Por Jared Staudt
Como voluntario en el movimiento provida en la década de 1990, recuerdo haber orado por la revocación de Roe v. Wade como si eso fuera a poner fin de inmediato al problema del aborto en Estados Unidos. Siendo estudiante de preparatoria, parecía una solución bastante sencilla. Roe v. Wade había causado el desastre, así que eliminarlo debía arreglar las cosas. Pero ahora, después de Dobbs v. Jackson, ¿qué es lo que realmente ha cambiado en los últimos tres años y medio?
Aunque el aborto ahora está restringido en cierta medida en la mayoría de los estados (y permitido durante todo el embarazo en alrededor de una docena de estados), las tasas de aborto no han disminuido. De hecho, en el 2024 hubo un aumento del 1 % en los abortos con respecto al año anterior, y las ventas de la anticoncepción de emergencia Plan B se han disparado (que puede impedir la implantación de un óvulo fecundado), hasta el punto de que una empresa experimentó “un increíble aumento del 3,000 % en la demanda” después de la decisión de Dobbs. Revocar Roe no fue tanto una solución como un nuevo comienzo.
La ley ciertamente importa, pero, hasta cierto punto, sigue a la cultura. No es que la ley no pueda moldear la cultura, pues, según santo Tomás de Aquino, está destinada a inducir y a frenar las acciones conforme a la recta razón, de modo que promueva tanto el bien del individuo como el de la sociedad en su conjunto. Pero cuando la sociedad ha aceptado la autonomía personal como un principio sagrado, la manera en que pensamos la ley, el bien común y la felicidad se desplaza cada vez más hacia la obtención de derechos y la satisfacción de deseos individuales, cualesquiera que sean. En este sentido, el juez Anthony Kennedy señaló el núcleo del debate sobre el aborto en 1992, al redactar su decisión que ratificó Roe en Planned Parenthood v. Casey: “En el corazón de la libertad está el derecho a definir el propio concepto de existencia, de significado, del universo y del misterio de la vida humana”. Podemos reírnos de lo absurdo de la afirmación, pero refleja con precisión el pulso de nuestra cultura.
La cultura, más que la ley, moldea la manera en que entendemos la felicidad humana y su relación con la sacralidad de la vida. Por eso el papa san Juan Pablo II nos señaló una meta que trasciende las decisiones judiciales, sin olvidar su importancia. Nos llamó a construir una cultura de la vida, comprendiendo acertadamente que nuestra cultura actual tiene una tendencia intrínseca hacia la muerte al tratar a los demás como un obstáculo para la autonomía o incluso como una mercancía. La descripción que Juan Pablo hace de una “profunda crisis de cultura” sigue siendo plenamente vigente, una crisis “que genera escepticismo respecto de los fundamentos mismos del conocimiento y de la ética, y que hace cada vez más difícil captar con claridad el significado de lo que el hombre es, el sentido de sus derechos y de sus deberes” (Evangelium Vitae, 11).
La libertad se encuentra en el corazón vacío de la cultura de la muerte, pero cuando se orienta correctamente, también puede dar forma a una cultura de la vida. Dios nos dio el don de la libertad no para aferrarnos a nuestro propio placer y poder, sino para imitarlo en el amor que se entrega. La cultura es una forma de vida y necesitamos construir una que priorice la vida por encima de otros bienes. Las personas valen más que las cosas. Son las personas y el compromiso con ellas las que conducen a una vida plena, no la acumulación de bienes. El papa san Juan Pablo II ofrece ejemplos de sencillos “gestos cotidianos de apertura, de sacrificio y de cuidado desinteresado que innumerables personas realizan con amor en las familias, en los hospitales, en los orfanatos, en los hogares para ancianos y en otros centros o comunidades que defienden la vida” (27), y esta entrega proporciona un modelo de amor cristiano capaz de reanimar la cultura.
Además, incluiría la educación como un elemento clave para fomentar una cultura de la vida, aun cuando ordinariamente ocurra lo contrario. Las escuelas públicas actúan como agentes principales de la cultura de la muerte en los jóvenes, enseñándoles “sexo seguro” y, en ocasiones, facilitando el acceso al aborto. De manera más general, son espacios donde se prioriza el éxito material por encima del cultivo interior. Privadas de aspiraciones morales o espirituales, no logran formar a los jóvenes en la disciplina y el sacrificio por los demás. La ideología sirve como un falso sustituto de la fe, proclamando indignación por problemas ambientales y sociales, mientras aviva la causa raíz de estas crisis al desechar la sabiduría del pasado, aquella que atendía al orden interior de la mente y del alma, capaz de traducir ese orden en la sociedad.
La cultura se transmite mediante la educación, aprendiendo patrones de pensamiento y de acción que dan cohesión a un pueblo y configuran sus aspiraciones colectivas. Este tipo de educación ocurre en gran medida fuera del aula, en el hogar, a través de la amistad y por medio del entretenimiento. Es ahí donde los jóvenes aprenden qué es lo que realmente importa en la vida cotidiana y qué merece su amor y su compromiso. Y es en la educación, entendida de manera amplia como iniciación en una cultura, donde podemos comenzar a formar una cultura de la vida si enseñamos a nuestros hijos a valorar la comunión personal y a cuidarla mediante la responsabilidad. La disciplina, por encima de todo, dejar de querer que todo sea dado, con entretenimiento y distracción constantes, resultará crucial para formar una disposición capaz de acoger la vida como un don y no como una carga.
El hogar y la escuela cristianos pueden convertirse en jardines que cultiven vocaciones a la vida familiar, vocaciones que ya no podemos dar por hecho, con jóvenes adultos dispuestos a realizar el gozoso sacrificio de entregar su vida por amor a sus esposos y a sus hijos. Este crecimiento lento desde abajo es donde debemos concentrarnos, más que en soluciones rápidas desde arriba, para construir una cultura de la vida, una familia a la vez.

