de buscar su perdón y curación para que podamos convertirnos en personas santas y virtuosas!

Traducido del original en ingles por Carmen Elena Villa

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “EL GRAN RESCATE”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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