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domingo, enero 18, 2026
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Esperanza que ilumina el Adviento frente a la exigencia cultural de perfección

Incluso en medio del caos y la desilusión de la vida, el Adviento nos enseña a volver a tener esperanza, no en lo que podemos controlar, sino en el Dios que ya vino a salvarnos.

Por Mallory Smyth

¿No es interesante que, cada año, las semanas entre el 28 de noviembre y el 26 de diciembre se vean completamente distintas al resto del año? La época navideña, sea religiosa o no, lo transforma todo: la decoración de nuestros hogares, las fiestas en nuestra agenda, la ropa que usamos y el contenido que consumimos.

Por un lado, es algo glorioso. El cambio de panorama resulta refrescante al final de un año que suele sentirse largo y agotador.

Pero si alguna vez te has sorprendido sintiéndote un poco desilusionado por todo esto, no eres el único. Con frecuencia me descubro dando vueltas mientras intento vivir en la tensión entre entrar en el tiempo de Adviento y celebrar la versión estadounidense de la Navidad. Lucho cuando comparo mi vida caótica con imágenes de matrimonios, familias y estilos de vida que me recuerdan que, si yo fuera un poco mejor, me esforzara más o comprara las cosas “correctas”, mi vida por fin podría ser perfecta.

El espíritu navideño suele magnificar el hecho de que muchos estamos viviendo las consecuencias de relaciones rotas, tragedias, cuentas bancarias cada vez más vacías, inseguridades, soledad y quizá la realidad de que, por más que lo intentemos, simplemente no somos tan buenos anfitriones.

La Navidad se supone que es la época más maravillosa del año, y lo es. Pero también puede sentirse desordenada, dejándonos decepcionados y cansados para cuando llega el 26 de diciembre.

Sin embargo, mientras nuestra cultura estadounidense persigue una ilusión de perfección que parece un comercial de Gap, la Iglesia quiere darnos algo más. El tiempo de Adviento no exige que rechacemos nuestras tradiciones culturales, sino que vayamos más allá de ellas para contemplar la verdadera fuente de alegría y felicidad que ilumina la Navidad.

Durante estas cuatro semanas, Dios nos invita a no guardarnos nada. Quiere que le llevemos todo: nuestra tristeza y nuestra alegría, lo bueno y lo malo. Y si estamos dispuestos a hacerlo, él nos dará una esperanza viva y transformadora que tiene el poder de cambiar la manera en que vemos nuestra vida a la luz del milagro de la Navidad.

La esperanza, el don de Dios por el cual anhelamos a él y su perfección, está escrita en el corazón humano. Dios nos creó para encontrar en él la plenitud de nuestros deseos, pero, en nuestro pecado, preferimos no hacerlo. Ponemos nuestra esperanza en cosas menores como el dinero, el estatus, las posesiones, el romance o la seguridad, esperando que satisfagan nuestros anhelos. Nunca lo hacen. Más bien, fallan en cumplir sus promesas, dejándonos rotos y sin esperanza al final.

Esta dinámica de esperanza mal colocada no es nueva; es la misma historia que la humanidad ha vivido desde el principio. Incluso el pueblo elegido de Dios, los israelitas, a lo largo de las escrituras, no pudo escapar a la tentación de poner su esperanza en realidades terrenas.

Repetidamente decidieron ignorar a Dios. Rehusaron obedecerlo, poniendo su esperanza en la creación y adorando y sirviendo a dioses extranjeros. El resultado fue cualquier cosa menos felicidad y plenitud. Eventualmente, su rebeldía les alcanzó, e Israel tocó fondo. Su reino se dividió en dos mientras sufrían decadencia moral, gobernantes tiránicos e inestabilidad política.

Sin embargo, en medio del desorden destructivo del pecado, el profeta Isaías escribió estas palabras:

“El pueblo que andaba a oscuras percibió una luz cegadora. A los que vivían en la tierra de sombras una luz brillante los cubrió. Acrecentaste el regocijo, multiplicaste la alegría: alegría por tu presencia, como la alegría en la siega, como se regocijan repartiendo botín…

Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. En su hombre traerá el señorío, y llevará por nombre: “Maravilla de consejero”, “Dios Fuerte”, “Siempre Padre”, “Príncipe de Paz”. Grande es su señorío, y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su territorio, para restáuralo y consolidarlo por la equidad y la justica, desde ahora y hasta siempre. El celo del Señor de los ejércitos lo realizará”. Isaías 9, 1-2, 5-6.

¿Puedes imaginar ser un israelita y escuchar un mensaje así? Imagina la esperanza que debió brotar en los corazones de quienes no tenían esperanza. Ellos sabían que su situación era desastrosa. No tenían idea de cómo arreglar las cosas y, sin embargo, en medio de una oscuridad aparentemente impenetrable, Dios prometió hacer brillar su luz. Les recordó que, aun cuando las cosas no son buenas, él sí lo es. Su esperanza estaba segura en él. Tal vez tendrían que esperar, pero él cumpliría, y eventualmente lo hizo.

En una noche silenciosa en Belén, una virgen, llena de gracia, dio a luz al niño que cumplió cada una de las profecías sobre el Mesías esperado. A través de su Hijo, Jesucristo, Dios cumplió sus antiguas promesas. Redimió a su pueblo elegido y trajo la salvación a todo el mundo. Dios ha demostrado una y otra vez que es digno de confianza. Si estamos dispuestos a poner nuestra esperanza en él, quizá tengamos que esperar, pero nunca quedaremos defraudados.

Así que, este año, deja que el tiempo de Adviento te llene de esperanza renovada y alegría mientras esperas en el Señor. Servimos a un Dios que nos amó lo suficiente como para entrar una y otra vez en el desorden del mundo y, de alguna manera, hacer brotar belleza y redención. Si el Salvador pudo vencer el pecado y la muerte y traer salvación a los israelitas en su situación, sin duda puede hacerse cargo de tus desórdenes, grandes o pequeños.

Entra en los misterios divinos y abraza las vistas y los sonidos de la temporada con gozosa expectativa. Hazlo todo con la mirada fija en Cristo. Todo existe por él, de todos modos. Así que encontremos a Cristo en todo y confiemos en aquel que comenzó en nosotros una buena obra para llevarla a su término. Entonces, quizá este año lleguemos al 26 de diciembre con chispas renovadas de energía y con el corazón lleno de la paz y la alegría que el mundo no puede dar.

 

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