“¿Se cancelaron las misas por falta de fe?” y otras preguntas frecuentes

Vladimir Mauricio-Perez

A raíz del gran número de comentarios y preguntas que han surgido tras la cancelación de misas públicas en la Arquidiócesis de Denver y en todo el mundo debido al coronavirus (COVID-19), decidimos consultar con dos teólogos para obtener su punto de vista.

El padre Ángel Pérez-López, profesor de filosofía y teología moral en el seminario St. John Vianney de Denver, y el Dr. Michel Therrien, presidente del apostolado Preambula, analizaron las medidas que se han tomado últimamente con respecto al coronavirus.

El Pueblo Católico: En general ha sido difícil para los fieles la cancelación de las misas públicas, ¿qué les diría usted al respecto?

Padre Ángel Pérez-López: Primero aclararía una cosa: las misas no se han cancelado. La Iglesia en todo el mundo sigue celebrando la misa, los sacerdotes siguen celebrando la misa. Lo que hemos hecho ha sido invitar a los fieles a participar de la misa de una forma distinta, y lo hemos hecho por cuestiones de salud.

Dr. Michel Therrien: En primer lugar, les diría que, como se ve en los archivos históricos, no es la primera vez que la Iglesia cancela misas debido a enfermedades; no es nada nuevo. En segundo lugar, es importante saber que la Eucaristía sigue obrando en la comunidad, aunque nosotros no estemos participando en ella a través de la comunión, porque la misa se celebra en nombre del Cuerpo de Cristo en todo el mundo. Por lo tanto, las gracias de esas misas siguen beneficiando al Cuerpo de Cristo, estemos nosotros presentes en misa o no.

EPC: Entre los comentarios que recibimos, varios decían: “Hombres de poca fe, ¿a caso creen más en el coronavirus que en el poder de Dios?” ¿Es razonable pensar que Dios permitiría que alguien se contagiara en Misa?

Dr. Michel: No hay razón para creer que una enfermedad no se pueda propagar entre los creyentes o durante la misa, como en cualquier otro lugar. Si analizamos las diferentes pestes a través de la historia -como la peste bubónica- podemos ver que una gran parte de los europeos murieron, y muchos de ellos eran personas de mucha fe. Así que sería irrazonable sugerir o suponer que la enfermedad depende de la fe que la persona tenga. Jesús nunca hizo esa conexión. Es posible que Dios les conceda ese don a ciertas personas, pero no podemos aplicar esa creencia a toda la Iglesia. Con esa lógica podríamos decir: ‘Entonces ¿para qué me lavo las manos o me cubro la boca cuando estornudo?’ Es lógica fracasa rápidamente. Todos sabemos que muchos creyentes han muerto de enfermedades y muchos no creyentes han vivido una vida larga.

Padre Ángel: Sería un error que podemos llamar “Providencialismo” el creer que la Providencia se hará cargo de todo, y que por eso no es necesario que yo utilice mi razonamiento o mis capacidades. En una situación como esta tenemos que cooperar con Dios. Sería una tontería pensar que Dios no permitiría nuestra muerte por tener fe. Dios permite que la gente muera todo el tiempo, porque la salvación de nuestro cuerpo no es el bien último, sino la salvación eterna. Por eso Dios sí puede permitir que alguien se infecte o muera durante la misa.

Lo importante es saber que Dios nos ha llamado a ser agentes que cooperen con él, por eso debemos luchar por preservar nuestra vida y buscar y pensar en el bien común, y en preocuparnos por el bienestar de todas las personas, física y espiritualmente.

EPC: Algunas personas han recurrido a citas bíblicas en las que Dios promete protegernos de los males para decir que tomar precauciones en misa es falta de fe. ¿Cómo se deben interpretar esos pasajes de las Escrituras?

Padre Ángel: Deberíamos interpretarlos como siempre lo hemos hecho. En la oración del Padre Nuestro, Jesús nos enseña el orden en que debemos pedir las cosas a Dios. Primero debemos pedir la manifestación y la comunicación de lagloria de Dios, para eso fuimos creados. Luego, pedir por nuestra salvación. Y después, viene todo lo esencial para nuestra salvación, que viene siendo la voluntad de Dios. Lo demás no es esencial. El librarnos de la muerte puede no ser esencial para mi salvación. Por eso esos pasajes se deben interpretar bajo esta jerarquía de peticiones. Debemos interpretarlos uniéndolos a toda la Escritura. La Biblia también dice: “Si piden algo, no lo consiguen porque piden mal” (Stgo 4,3), porque no pedimos lo que es absolutamente necesario o lo que conviene para nuestra salvación. Pero de nuevo, Dios nos llama a que cooperemos con él, y parte de esa cooperación es procurar el bienestar físico y espiritual de todos.

EPC: Tomando todo esto en cuenta, ¿es razonable entonces que muchos obispos hayan decidido cancelar la celebración publica de la misa?

Dr. Michel: Sí, es razonable que los líderes de la iglesia decidieran actuar con prudencia para frenar grandemente la propagación de un virus que sabemos puede ser fatal para muchas personas, en especial las personas mayores. Por eso, junto con los oficiales del gobierno, los obispos han decidido actuar en solidaridad con los más vulnerables, tomando las precauciones adecuadas.

EPC: Muchos de estos obispos han sido muy criticados por los fieles laicos… ¿Tienen todos que estar de acuerdo con esta decisión?

Dr. Michel: Las personas pueden estar en desacuerdo con esta decisión y decir que fue algo muy exagerado, pero es fácil decir lo que uno haría cuando es alguien más el que está en la posición de autoridad y el que tiene a miles de personas bajo su responsabilidad. Debemos tomar en cuenta que a nadie le gustaría ser el líder que no hizo lo suficiente (para prevenir una catástrofe).

Así que yo diría que errar en el lado de la caridad, la prudencia y la precaución para proteger a los más vulnerables y cooperar con la sociedad para parar el virus es lo mejor. También debemos orar con fervor para que Dios nos ayude a poner fin a esta pandemia. Creo que es allí donde la fe y la razón se encuentran.

EPC: Padre Ángel, ¿qué más les diría o recomendaría a los fieles en estos momentos, especialmente a los que están algo molestos o decepcionados?

Padre Ángel: Me gustaría subrayar que la Iglesia no está abandonando a nadie. Todos los sacramentos que necesitamos, como la confesión y la unción de los enfermos, se seguirán administrando, aun si los sacerdotes arriesgamos nuestra vida.

Aun así, debemos pensar, primero que nada, en Dios, y luego en el bien común y en la necesidad de disciplinar nuestros propios deseos y preferencias personales. Es muy egoísta pensar solo en uno mismo, en las propias preferencias y deseos, incluso en mi devoción personal y en lo que me gustaría tener a costa de Dios y del bienestar de otros. Puede parecer piedad o religiosidad, pero en realidad es un pecado.

En estos tiempos de dificultad, primero hemos de amar a Dios y amar a nuestro prójimo, y desear su salvación por el amor que le tenemos a Dios. Y eso es fundamental. Si perdemos eso de vista, terminaremos en una situación muy lamentable.

EPC: Por último, algunos fieles se pueden preguntar, ¿por qué debemos tener en cuenta tanto la razón como la fe y no confiar simplemente en lo que dice la Biblia?

Padre Ángel: La razón está en la Biblia. Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, vio que todo lo que había creado era “muy bueno” (Gen 1,31), y él nos creó como seres racionales, lo que significa que nuestra razón es algo bueno que proviene de Dios. Y ya que el Autor de la naturaleza nos creó así, él nunca nos pedirá algo en el orden de la gracia que contradiga su propia creación. La gracia presupone la naturaleza, la sana y la eleva. De manera similar, la fe y la razón van de la mano. Lo vemos en la Biblia y en nuestra Tradición.

Próximamente: Cómo responder a la violencia y confusión en el Capitolio

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En estos tiempos turbulentos, todos se están haciendo la misma pregunta: “¿Cuál es la verdad?”. Según se conteste esta pregunta, y dado el relativismo de nuestro día, nos dividimos en bandos. La división se hizo totalmente manifiesta cuando un grupo de personas irrumpió en el Capitolio en Washington D.C. el pasado 6 de enero. En ese momento, vimos estallar claramente la ira y la violencia, generados por sentimientos de supresión de derechos, justo como lo habíamos visto los meses anteriores en muchas de nuestras ciudades más grandes. Tanto la derecha como la izquierda han recurrido a la violencia, lo cual es inaceptable en una sociedad civil y democrática.

¿Cuál es la raíz de esta agitación? Nuestro país está sufriendo de la descomposición de la integridad moral común y las verdades que la constituyen y que nos han permanecido unidos por unos 245 años. Ahora, cuando las personas buscan la verdad sobre casi cualquier tema, no encuentran una sola respuesta. En cambio, se encuentran con una multitud de voces contrapuestas, cada una con su propia agenda. Cada vez es más difícil encontrar una persona o una organización que busque el bien común.

Pero ¿qué debería un católico hacer durante este tiempo? ¿Cómo deberíamos responder a los constantes ataques a nuestros valores nacionales y religiosos y el deterioro de la buena intención hacia nuestro prójimo?

La única solución que reparará la debilitada integridad moral de la sociedad es la búsqueda de Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida. Recuerdo ahora mismo ese verso del salmista que dice “Aunque braman las naciones y tiemblan los reinos, él lanza su voz y la tierra se deshace. El Señor de los Ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob” (Sal 46,7-8). Él es el único que puede penetrar nuestra postura y retórica y disipar la tiniebla de la confusión. Jesús, la Palabra de Dios, nos revela a nosotros mismos y nos muestra el camino a la felicidad verdadera, como individuos y como sociedad.

Para permitir que Dios haga esto, debemos redescubrir el valor del silencio y pasar tiempo con él en su Palabra y los sacramentos. Tal como Dios se mostró a Elías en el monte Horeb, no estaba en el gran viento, en el terremoto o en el fuego; estaba en “el susurro de una brisa suave” (cf. 1 Reyes 19,9-12). Esto significa que debemos poner nuestra confianza de salvación en Cristo y buscar su sabiduría sobre cómo vivir, en vez de convertirnos en comentaristas, políticos o partidos políticos. Ellos pueden promover legislaciones o dar discursos que contienen verdad, y eso es loable y debe apoyarse cuando suceda. Pero no debemos olvidar que estamos hechos para el cielo y estamos llamados a construir el reino de Dios, no una utopía en la tierra. Jesús nos recuerda que primero debemos buscar “el reino de Dios” y “la voluntad del Padre”. San Pablo les recordó a los romanos, y hoy nos recuerda a nosotros, “No os acomodéis a la forma de pensar del mundo presente; antes bien, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12,2).

Esto significa ver tanto a nuestros amigos como a nuestros enemigos como hijos e hijas del Padre, sin importar sus creencias, etnias o afiliación política. Esto implica adoptar la visión de la Madre Teresa, de San Francisco o de Julia Greeley. Vieron a otros como Jesús lo hace.

Cuando Jesús se encontró con la mujer sorprendida en adulterio, no la condenó, sino que la llamó al arrepentimiento. Tanto San Francisco como la Madre Teresa experimentaron un llamado a cuidar de los despreciados, lo que ciertamente aplica a nuestro ambiente sobrepartidista. En vez de los leprosos o enfermos abandonados a su muerte en los desagües que San Francisco y la Madre Teresa cuidaron, se nos está pidiendo a cada uno de nosotros que veamos a nuestros vecinos, familiares, amigos o enemigos con los ojos de Jesús. San Francisco se conmovió y besó a un leproso y después se dedicó a cuidarlos. La Madre Teresa fue llamada a recoger a los enfermos y moribundos y defender a los no nacidos. Nosotros estamos llamados a hacer las mismas obras de misericordia, pero también a amar a otros como Cristo no ha amado. No podremos hacer esto al menos que recibamos el amor de Dios y reconozcamos que él es real.

Que nuestra Santa Madre, Reina de la Paz, interceda por nosotros y nuestro país, para que nos arraigamos más completamente a la Verdad, que nuestra mente se convierta en la mente de Cristo, y que nuestro corazón sea más como el Sagrado Corazón de Jesús.