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Por qué la oración no va de suplicar… y cómo redescubrir su paz

Por Elizabeth Zelasko

Hace ya varios años, así que no podría decirles qué estaba haciendo exactamente cuando me puse a buscar fotos de referencia de “alguien en oración”. Solo recuerdo haber escrito algo como “hombre rezando de rodillas” en Google. Lo que apareció realmente me sobresaltó: imagen tras imagen de personas de rodillas, aferrándose, suplicando y pidiendo con angustia.

No estaba buscando angustia, sino paz: un rostro sereno, la postura de alguien sostenido en el abrazo del Padre. No fue sino hasta que cambié el término de búsqueda a “meditación” que por fin encontré lo que quería, pero las imágenes no tenían nada de católico.

¿Esto es lo que el mundo piensa de los cristianos cuando oramos? ¿Eso creen que hacemos al rezar?

Aunque esta búsqueda fue hace algunos años, el recuerdo volvió con fuerza el mes pasado. Estaba en mi oración de la mañana, cómoda en mi casa, con mi Magnificat sobre el regazo. Estaba exponiendo mis intenciones, recordando a todos los que quizá necesitaban oración, y mis pensamientos se dirigieron naturalmente hacia mis hijos adolescentes.

“Jesús, por favor, por favor, por favor acompáñalos. Protégelos de todo mal. Jesús, mantenlos siempre cerca de ti y de la Iglesia, por siempre, por favor, Jesús”.

Fue entonces cuando él habló directamente a mi corazón, como suele hacerlo con nosotros, con esa voz tierna, inaudible pero tan clara: “No tienes que suplicarme esto”. Fue tan claro como la luz del día y, sin duda, no era pensamiento mío. Ahí estaba yo, suplicando como una sierva cuando soy hija del Rey. Aferrándome, tanteando, rogando.

Lo sé: ¿quién puede culpar a una madre hoy en día? Es fácil preocuparnos por nuestros hijos, pero Dios nos llama a un fundamento más firme. San Pablo lo expresó bien cuando animó a los filipenses: “No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, presenten sus peticiones a Dios y acudan a la oración y a la súplica, acompañadas de la acción de gracias” (Filipenses 4, 6). No era mejor que el estereotipo que había rechazado años atrás, y aun así Dios seguía ahí, listo para afirmar mis pasos hacia una manera más sana de orar.

Este impresionante cuadro, La Religieuse (La monja) de Henriette Browne, expresa justamente la postura de oración y contemplación que mi corazón desea imitar.

La atmósfera de la imagen es palpablemente silenciosa. La oscuridad que la rodea atrae nuestra mirada hacia la expresión serena de la monja, inclinada hacia abajo: primero hacia la toca blanca de su hábito, y luego de regreso a su rostro tranquilo y contemplativo. No está perdida en pensamientos ociosos. La pintora revela su atención mostrándonos su dedo apoyado en el lugar donde se quedó en su oración. Fácilmente podemos imaginar que algo inesperado en el texto la sorprendió, lo suficiente para cerrar el libro por un momento y reflexionar. O quizá es la parte de su oración en la que presenta sus intenciones y pone sus peticiones en manos del Padre. Está en paz en este momento de reflexión. Volverá a la oración y sabrá exactamente en qué punto se quedó, pero no tiene ninguna prisa; podemos ver la gracia y la fuerza de su hábito de oración. Todo está bien en su alma en este instante. No hay ni una pizca de ansiedad en ella.

En un mundo que se vuelve cada vez más ruidoso y parece querer llamar la atención a cada paso, el silencio es la perla de gran valor que hay que buscar y defender a toda costa. Este cuadro nos plantea la pregunta: ¿cuándo hago tiempo para rezar en silencio, así? ¿Todos los días? ¿A veces?

Tal vez la respuesta es que no tan seguido como me gustaría (ósea: nunca), pero tengo grandes planes de comenzar uno de estos días. Cristo nos llama y nos espera.

¿Cómo sería orar en silencio, aunque fuera un minuto? ¿Cómo se sentirá poder rezar en paz? Rezar como hijos e hijas del Rey que somos, que no tenemos nada de qué preocuparnos ni necesidad de suplicar nuestra petición.

El mismo Jesús nos recuerda: “¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿Y si le pide pescado, le dará una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a quienes se las pidan!” (Mateo 7, 9-11).

Él nos ofrece este don libremente; lo único que tenemos que hacer es recibirlo.

Al comenzar el Adviento y marcar el inicio del año nuevo, que este cuadro nos recuerde la poderosa postura de oración a la que estamos invitados. Que esta temporada nos ayude a cultivar una vida de oración que guíe nuestro corazón de la ansiedad hacia la quietud, la meditación y la contemplación profunda.

 

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