Silencio

Un comentario al libro "La fuerza del silencio. Contra la dictadura del ruido"

Mary Beth Bonacci

 

El año pasado pasé una estridente fiesta de Año Nuevo en San Francisco, celebrando con varios de mis más viejos y queridos amigos en el contexto de una de las ciudades más ajetreadas del mundo.

Este año, recibí el año nuevo sola. En mi sofá. En pijama. Fue maravilloso.

Por alguna razón me sentí muy atraída a pasar estas fiestas con el Señor, en silencio. “Silencio” fue, de hecho, el tema de mi pequeña fiesta de Año Nuevo. No solo mi casa, completamente en silencio, sino que pasé gran parte del tiempo de esta noche leyendo el nuevo libro del cardenal Robert Sarah “La fuerza del silencio: contra la dictadura del ruido”.

Es un libro maravilloso. Solo he leído un tercio, pero lo recomiendo altamente porque me ha alborotado en mí una extrovertida nostalgia por el silencio, y la corazonada de que Dios me puede llamar a más de eso en este 2018.

El buen cardenal no pierde tiempo para llegar al meollo del asunto. “La pregunta fundamental es la siguiente: ¿cómo puede el hombre realmente ser imagen de Dios? Debemos entrar en el silencio… solo hallamos a Dios en el silencio eterno en el que vive”. A medida que las meditaciones continúan, el cardenal Sarah deja claro que el silencio no es ausencia, sino que es “la manifestación de una Presencia: la Presencia más intensa que existe”. Es en el clamar de nuestros corazones, en cerrar todo el ruido que compite por su atención y nuestros afectos, que encontramos a Dios, que escuchamos su voz. Pero ¿cómo hacemos esto? ¿a dónde vamos para encontrar su presencia?

El cardenal Sarah dice que podemos encontrar su presencia en el Santo Sacramento, “donde nos aguarda la Presencia de todas las Presencias: Jesús Eucaristía” y continúa diciendo que encontramos esa presencia en “las casas de Dios, nuestras iglesias, cuando los sacerdotes y los fieles se esmeran en respetar su carácter sagrado para que no se conviertan en museos, salas de espectáculo o de conciertos y continúen siendo lugares santos dedicados exclusivamente a Dios”.

“Esto me tocó cerca de casa”. Anhelo el silencio en la presencia del Santísimo. Creo que parte de esto es porque tengo más dificultades que la mayoría para lograr el silencio en mi corazón. Me distraigo fácilmente. Para dar un ejemplo: He pasado gran parte de mi vida en Misa diaria, preguntándome si el producto Orange Pledge es seguro para usar en el cuero. Necesito toda la ayuda que pueda para recogerme. En una iglesia silente, en una adoración silente delante de la Palabra hecha carne, puedo a menudo sentir su presencia. San Juan Pablo II dice: “Jesús nos espera en este sacramento del amor, el cual se hace más real en aquellos momentos de silencio, cuando la luz del sagrario me recuerda que Él en efecto, está presente. Sin embargo, puede resultar más fácil decir que realmente encontrar esa iglesia silenciosa. Parece que hemos perdido el sentido de que la iglesia es un lugar sagrado. Más bien, el santuario se ha convertido justo en otro lugar – para la conversación, para enviarnos mensajes e incluso para almorzar. (Si, para almorzar. Hace poco estaba rezando en una capilla pequeña cuando escuché el crujir de una bolsa de comida rápida, unas bancas más atrás. Olía bien. Pero ese no es lugar para ello).

A menudo, antes o incluso después de Misa, vemos principalmente iglesias vacías con un puñado de personas mirando al sagrario en oración silenciosa, mientras que una o dos conversaciones a cerca de la política o de la ola de frío de la semana en medio del santuario, destruyen cualquier esperanza de recogimiento. O las personas intentan rezar en silencio, mientras que una o dos personas se imponen ante los demás para recitar oraciones en voz alta, otra vez rompiendo el silencio y haciendo que la oración personal sea imposible para cualquier otra persona que esté allí.

Por supuesto que encontrar un lugar para el recogimiento es más fácil en una parroquia que tenga una capilla de adoración – las cuales, espero que todos estemos de acuerdo, deben ser siempre lugares en los que hagamos oración en silencio – pero no todas las parroquias cuentan con esa bendición. Y como católicos creemos que nuestros santuarios – no solo las capillas de adoración – son espacios sagrados. Ellas albergan el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de la Palabra hecha carne, Jesucristo. Él está ahí, en su cuerpo físico. Por eso hay un cirio encendido perpetuamente cerca al Sagrario – para recordarnos que ese lugar es diferente. Es terreno sagrado. Un lugar en el que – fuera de la Misa o de eventos públicos bien organizados – ninguno puede venir a encontrar el Dios del universo, en silencio.

Quiero retarte a hacer lo que estoy haciendo en el 2018. A buscar a Dios en el silencio – en el silencio de tu corazón y en el silencio del Sagrario. Y a permitir a los demás darles un espacio para que hagan lo mismo.

Próximamente: Descubriendo a Dios en todas las cosas

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Por, obispo Robert Barrón.

Sin duda alguna, existe un énfasis dentro de la tradición bíblica de que Dios es radicalmente otro:

“Cierto, tú eres un Dios oculto, el Dios de Israel, salvador” (Isaías 45:15) y “Pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y segur con vida (Éxodo 33:20)”.  Esto habla sobre el hecho de que el que creó el universo entero de la nada, no puede ser él mismo, un elemento dentro del universo, uno junto a los demás.

Pero al mismo tiempo, las Escrituras también atestiguan la omnipresencia de Dios: “Se propaga decidida de uno al otro confín y gobierna todo con acierto (Sabiduría 8:1) y “¿A dónde iré lejos de tu espíritu, a donde podré huir de tu presencia? Si subo hasta el cielo, allí estas tú, si me acuesto en el Seol, allí estas.  Si me remonto con las alas de la aurora, si me instalo en los confines del mar, también allí tu mano me conduce, también allí me alcanza tu diestra (Salmo 139: 7-12).

Esto habla del hecho de que Dios sostiene el universo en existencia de un momento a otro, de la misma manera que un cantante sostiene una canción.

Quizás lo que es la característica definitoria de la espiritualidad asociada con San Ignacio de Loyola- “encontrar a Dios en todas las cosas”- fluye de este segundo gran énfasis bíblico.  A pesar de su trascendencia, Dios no debe considerarse distante en ningún sentido convención de termino, ciertamente no en la forma deísta.  Más bien, como lo enseñó Tomás de Aquino, Dios está en todas las cosas “por esencia, presencia y poder”. Y ten en cuneta que, dado que Dios está dotado de intelecto, voluntad y libertad, nunca esta tontamente presente, sino siempre personal e intencionalmente presente ofreciéndonos algo de si mismo.  Por lo tanto, la búsqueda de Dios puede comenzar aquí, ahora mismo, con lo que este a la mano.

Una de las preguntas en el antiguo Catecismo de Baltimore era “¿Dónde está Dios?”.  La respuesta correcta fue “en todas partes”.  Una vez que la verdad se hunde, nuestras vidas cambian irrevocablemente cada persona, cada evento, cada pena, cada encuentro se convierte en una oportunidad de comunión con Dios.

El maestro espiritual jesuita del sigo XVII, Jean-Pierr de Caussade, expresó la misma idea cuando dijo que todo lo que sucede es directa o indirectamente, la voluntad de Dios. Una vez más, es imposible aceptar la verdad de esta declaración y seguir siendo la misma persona que eras antes.  Este tipo de bendiciones de “todas las cosas” funciona como punto de partida para la espiritualidad de Ignacio.

He tenido a Ignacio mucho en mi mente, ya que estoy en Europa filmando un documental sobre su vida y sus enseñanzas para mi serie, “Pivotal Players”.  En el largo vuelo de Los Ángeles a Roma, tuve la oportunidad de promulgar el principio que acabo de describir.  Desde que era niño, me han encantado los mapas, por lo tanto, cuando me encuentro en un largo viaje en avión paso mucho tiempo en el mapa del vuelo que rastrea la ubicación del avión frente a los puntos de referencia de la tierra.

Había leído y visto algunos videos durante la primera parte del vuelo, y luego me dormí la mayor parte del tiempo que estábamos sobre el Atlántico, pero cuando desperté, comencé a estudiar el mapa con gran interés. Estábamos pasando justo al norte de Irlanda, y pude ver claramente las indicaciones para Dublín, donde nació el padre de mi madre, y para Waterford, donde nació el abuelo de mi padre. Comencé a pensar en estos hombres, ninguno a los cuales conocí, que tenían una fe católica, la cual llegó a mi madre y a mi padre y finalmente a mí, como pura gracia.

A medida que el avión continuaba su viaje a través de la pantalla, Francia apareció en el mapa y vi el gran nombre de “Paris”. De repente, un montón de recuerdos inundaron mi mente: mi habitación simple en la Casa de Redentorista en el boulevard Montparnasse, Notre Dame, donde solía dar recorridos a los visitantes de habla inglesa, el Institut Catholique donde hice mis estudios de doctorado, mis amigos, maestros y colegas parisinos que me acompañaron durante esos tres años, la belleza de Paris en un día lluvioso. Y todo eso, lo sabía, era gracia de Dios, un regalo puro.

Luego vi que nos estábamos acercando a los Alpes, así que abrí la pantalla de la ventana y miré hacia las montanas nevadas que brillaban al sol.

¿Cómo podría no apreciar esta vista que incontables generaciones de seres humanos ni siquiera hubieran imaginado posible como un regalo esplendido?

En pocas palabras, el simple estudio de un mapa de vuelo hacia el final de un tedioso viaje se convirtió en una maravillosa ocasión de gracia.  Me pregunto si encontraríamos ese tipo de experiencias menos insólitas, reflexionaríamos sobre el hecho de que Dios quiere compartir positivamente su vida con nosotros, quiere comunicarse con nosotros. Quizás el problema es que pensamos en Dios de una manera deísta y lo olvidamos en un lugar de trascendencia irrelevante.  Entonces la carga espiritual recae sobre nosotros, encontrar alguna forma de escalar la montaña sagrada o lo suficiente como para impresionar a un exigente señor moral.

¿Qué pasa si aceptamos la noción profundamente bíblica de que Dios siempre nos esta buscando ocupada y apasionadamente, siempre tratando de encontrar formas de honrarnos con su amor? ¿Qué pasa si aceptamos alegremente la verdad de que Dios puede ser encontrado como lo enseñó Ignacio, en todas las cosas?

 

Traducido y adaptado del original en inglés por Rocio Madera.