Si no nos admiran… no nos respetan

Escritor Invitado

Por: Ángela Marulanda

No cabe duda que los niños hoy son más despiertos, saben más y se expresan mejor de lo que lo hicimos nosotros a su edad. Y además crecen en una sociedad democrática en la que los padres ya no gozamos de la superioridad jerárquica que les otorgaba a los adultos la organización autocrática del pasado.

Si bien todo esto es una ventaja para los hijos, para los padres su crianza es un mayor desafío. El cambio hacia la igualdad, sumado a que estamos frente a unos hijos más poderosos y beligerantes, hace que ellos se crean iguales (o a menudo superiores) a los adultos. De tal manera que, como muchos padres sienten que ya no tienen ningún dominio sobre los hijos, tratan de ganárselos poniéndose a su mismo nivel para convencerlos que sigan sus instrucciones.

Lo grave es que los niños de hoy ya no se dejan conducir por quienes ven que están tan perdidos como ellos. Así, no sólo se están quedando sin modelos a seguir sino también sin quién les establezca los parámetros de lo que deben y no deben hacer.

Lo cierto del caso es que los hijos nos tienen que admirar para poder influir en ellos en un mundo en tinieblas cuando más necesitan la guía de sus mayores. Para eso tenemos que ser y parecer personas cuya forma de pensar, lucir y actuar anime a los hijos a seguir nuestras instrucciones porque nos respetan profundamente. Así, la única forma de que obedezcan es demostrando la madurez que nos haga merecedores de su admiración.

Debido a que los niños están creciendo en un mundo en tinieblas, en el que reina el cambio y la confusión, la paternidad es todo un reto que nos exige revaluarnos para estar seguros de que somos adultos dignos de ser respetados por nuestra integridad y sensatez.

Hoy más que nunca los hijos precisan de padres que no estén empequeñecidos por su inmadurez e incapaces de mostrarles hacia a dónde van en el camino de la vida. Así, urge que tengamos la sensatez necesaria para que nuestra sabiduría ilumine su sendero y les permita encaminarse hacia la cumbre de su propia madurez.

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Un estudio de Harvard revela los múltiples beneficios de llevar a los niños a la iglesia

Una educación religiosa se relaciona directamente con un desarrollo positivo en los años de juventud adulta.

Escritor Invitado

Por: Cerith Gardiner | Aleteia

Criar a nuestros hijos con fe les da, obviamente, muchos beneficios espirituales, pero un estudio reciente de Harvard ha mostrado que los niños con una educación religiosa reciben también beneficios físicos y mentales, en especial en su juventud adulta.

Llevan un estilo de vida más saludable

El estudio, publicado en 2018 por la Escuela de Salud Pública de Harvard, encontró que los niños que asistían a misa semanalmente o que tenían una activa vida de oración eran más positivos y tenían una mayor satisfacción vital cuando llegaban a la veintena. Estos jóvenes adultos tenían tendencia a escoger un estilo de vida más saludable, evitando las bebidas, el tabaco, el consumo de drogas y la promiscuidad sexual.

Utilizando una muestra de 5.000 niños durante un periodo de 8 a 14 años, el estudio reveló unos descubrimientos sorprendentes: al menos el 18 % de los que asistían a misa con regularidad informaron de niveles más altos de felicidad a partir de los 20 años que sus pares no religiosos. Y lo que es más importante, de esa misma muestra, el 29 % tendía a unirse a causas en beneficio de la comunidad y el 33 % se mantuvo alejado de drogas ilegales.

Una de las autoras del estudio, Ying Chen, se refirió a los descubrimientos en una rueda de prensa diciendo: “Muchos niños reciben una educación religiosa y nuestro estudio muestra que esto puede tener consecuencias significativas sobre sus comportamientos relacionados con la salud, su salud mental y su felicidad y bienestar generales”.

Les aporta fortalezas

No se trata del primer estudio que demuestra las ventajas de una educación religiosa. Emilie Kao, directora del Centro DeVos para la Religión y la Sociedad Civil de la Fundación Heritage, comparte en la web Stream.org que “las creencias religiosas dan a las personas fortalezas espirituales que conducen a hábitos saludables y construyen sus redes sociales y les dan la capacidad de superar obstáculos en la vida”.

Estos resultados son especialmente alentadores en un tiempo en que el número de asistentes regulares a misa parece estar en declive. El estudio podría servir como motivador para los padres que tienen dificultades para que sus hijos reticentes vayan a la iglesia, sobre todo durante los años de adolescencia.