Se respira gran entusiasmo en el aire a medida que los estudiantes de toda la arquidiócesis regresan a clases, con mochilas y uniformes nuevos, maestros y cursos por iniciar.
Y lo mismo sucede en el seminario St. John Vianney en Denver, donde 23 hombres acaban de tener su propio “primer día de clases”, con nuevos “uniformes” (por así decirlo), clases y formadores.
Esta clase entrante, la más grande en la historia del seminario, marca el inicio del ciclo académico 2025-2026, que ha recibido 90 seminaristas arquidiocesanos, un aumento de 38 % en comparación a los 65 del año pasado, y un crecimiento de 60 % en comparación a los 56 del año anterior (2023-2024). El número récord de nuevos seminaristas para la Arquidiócesis de Denver casi duplica el registro anterior (13) de la generación pasada.
“¡Dios nos ha bendecido con 23 hombres que han seguido su llamado! Durante este año jubilar, parece que el Señor nos bendice abundantemente a través de ellos, y qué gran regalo son para nuestra arquidiócesis”, dijo el padre Jason Wallace, director arquidiocesano de vocaciones. “Estoy agradecido con mis hermanos sacerdotes y diáconos que han acompañado a estos hombres día tras día mientras discernían lo que Dios les pedía. Para quienes leen este artículo, por favor recen por estos hombres, por todos nuestros seminaristas y por todos aquellos que están discerniendo la voluntad de Dios, para que él llame sacerdotes según su corazón que sirvan a su pueblo con generosidad y valentía”.
El aumento en vocaciones llega en un momento crucial, mientras que la arquidiócesis sigue enfrentando una escasez de vocaciones, que hasta ahora se ha podido sobrellevar gracias al servicio de sacerdotes religiosos y sacerdotes venidos de otros estados y países. Con solo 148 sacerdotes arquidiocesanos en ministerio activo en el norte de Colorado y 148 ubicaciones parroquiales que atender, se necesitan muchos más sacerdotes.
Gracias a Dios, muchos hombres están respondiendo a su llamado. La reciente campaña Llamados por su nombre en la arquidiócesis recibió 900 nominaciones de hombres para considerar una vocación sacerdotal. Un retiro vocacional reciente dio la bienvenida a casi 100 de estos hombres en el seminario, para comenzar a discernir lo que el Señor les pedía.
“Estoy agradecido de que nuestros fieles hayan reconocido este potencial pastoral en tantos jóvenes de nuestra arquidiócesis”, dijo el arzobispo Samuel J. Aquila sobre la campaña Llamados por su nombre y el renovado impulso por fomentar una cultura de vocaciones. “Nuestra arquidiócesis necesita más sacerdotes que pastoreen y acompañen como padres a nuestras comunidades parroquiales, ofreciendo los sacramentos —especialmente la Santísima Eucaristía— y llamándonos a una conversión más profunda y a un encuentro con Jesucristo.
“El sacerdocio es una vocación hermosa, un don puro, y agradezco al Padre por haberme llamado a ser su sacerdote y su obispo”, continuó. “Oro para que estos hombres —y muchos más— se acerquen a Jesucristo, la vid, y permanezcan en relación con él. Por favor, oren conmigo para que ellos puedan responder con fidelidad, generosidad y valentía —todo para que, en Jesucristo, todos sean rescatados y tengan vida en abundancia, para gloria del Padre”.

De católico de cuna a seminarista treintañero
Para los 23 hombres que inician formación sacerdotal en St. John Vianney, este regreso a clases trae consigo nueva alegría y emoción, como también retos.
Para Johnny Cabazos, originario de Denver y en sus 30 años, esta nueva etapa está llena de “una mezcla de muchas emociones”.
“Estoy emocionado, pero también nervioso, un poco abrumado y, a veces, incluso un poco triste”, compartió. “Hay un temor silencioso al dejar atrás la vida que he conocido, las comodidades y rutinas, y entrar en algo totalmente desconocido. Y, sin embargo, también hay profunda alegría, paz y un verdadero sentido de esperanza”.
En pocas palabras, Johnny dijo: “Me siento vivo”.
Feligrés de la parroquia St. Francis de Sales en Denver, y egresado de la preparatoria Arrupe Jesuit, nació y creció católico, con una “sólida base” desde la infancia. Sirvió como monaguillo, estudió y hasta llegó a amar la teología. Pero en la universidad se alejó de la fe, “persiguiendo éxito, dinero y la comodidad”.
“Pero gracias a la gracia de Dios, y a la base firme que recibí en mis años formativos, eventualmente regresé a la Iglesia”, dijo a El Pueblo Católico.
El llamado al sacerdocio le llegó por primera vez alrededor de los 9 años, cuando como monaguillo se sintió impactado por su cercanía al altar. Durante años, la idea del sacerdocio volvía a su mente — pero se desvanecía con la misma rapidez, hasta que llegó la pandemia. Al verse forzado a reflexionar más a fondo sobre la vida, ese llamado de niño regresó con fuerza.
“Comencé a darme cuenta de cuántas señales el Señor había puesto en mi vida, señales que yo había ignorado o desechado”, recordó del inicio de su más serio discernimiento del sacerdocio. “Como alguien que tiende a pensar de manera analítica, quería estar seguro antes de tomar un compromiso tan significativo. Entrar al seminario en mis 30s significaba un sacrificio real. No quería ‘probar a ver qué pasaba’. Quería estar seguro de que era aquí a donde el Señor realmente me llamaba.
“Cuanto más discernía, más veía cómo Dios me había estado preparando pacientemente: llamándome, formándome y esperando mi respuesta”, continuó. “¿Hubiera sido más fácil si hubiera respondido antes? Tal vez. Pero he aprendido a confiar profundamente en la providencia de Dios. Creo que había lecciones que debía aprender y un crecimiento que tenía que ocurrir antes. Viéndolo en retrospectiva, es claro que todo ha sucedido según su tiempo perfecto.
“Y aún hoy, entrar al seminario no es el fin del discernimiento, sino su continuación. El discernimiento no es una decisión de una sola vez, sino un ‘sí’ cotidiano al Señor. Es un camino de conversión de toda la vida, de elegir a Cristo por encima de las comodidades y distracciones del mundo. El seminario es solo el siguiente paso”.
Guiados por la providencia y la misericordia
En el tiempo perfecto de Dios, Johnny llegó al seminario St. John Vianney para discernir su voluntad. Y no llega solo. A su lado están otros 22 hombres movidos por la gracia, entre ellos Luke Yanoshak, seminarista de primer año en Denver, originario de Pensilvania.
Católico de cuna, Luke se apartó de la Iglesia en la universidad, hasta que problemas de salud durante un semestre en España lo llevaron a la oración.
“No sabía a quién más acudir, porque estaba completamente solo, excepto el Señor”, compartió. “Así que me arrodillé y recé. Y lo primero que sentí fue que él movió mi corazón a ir a Misa al día siguiente”.
Después de Misa en la catedral de Madrid, sintió el impulso de explorar la iglesia. Sin esperarlo, se abrió una puerta y apareció un sacerdote de cabellos blancos. Lo miró, le señaló y le dijo: “Tú. Ven aquí”.
La confesión inesperada que siguió fue un momento de gracia providencial para Luke, pues “un gran peso” cayó de sus hombros y recibió un consejo lleno de sabiduría.
“El Señor te llama a volver”, le dijo el sacerdote. “El Señor te pide que seas nuevo, un hijo amado”.
De regreso al campus para terminar su último año, Luke llevó consigo esa misericordia y comenzó a luchar por una conversión diaria.
“Esta vez me sentía mucho más cerca de Dios, e iba más seguido a confesarme. Estaba luchando con esa doble cara de mi corazón en conflicto”, relató. “Todo mi último año de universidad fue una lucha, pero sentía un llamado a buscar cercanía con Dios, a luchar contra el pecado”.
Tras graduarse, se mudó a Denver para trabajar en ingeniería, pero se sintió profundamente solo, hasta que un amigo católico devoto lo visitó.
“Cuando entraron a mi apartamento oscuro, todo se iluminó con su alegría, su risa, su celo por la vida y por Dios”, recordó. “Era la primera vez que veía gente de mi edad entusiasmada por Jesús, sus sacramentos y su amor. Pensaba que eso era cosa de gente mayor, algo que llegaba más tarde en la vida. Pero al verlos rebosar de esa paz y amor, comprendí que tenían un pedazo de la verdad que yo no tenía, y que yo lo necesitaba”.
En resumen, dijo Luke, “estas personas simplemente estaban enamoradas de Jesús, y eso fue revolucionario para mí”.
Por el ejemplo —y el empuje— de esos amigos, hizo una oración sencilla: “Señor, enséñame a amarte”. Aunque no sabía por dónde empezar, pidió ser “lanzado al agua profunda”.
En pocos meses, desarrolló una vida de oración activa y encontró amistades fieles: la comunidad que tanto anhelaba. Y en ese contexto, el llamado sacerdotal que había escuchado de adolescente volvió a resonar en su mente.
“Desde que recé esa oración, Dios ha hecho todo lo demás”, explicó. “Me ha apartado de mis pecados antiguos. Me ha enseñado a enamorarme de él. Me ha mostrado cómo adorar los sacramentos. Y ha reavivado este deseo, este llamado que tenía”.
Lejos de ser un proceso fácil, Luke describe su discernimiento como “una guerra en mi corazón”.
“Siempre temí que, si él llegaba a tener mi corazón, mi vida sería miserable, vacía, sin sentido”, compartió. “Pero que opuesto es eso en comparación con la realidad. La realidad es que siento que soy la versión más completa de mí mismo que he sido porque el Señor me está llenando”.
Al entrar al seminario, espera crecer y sanar aún más con Dios.
“Me doy cuenta de que me falta mucho por crecer para llegar a ser cualquier tipo de padre. Estoy muy emocionado de descubrir esas partes ocultas de mi alma que no conozco y que necesitan florecer, crecer y sanar”, explicó.
Y, sobre todo, desea aprender a amar a Dios como él quiere ser amado.
“Cuando comencé el proceso de solicitud, estaba luchando mucho. Recuerdo que le preguntaba en oración: ‘Señor, ¿esto es realmente lo que quieres? ¿Qué quieres de mí si entro aquí?’ Y lo que escuché fue: ‘Ven, aprende a amarme’, que es un reflejo de la primera oración que hice”, dijo. “Eso es lo que más me emociona, porque voy a aprender a amar al Señor como él quiere ser amado. Esa es la esperanza. La respuesta a todas mis oraciones está en amar al Señor. Si aprendo a amar al Señor, todo lo demás vendrá”.
En busca del Sagrado Corazón
Ese llamado a amar más profundamente al Señor y a su pueblo, a encarnar el Sagrado Corazón de Jesús, que arde de amor por su gente, resuena con fuerza en Owen Chase, nuevo seminarista de Evergreen.
Nacido y criado en la fe católica, Owen admite que estaba “muy atrapado en el mundo”, hasta que un retiro de preparatoria le cambió la vida.
“A través de una nueva vida de oración, comencé a ver al Señor como el amigo perfecto que siempre había anhelado, y como un guía perfecto para mostrarme lo que realmente hace que la vida sea plena en este mundo”, compartió.
Conforme crecía en la fe en Cristo y en el amor por él, notaba en su interior un profundo deseo de evangelizar —algo que lo llevó a discernir más seriamente su vocación.
“En ese mismo periodo en el que recibí un aumento del don de la fe, también tuve un gran deseo de compartir la vida del Señor con todos, y sentí que una manera buena y santa de darlo a conocer, junto con sus enseñanzas divinas, sería convirtiéndome en sacerdote”, explicó. “Al desear el sacerdocio, me he sentido impulsado a preguntarle al Señor: ‘¿Qué es lo que más te agrada?’”
Con el tiempo, al hacerle esa pregunta a Jesús, comprendió que el sacerdocio es un don profundo “y una invitación para nosotros, los llamados a servir en su altar, a estar más cerca de él, conocerlo con mayor claridad y amarlo más intensamente”.
En oración, se dio cuenta de que el sacerdocio es profundamente agradable al Sagrado Corazón de Jesús. A través de sus sacerdotes, Jesús acerca a su pueblo a sí mismo en los sacramentos y en la Iglesia. Y, por esos medios, los atrae hacia él para siempre en el reino de los cielos.
Ahora, al comenzar su primer año en el seminario, Owen se encuentra con una nueva pregunta en su oración: “¿Qué tipo de sacerdote quiere Dios que yo sea para él?”
Si bien la respuesta particular y las circunstancias concretas aún no se han revelado, “sí sé que mi mente y mi corazón se preguntan qué es lo que el Señor me tiene preparado”, compartió. “Estoy muy emocionado de conocer a tanta gente maravillosa y de aprender sobre nuestra fe, pero, sobre todo, espero poder aprovechar todas las gracias que se nos ofrecen como seminaristas en nuestra vida espiritual”.

Para aquellos que buscan
Mientras Johnny, Luke y Owen se preparaban para iniciar el seminario como parte de la clase más grande en la historia del seminario, los tres coincidieron en un consejo para quienes buscan la verdad, la belleza y la bondad —para quienes buscan a Dios. En resumen: sigan buscando.
“Si buscas plenitud espiritual, mi consejo sería que la busques en el Sagrado Corazón de Jesús, cuyo amor no tiene límites y que conoce y quiere proveer para cada una de tus necesidades”, dijo Owen.
“Tómate tiempo para escuchar. Dios habla en voz baja, a través de la oración, de las personas y de los momentos de tu vida diaria”, agregó Johnny. “Date paciencia. No tienes que tener todas las respuestas de inmediato. Y confía en la oración”.
“No fuiste creado para este mundo. Todos los deseos de este mundo apuntan al cielo”, compartió Luke, lamentando no haber descubierto antes esa verdad. “El mundo pasa, y fuiste hecho para el cielo con Dios. Ábrele tu corazón y confía. No será obvio, no será fácil, pero confía en que él no solo te dará lo que necesitas, sino que te lo dará en abundancia y te dará un corazón renovado a su propia imagen. Búscalo, si estás buscando el bien”.
Mientras continúan buscando al Sagrado Corazón de Jesús, tomando en serio su formación, oración y discernimiento, Johnny, Luke y Owen —junto con los otros 20 nuevos seminaristas— esperan llegar a ser los hombres y, si Dios quiere, los sacerdotes que él quiere que sean.
Pero no pueden hacerlo solos.
“En nombre de todos los seminaristas, diáconos, sacerdotes, obispos y de nuestro santo padre, ¡recen por nosotros! No podemos ser santos sin la gracia de Dios, y él la concede a quienes acuden a él con confianza y valentía”, concluyó Owen.