Volviendo a la primera Navidad este 2020

Arzobispo Samuel J. Aquila

Esta Navidad será diferente a cualquier otra que recordemos, ya que celebramos el nacimiento de Jesús en medio de la pandemia. Y a pesar de que esta situación ha hecho las cosas difíciles, hay algunas formas en las que nuestro tiempo refleja la sencillez y la experiencia de la primera Navidad, formas en las que vale la pena reflexionar.

Jesús nació en un momento de tensión política y religiosa. La Tierra Santa estaba ocupada por los romanos, quienes eligieron a Herodes para gobernar como rey de Judea. Bajo el rey Herodes, los rivales fueron asesinados sin piedad, como se aprecia en su reacción al nacimiento de Jesús con la matanza de los santos inocentes.

Jesús entró en esta delicada situación como hijo de padres pobres. José y María viajaban obedientemente a Belén para participar en el censo que había decretado César Augusto, pero es poco probable que estuvieran planeando que Jesús naciera en Belén. Eran de Nazaret y solo estaban en Belén porque José venía de ese pueblo.

Seguramente sabían que María estaba cerca de dar a luz, pero como cualquier madre o padre dirá, cuando eso sucede, rara vez es predecible. Para cumplir la profecía de Miqueas, la labor de dar a luz de María comenzó en Belén y José tuvo que encontrar un lugar donde quedarse. De manera similar, muchos de nosotros nos encontramos hoy en circunstancias imprevistas, ya sea por estar desempleados, enfermos, aislados o mentalmente afligidos. Como cristianos, estamos llamados a responder a estos desafíos con fe, como lo hicieron María y José.

Después que José intentara alojarse en una posada, y posiblemente en cualquier otro lugar adecuado para la condición de María, José solo pudo encontrar un establo para animales en las afueras de la ciudad, ciertamente un lugar simple para que el creador del universo naciera.

Dios usa las circunstancias de nuestras vidas para enseñarnos y formarnos, y ahora lo está haciendo en cada uno de nosotros. La primera Navidad fue sencilla, y las dificultades que trae la Navidad del 2020 nos ofrecen la oportunidad de volver a esa sencillez. Nos brindan la oportunidad de volver y celebrar el hecho de que Dios, tan poderoso y trascendente como es, eligió un pesebre como cama. Llegó entre nosotros como un pobre niño inocente.

En un artículo llamado “Los sentidos de la navidad” (“The Senses of Christmas”), el teólogo y autor Mike Aquilina expresa bellamente la verdad simple pero revolucionaria de la Natividad: “Dios vivió en una familia como nosotros. Se estremeció por el frío como lo hacemos nosotros. El Verbo hecho carne se amamantó del pecho de su madre como cualquier otro bebé humano. De repente, Dios no era un relojero, un mecánico remoto que le dio cuerda al mundo y lo dejó ir. Dios era un bebé que lloraba para que lo levantaran”.

Esta es la simple y profunda verdad en la que cada uno de nosotros debería concentrarse durante estos días santos. Pase lo que pase en el mundo, Dios se hizo hombre, “y la palabra se hizo carne” (Jn 1,14). Se acercó a nosotros y permanece con nosotros.

Hay otra lección en la historia de la Navidad con la que podríamos orar este año. Escuchamos en la historia de Lucas sobre la Natividad que cuando los pastores en los campos cercanos escucharon el anuncio de los ángeles de que Jesús, el Mesías, había nacido, se apresuraron a encontrarlo.

En su libro Jesús de Nazaret: La infancia de Jesús, el Papa Benedicto XVI explica que esta rapidez para responder es un ejemplo de cómo debemos recibir hoy la buena noticia del nacimiento de Jesús. “Los pastores se apresuraron, sin duda en parte por curiosidad humana, para ver esta gran cosa que les había sido anunciada. Pero seguramente, también se sintieron impulsados ​​por su alegría al escuchar que ahora, verdaderamente, había nacido el Salvador, el Mesías, el Señor, el que tanto se esperaba, y serían los primeros en verlo. ¿Cuántos cristianos se apresuran hoy, en lo que respecta a las cosas de Dios?”.

Cada uno de nosotros puede reflexionar en el corazón la pregunta: “¿Hemos recibido la Buena Nueva de Jesús transmitida por el ángel a María (Lc 1, 26-38), a José (Mt 1, 18-25) y a los Pastores? (Lc 2: 8-20)?” Los animo a tomar 15 minutos en oración silenciosa con cada uno de estos pasajes y abrir su corazón para recibir a Jesús.

En su homilía de 2019 en la Misa de la Vigilia de Navidad, el Papa Francisco nos recordó: “Pongamos nuestra mirada en el Niño y dejémonos envolver por su ternura. Ya no tendremos más excusas para no dejarnos amar por Él: Lo que sale mal en la vida, lo que no funciona en la Iglesia, lo que no va bien en el mundo ya no será una justificación. Pasará a un segundo plano, porque frente al amor excesivo de Jesús, que es todo mansedumbre y cercanía, no hay excusas”.

“La pregunta que surge en Navidad”, dijo el Papa, “es: ¿Me dejo amar por Dios? ¿Me abandono a su amor que viene a salvarme?”. Mi oración por ti es que en esta Navidad respondas estas preguntas en lo más profundo de tu corazón, encuentres a Jesús y le entregues tu corazón.

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “EL GRAN RESCATE”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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