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domingo, enero 25, 2026
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Imitando al pobrecillo de Asís, san Francisco

Entrando en el Año Especial de san Francisco a través de la pobreza, la muerte y la alegría en Cristo.

Por Elizabeth Zelasko

Con nuestras sotanas casi rozando las puertas jubilares que están por cerrarse, el papa León ha proclamado un Año Especial de san Francisco de Asís. Del 10 de enero del 2026 al 10 de enero del 2027, los fieles que, junto con los sacramentos habituales, realicen peregrinaciones a iglesias franciscanas —o se unan espiritualmente desde casa— recibirán indulgencias plenarias. Al anunciar este año especial, el papa León señaló la vida de san Francisco y llamó a todos a “imitar al pobrecillo de Asís, a formarnos en la medida de lo posible según el modelo de Cristo”.

“El pobrecillo de Asís”. Esta frase de nuestro santo padre pareció resonar como una campana clara en medio de la noche. Porque eso es lo que fue san Francisco. Un “pobrecillo” es lo que eligió ser, aun cuando la riqueza estaba a su alcance y los lujos de la vida habían pasado por sus labios. En una época en la que Amazon puede satisfacer la mayoría de nuestros deseos con envíos de dos días y las tarjetas de crédito se encargan del resto, ¿cómo nos interpela este llamado a “imitar al pobre”?

Para entrar plenamente en este Año de san Francisco, quiero proponer esta imagen que puede ayudarnos: San Francisco de Asís en su tumba, de Zurbarán. Si existe un camino más rápido que el Memento Mori para confrontar la realidad de la propia pobreza, lo desconozco. Esta imagen parece ser la encarnación misma de esa meditación. San Francisco no solo sostiene una calavera, sino que, como sugiere el título, está de pie dentro de su propia tumba.

La oscuridad de esta pintura les da a los pensamientos del santo una seriedad que cala hasta los huesos. Francisco y la calavera no reconocen al espectador, sino que se miran directamente el uno al otro, absortos, en la intimidad profunda del momento. Aunque la calavera es físicamente ligera al descansar en sus manos santas, en la pintura carga un peso espiritual inmenso. Sus rasgos faciales no importan. No importa qué tan hundidos o cercanos estén sus ojos, cuántas arrugas tenga su piel, qué tan grandes o pequeños parezcan sus oídos. Un día estará en su tumba, como tú y como yo lo estaremos: será una calavera. Tu rostro o el mío podrían estar igual de bien bajo ese hábito con capucha. Y ese es el punto. Aunque no parece notarnos ni ir a ningún lado, ese pie adelantado sugiere que el santo está dando un paso hacia nosotros. ¿Quizá para invitarnos a la misma meditación? Quizá para decirnos: “Mira, amado espectador, al entrar en mi tumba, del polvo venimos y al polvo volveremos”.

Si has leído algo sobre la vida de san Francisco, sabrás que después de su conversión radical quedó lleno de una alegría inexpresable. Una alegría que, para nuestra sensibilidad moderna, desafía toda comprensión. Decimos: “¿Pero no somos más felices con nuestros viajes lujosos, nuestros paquetes entregados a domicilio y nuestras soluciones antienvejecimiento?”. Todo lo contrario, y esto es lo que el papa León pone ante nosotros: Francisco encontró a Cristo entre los leprosos, en las sobras que le arrojaban para comer y viviendo entre los olvidados de la sociedad. Todo aquello de lo que se nos dice que huyamos, san Francisco corrió hacia ello y ahí encontró una felicidad profunda en Cristo. En esta pintura puede estar meditando sobre su propia muerte, un pensamiento que a la mayoría nos pesaría, pero para un cristiano enardecido por el Espíritu Santo, abrazar el Memento Mori es un camino hacia una vida liberada por la verdad.

Reflexionemos sobre las dicotomías que tenemos delante. Este Año de san Francisco nos invita, a través de los ojos de este santo tan querido, a examinar nuestros apegos mundanos, a soltar aquello que nos ha mantenido lejos de Cristo y, en muchos sentidos, a devolverle al mundo lo que durante tanto tiempo hemos querido arrebatarle. La oración de san Francisco es una que deberíamos llevar en los labios a lo largo de este año. Permanece con ella cada día. Permanece con esta pintura. Y con Dios, veamos qué fruto puede surgir.

Oración de san Francisco

Oh, Señor, hazme un instrumento de tu paz.
Donde hay odio, que lleve yo el amor.
Donde haya ofensa, que lleve yo el perdón.
Donde haya discordia, que lleve yo la unión.
Donde haya duda, que lleve yo la fe.
Donde haya error, que lleve yo la verdad.
Donde haya desesperación, que lleve yo la alegría.
Donde haya tinieblas, que lleve yo la luz.

Oh, Maestro, haced que yo no busque tanto ser consolado, sino consolar;
ser comprendido, sino comprender; ser amado, como amar.

Porque es dando, que se recibe;
Perdonando, que se es perdonado;
Muriendo, que se resucita a la
vida eterna.

 

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