Por Lisa Smith, MA, LPCC
Terapeuta ambulatoria
St. Raphael Counseling, un ministerio de Caridades Católicas
La muerte es una de las pocas certezas de la vida, y sin embargo una de las realidades más difíciles de aceptar. Incluso como personas de fe que creemos en la vida eterna, muchos luchamos al enfrentar nuestra propia mortalidad o la posibilidad de perder a nuestros padres.
El papa Francisco ha dicho: “La muerte no es el final, sino el comienzo de algo. Es un nuevo inicio… porque la vida eterna es comenzar algo que nunca terminará.” Sin embargo, vivir esa verdad en lo emocional no siempre es fácil.
Desde el punto de vista psicológico, la evasión es una respuesta natural: estamos hechos para proteger la vida, no para contemplar su final. Pero evitar estas conversaciones puede robarnos la paz que proviene de una preparación honesta.
Cuando la fe y la psicología se encuentran, podemos ver los temas del final de la vida no como algo morboso, sino como oportunidades sagradas de amor, conexión y sanación.
Afrontar la realidad
En la terapia escucho con frecuencia: “No quiero pensar en eso todavía”. Detrás de esa resistencia hay ansiedad, el miedo de que nombrar la muerte de alguna manera la acerque.
Pero como católicos, sabemos que recordar la muerte no es oscuridad, sino santidad.
El Miércoles de Ceniza escuchamos: “Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás”.
Estas palabras no nos asustan; nos reorientan hacia lo que más importa: amar a Dios y a los demás mientras todavía podemos.
Los santos hablaban del memento mori —“recuerda tu muerte”— no como algo triste, sino como una gracia. Recordar nuestra mortalidad nos impulsa a vivir con mayor intención: perdonando pronto, amando con profundidad y confiando plenamente.
Por qué la preparación importa
La preparación, tanto espiritual como práctica, trae paz.
La evasión, en cambio, genera ansiedad y conflictos, especialmente dentro de las familias.
Prepararse para la muerte no significa solo redactar un testamento o hacer planes funerarios. También implica preparar el corazón: buscar la reconciliación, expresar amor y compartir la fe.
Estas conversaciones pueden unir a las familias y aliviar cargas cuando llega el momento de la pérdida.
Desde una mirada católica, esto es un acto de mayordomía: nuestras vidas son dones que Dios nos confía, y vivir —y morir— bien honra al dador.
Cómo iniciar la conversación con los padres
Hablar del final de la vida puede parecer abrumador. Muchos padres mayores se resisten porque lo asocian con la pérdida de control o con el miedo. El objetivo no es forzar la conversación, sino abrir espacio para ella.
- Comienza con amor, no con trámites. Puedes decir: “Mamá, quiero asegurarme de respetar tus deseos algún día. ¿Podemos hablar de lo que es más importante para ti?” Plantearlo como un acto de amor, y no de papeleo, suaviza la resistencia.
- Haz preguntas abiertas, centradas en historias. Por ejemplo: “¿Qué recuerdos o tradiciones te gustaría que mantuviéramos vivos?” o “¿Qué te daría paz al final de tu vida?” Estas preguntas invitan a compartir sentido, no solo detalles.
- Invita a la fe al diálogo. Una breve oración puede abrir los corazones: “Señor, ayúdanos a hablar de esto con paz, sabiendo que tú tienes nuestras vidas en tus manos”. Así la muerte se enmarca como un paso sagrado, no como un temor.
- Tómalo con calma. No es necesario abordar todo en una sola conversación. Deja que el diálogo inicial sea suave; luego podrán tratar asuntos prácticos como poderes legales o preferencias funerarias.
Cuando tú tampoco quieres hablar del tema
A veces no son nuestros padres quienes evitan el tema, sino nosotros.
Enfrentar su mortalidad suele significar enfrentar la nuestra.
Si eso te resulta abrumador, empieza por tener compasión contigo mismo.
- Ora con sencillez: “Señor, ayúdame a confiarte mi vida y la de quienes amo. Enséñame a enfrentar la muerte con fe, no con miedo.”
- Escribe: Llevar un diario puede ayudarte a transformar temores en reflexión. Escribe qué esperas, qué temes y dónde ves a Dios en todo ello.
- Busca consuelo en la Palabra: “Nada podrá separarnos del amor de Dios” (Romanos 8, 38-39) y “En la casa de mi Padre hay muchas moradas” (Juan 14, 2).
- Busca acompañamiento. En St. Raphael Counseling ayudamos a las personas a explorar estas preguntas desde la psicología y la fe, ofreciendo un espacio donde la vulnerabilidad se encuentra con la esperanza.
Vivir con intención ante la mortalidad
Prepararse para la muerte es, paradójicamente, un llamado a vivir con más intención.
Como dijo una paciente: “El deterioro de mi padre no fue solo una pérdida… fue nuestra última oportunidad para vivir bien juntos”.
Algunas invitaciones prácticas:
- Reflexiona sobre tu legado. ¿Qué valores y testimonios de fe quieres dejar?
- Busca la reconciliación. El perdón —dado o recibido— es uno de los regalos más sanadores.
- Profundiza en la oración. Repite con frecuencia: “Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.
- Practica la gratitud. Agradecer cada día nos prepara para partir en paz.
- Sirve a los demás. El amor que se entrega es la mejor preparación para el cielo.
Esperanza católica: la muerte como transformación
En última instancia, hablar de la muerte es hablar de esperanza.
El Catecismo nos recuerda: “La muerte ha sido transformada por Cristo… la obediencia de Jesús convirtió la maldición de la muerte en bendición” (CEC 1009).
Prepararnos para la muerte —la propia o la de un ser querido— no significa renunciar a la vida, sino vivirla con propósito, paz y la disposición de encontrarnos con Dios cara a cara.
Quizá la verdadera pregunta no sea “¿Cómo hablo de la muerte?”, sino:
“¿Cómo puedo vivir ahora para estar listo cuando el Señor me llame a casa?”
Que podamos responder con valentía, ternura y fe, confiando en que todo final en Cristo es en realidad un nuevo comienzo.
Lisa Smith, MA, es terapeuta ambulatoria en St. Raphael Counseling en Denver. Acompaña a personas y familias en procesos de duelo, transición y crecimiento espiritual, ayudándolas a descubrir sanación y esperanza a través de un cuidado centrado en Cristo.

