Por Jay Sorgi
Él ha estado exactamente donde los Denver Broncos quieren estar el próximo 8 de febrero, levantando el trofeo Vince Lombardi en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California. Fue hace 10 años, vistiendo sus queridos colores azul marino y naranja, con el gran Peyton Manning a su lado.
Pero Gary Kubiak sabe que no se puede estar en la cima si el centro del propio ser no está en el lugar correcto, con Dios y con las personas que más importan.
Gary, de 64 años, aprendió el valor de despertarse temprano para estar en el lugar correcto en la misma iglesia doméstica donde se le inculcó la fe, en una familia profundamente arraigada en su vecindario polaco de Houston.
“Mis papás me metieron a una primaria católica, Christ the King”, dijo el exmonaguillo. “Todos los fines de semana con mi papá, si me tocaba servir la Misa de las 5:30 de la mañana, él me despertaba a las 4:45 para ir. Era parte de mi vida”.
Su camino educativo católico lo llevó a la preparatoria St. Pius X en Houston, pero el fútbol americano lo llevó a la Universidad de Texas A&M, donde fue mariscal de campo (quarterback) de los Aggies de 1979 a 1982.
Sin embargo, fue en Texas A&M, cerca del rancho donde ahora vive, donde comenzó su camino hacia la comprensión de cuál debía ser el centro de su vida.
“Intenté irme de Texas A&M en mi segundo año. Me desanimé tanto que estuve a punto de decir: ‘Al diablo con esto’. Probablemente llegué a mi punto más bajo cuando me di cuenta de que, como persona, me había ido desviando hasta que todo giraba en torno al deporte. Hasta que no puse mis prioridades en orden, no me estaba yendo bien en el fútbol”, explicó. “Cuando toqué fondo y acomodé de nuevo mis prioridades, mi carrera futbolística despegó de nuevo. Para ser la mejor persona que creía que podía ser en mi carrera, debía tener todo lo demás en orden en cuanto a prioridades. Si eso se desajustaba, entonces no iba a tener éxito”.
Gary tuvo el éxito suficiente como para que los Denver Broncos lo seleccionaran en la octava ronda del draft de la NFL de 1983, el mismo draft del que, mediante un intercambio, los Broncos consiguieron al mariscal de campo que estaría por delante de Gary en la lista de jugadores, John Elway.
“Luchaba cada año. ¿Voy a lograrlo? Mi esposa y yo nos aferrábamos a esa esperanza cada verano cuando iba al campamento de entrenamiento. ‘¿Entraré en el equipo este año? ¿Podré ganarme la vida? ¿O será hora de volver a casa y dedicarme a otra cosa?’”, recordó. “Mi fortaleza y mi fe me mantuvieron cuerdo, me mantuvieron con los pies en la tierra mientras iba cada verano a perseguir ese sueño de ser parte de los Denver Broncos. Si no tenía las cosas bajo control a nivel personal, con mi familia, mi matrimonio y mi fe, entonces se me hacía muy difícil salir todos los días y tratar de ser el mejor que podía ser”.
Una carrera de nueve años como suplente lo llevó eventualmente a una trayectoria como entrenador, que comenzó en su alma máter, Texas A&M. De ahí, vio cómo Dios lo guiaba por un desvío hacia el oeste, a San Francisco, con un trabajo con los 49ers.
Una noche, se miró en el espejo.
“Mi esposa y mis hijos están en Texas. ¿Por qué tomé esta decisión?” se cuestionó.
Pero Dios tenía un mensaje para él.
“Fue como si, en cuestión de días, o algo así, me dijeran: ‘Oye, estoy contigo. Solo levántate y ve a trabajar mañana. Tengo un propósito para ti’”, recordó Gary. “Y sentí ese propósito”.
Siguiendo ese propósito, ganó un anillo de Super Bowl con los 49ers en 1994, en el Super Bowl XXIX, mientras acompañaba y guiaba a Steve Young.
Dios lo trajo de regreso a Denver como asistente de 1995 a 2005, un periodo que incluyó campeonatos de Super Bowl bajo el entrenador en jefe Mike Shanahan durante las temporadas de 1997 y 1998.
Durante esos años, los jesuitas, incluidos los de la preparatoria Regis Jesuit en Aurora, ayudaron a formar a sus hijos, Klay, hoy coordinador ofensivo de los San Francisco 49ers, y Klint, quien ocupa el mismo puesto con los Seattle Seahawks.
Quizá Gary se inspiró en el llamado ignaciano a “encontrar a Dios en todas las cosas” mientras trabajaba para construir una cultura de equipo que respetara las distintas creencias. Al convivir con personas de diversos orígenes, el católico discretamente devoto aprendió valiosas lecciones sobre Dios y la vida, que llevaba a su propia oración, incluida su participación en una Misa semanal para los católicos del equipo.
“Estuve rodeado de todo tipo de hombres, de todo tipo de personas, ya fuera como jugador o como entrenador. Encontré un gran valor en conocer a cada uno de ellos”, agregó. “Yo tenía mi manera de hacer las cosas, pero también hubo muchos otros que me enseñaron muchísimo al ver cómo se conducían y cómo enfrentaban su situación. Traté de mantenerme enfocado en ser la mejor versión de mí mismo y en aprender de los demás en el camino”.
Ese crecimiento hacia la mejor versión de sí mismo, como entrenador, lo llevó a ser contratado como entrenador en jefe antes de la temporada 2015, una temporada mágica que finalmente culminó con el mayor premio de su deporte, el trofeo Vince Lombardi, tras la victoria por 24-10 sobre los Carolina Panthers en febrero del 2016. Sería el año 21 de 22 con los Broncos, uno que le trajo increíbles bendiciones.
“Es muy, muy difícil permanecer en un mismo lugar durante mucho tiempo. Forma parte del negocio, forma parte de la carrera”, dijo. “Me resulta asombroso que, siendo yo entrenador, Dios me haya permitido a mí y a mi familia estar en Denver durante tantos años”.

