Por Tanner Kalina.
5:43 p. m. El señor Benedict (mi perro) y yo íbamos a la mitad de nuestra caminata vespertina cuando me cayó el veinte: era día de elecciones. Tenía poco más de una hora para llenar mi boleta y entregarla.
5:44 p. m. Aceleré el paso hasta llegar a un trote. Benny empezó a morder la correa y gruñó todo el camino a casa (no le gusta cuando corremos).
5:49 p. m. Abrí de golpe la puerta trasera, encendí mi computadora, investigué a cada candidato y marqué rápidamente mis votos.
6:31 p. m. Salí del garaje y manejé rumbo a la casilla más cercana.
6:52 p. m. Hice una oración rápida y deposité mi boleta —con ocho minutos de sobra.
Debo admitir que las elecciones de noviembre no fueron tan “grandiosas” o llamativas como las del año pasado entre Trump y Harris. Aquí en Loveland, simplemente estaba eligiendo al alcalde de la ciudad, un par de directores de la junta del distrito escolar y algunos miembros del consejo.
También admito que nunca he sido una persona particularmente interesada en la política. De hecho, todo lo contrario. Me da pena decir que ni siquiera voté en las dos primeras elecciones presidenciales en las que ya podía votar.
“¿¡Qué?! ¿Cómo pudiste?!”
Lo sé, lo sé. Ya lo confesé, ¿de acuerdo? ¡El Señor me ha perdonado!
Dicho eso, mientras más crece en mí la convicción de que nuestra tarea es cumplir la Gran Comisión (ir y hacer discípulos de todas las naciones), más crece también mi convicción de que necesitamos involucrarnos en la política. Mucho. De forma constante. Y a nivel local.
Si queremos alcanzar al mayor número posible de almas con el mensaje de vida del evangelio, entonces debemos involucrarnos en el ámbito político.
Nuestras leyes nacionales, estatales y locales son en realidad una de las formas más grandes de pre-evangelización que tenemos. Las leyes tienen una naturaleza didáctica, es decir, no solo existen para informar lo que es legal o no, sino que también enseñan lo que es bueno y verdadero.
Las leyes forman la conciencia de una sociedad.
Si un gobierno estatal dice que el aborto es legal, por ejemplo, entonces ese estado enseña implícitamente a sus ciudadanos que el aborto es un bien que debe buscarse.
Si un gobierno nacional dice que el matrimonio no existe únicamente entre un hombre y una mujer, entonces ese país enseña inevitablemente a sus ciudadanos que el matrimonio es una institución humana, no divina.
Si se acumulan suficientes leyes que contradicen la visión cristiana del mundo, entonces pronto se obtiene una cultura secularizada.
Tal es el estado de nuestra cultura hoy. A nivel nacional, estatal y local. Se han promulgado suficientes leyes, durante suficiente tiempo, para socavar la realidad del evangelio.
Pero no estamos perdidos.
Lo contrario puede suceder con la misma facilidad. Nuestro gobierno puede introducir o reintroducir leyes que reflejen una visión cristiana del mundo. Y como resultado, puede fomentar una filosofía de vida que sirva como tierra fértil para que el Evangelio eche raíces.
Y si esto es posible, ¿no deberíamos nosotros, miembros de la Iglesia que Jesucristo mismo fundó, sentirnos llamados a ayudar a que esto suceda? ¿No deberíamos nosotros, a quienes Jesús encargó llevar el evangelio a cada rincón de la tierra, estar sumamente interesados en preparar el terreno para el evangelio? ¿No deberíamos nosotros, que tenemos a nuestro alcance la plenitud de la verdad, trabajar para que la narrativa católica (léase: el evangelio) esté en el corazón del tejido social de esta gran nación?
En cambio, veo a un número creciente de católicos cansados del escándalo y la corrupción en la política, que están optando por retirarse completamente de los asuntos del gobierno… como si eso fuera a cumplir la Gran Comisión.
Ahora no es momento de retirarnos.
¡Ahora es momento de avanzar!
No es que esté en juego solo el futuro de nuestro país (aunque ciertamente podría ser así), sino que están en juego las almas.
Debemos reconocer que nuestro fervor (o la falta de él) en el ámbito político no solo impacta el futuro de nuestro país, sino el destino eterno de nuestros conciudadanos.
Por lo tanto, debemos ser un pueblo político para poder ser verdaderamente un pueblo evangelizador. Y eso comienza en pequeño: votando por los directores de la junta escolar y por los cargos municipales. Los líderes locales y las decisiones que tomamos tienen un impacto enorme en los líderes nacionales y en las decisiones nacionales.
Dicho de otra forma, no podemos tener un impacto nacional si no tenemos un impacto local.
Si no te sientes cómodo dirigiendo un grupo de estudio bíblico, es comprensible. Creo que deberías intentarlo, pero sí, es estresante organizar personas y hacerse cargo de enseñar la fe.
Si no sabes cómo acompañar espiritualmente a otra persona, también es comprensible. Creo que deberías intentarlo, pero a menos que tengas experiencia con FOCUS u otro apostolado similar, la Iglesia no tiene muchos recursos disponibles para ayudarte a hacerlo bien.
Pero si no votas cuando puedes hacerlo, especialmente en las elecciones locales pequeñas, entonces realmente no hay excusa. Te estás perdiendo quizá el medio más sencillo de evangelización que tenemos disponible.
Ahora bien, si no participaste en las elecciones de este año, no te castigues.
Esto no es para avergonzar a nadie. Yo, por ejemplo, casi me las pierdo. He dejado pasar muchas elecciones y apenas ahora estoy comprendiendo la importancia de la participación política.
Pero de aquí en adelante, tú y yo podemos tomar la decisión consciente de no perder nunca otra boleta. Nacional, estatal o local.
Este año, solo el 41.8% de los votantes registrados en Colorado participó en las elecciones. Con aproximadamente 830 000 católicos en el estado, prácticamente podríamos haber decidido cada contienda si todos hubiéramos votado. Podríamos haber empezado a orientar a nuestro estado hacia una visión cristiana del mundo.
Como escribió G. K. Chesterton: “La cuestión no es tanto que solo una minoría del electorado vote. El punto es que solo una minoría del votante vota”.
Cuando votemos, que lo hagamos con el corazón. Que votemos, no solo para cumplir con un deber cívico, sino porque anhelamos que nuestros vecinos sean alcanzados por la buena nueva de Jesucristo.

