Por Karin Gamba
La llama del cirio pascual parpadeaba mientras los asistentes a la Misa diaria iban ocupando sus bancas en una fría mañana de lunes de diciembre. Grabadas en el alto pilar de cera están las palabras de san Pablo a los Romanos: “La esperanza no defrauda”. Encendido por primera vez en la Vigilia Pascual, el cirio proclama la alegría de la resurrección de Cristo, luz de la vida, que triunfa sobre la oscuridad de la muerte. Su inscripción conmemora el Año Jubilar de la Esperanza, que acaba de concluir. Sin embargo, esta mañana, el cirio arde por un solo hombre.
Ese hombre es Lawrence Sweeney, “Larry”.
La mayoría de los presentes no conocen su rostro, su voz ni los detalles de su historia. No hay familiares reunidos en las primeras bancas, ni amigos de toda la vida consolándose con palabras suaves y recuerdos compartidos. En lugar de hijos, nietos o sobrinos, son los monaguillos y algunos hombres de la parroquia quienes acompañan el cuerpo de Larry en su última peregrinación hasta el frente de la iglesia. A excepción de sus cuidadores del asilo, de la sacristana Pilar Pérez, quien con frecuencia le llevaba la comunión, y del padre Matthew Magee, párroco de la parroquia de St. Stephen en Glenwood Springs, nadie de los presentes lo conocía personalmente. Y, aun así, muchos han venido esta mañana.
Hoy no habrá una homilía conmovedora que recuerde travesuras juveniles, ni perlas de sabiduría paternal evocadas, ni historias de éxitos profesionales exaltadas. Nadie se levantará para dar testimonio de décadas de amistad.
Despojados de estos elementos, lo que permanece es algo más silencioso y quizá más esencial: la Iglesia en oración por uno de sus hijos. Los fieles se arrodillan. Se ofrece la Misa. La llama pascual vela.
Larry Sweeney no tuvo a nadie de su familia que le tomara la mano en sus últimos momentos, ni un círculo de amigos a quien pudiera contar su historia. Pero no fue olvidado. Tuvo a un sacerdote que se hizo presente, sacramentos que lo sostuvieron y una fidelidad a la Iglesia que no flaqueó aun cuando su cuerpo se debilitaba.
Además de sufrir pérdida de memoria, “Larry era sordo. No oía nada”, reflexionó el padre Matt en su homilía. “Se sentaba en su silla, llamaba a la oficina parroquial y decía: ‘El sacerdote, el sacerdote’. Cuando lo visitaba, exigía: ‘Confesión. Comunión. Unción de los enfermos’”.
“En los dos años que lo conocí”, continuó el padre, “esa fue la única conversación que tuve con él, y sin embargo fue un encuentro hermoso con un hombre que siempre quiso reconciliarse con el Señor”.
No se sabe mucho de Larry, salvo que, al final de su vida, su memoria, sus sentidos y su cuerpo estaban agotados. Solo podía comunicarse de forma muy básica. Pero una y otra vez, buscaba la misericordia ofrecida en los sacramentos, un pecador que pedía perdón y la reconciliación con el Dios que salva. Sabía lo que importaba y dio testimonio de una fidelidad que no se mide por la elocuencia ni por las obras, sino por la perseverancia, como sugiere san Pablo en 2 Timoteo 4,7: “He participado en una noble competición, he llegado la meta en la carrera, he conservado la fe”.
El padre Matt recordó a los presentes que estaban allí para orar por Larry.
“El cirio pascual se enciende dos veces en la vida de una persona”, explicó. “Una en su bautismo y otra en su funeral. Como católico bautizado, Larry tiene derecho a una Misa exequial y, como comunidad católica, oramos por él al darle nuestro último adiós”.
Su funeral es un acto de misericordia, una de las obras corporales más tiernas de la Iglesia. Sepultar a los muertos es insistir, en silencio y con nobleza, en que toda vida importa, incluso cuando pocos parecen notarlo. Fiel hasta el final, un hombre que, para el mundo, estaba abandonado y solo, murió como miembro del Cuerpo de Cristo, en amistad con Jesús.
Finalmente, el padre Matt concluyó el rito exequial, incensando el féretro, símbolo de las oraciones de los fieles que ascienden al cielo en favor de Larry. Detrás del féretro, el cirio pascual arde con firmeza mientras los restos mortales de Larry salen de St. Stephen al sonido de la asamblea cantando las palabras conocidas de Venid fieles todos.
En verdad, la esperanza no defraudó.
Larry será cremado y sus restos serán inhumados en la Cripta de las Almas del Purgatorio del Cementerio Mount Olivet, en Wheat Ridge, un ministerio de la Arquidiócesis de Denver.

