Era una tarde tranquila de sábado. Estaba en la capilla de mi parroquia, gritándole a Dios, enojado con él porque había llamado a un querido amigo a mudarse lejos.
Entre mis arrebatos llegó una respuesta que resonó en el silencio: “¿Y si me amaras así?”
Desearía poder decir que piadosamente comprendí el error de mis caminos, me arrepentí, lloré de alegría y terminé elevándome en un éxtasis de oración.
Pero ese no fue el caso, al menos no ese día. (Todavía estoy esperando la levitación, san José de Cupertino…)
Aunque quizá no respondí bien en ese momento, la pregunta del Señor me persiguió durante las semanas siguientes.
¿Qué pasaría si amara así al Señor?
¿Qué pasaría si de verdad le entregara todo?
¿Cómo se vería eso?
Cuando terminó septiembre, decidí intentarlo, ir “con todo”. Unas semanas antes, había comenzado a rezar el rosario diario, así que me comprometí a dar un paso más y asistir a Misa diaria todos los días de octubre.
Eso quizá escandalice a algunos lectores: ¿¡el editor de una publicación católica no iba a Misa todos los días?! ¿¡Apenas había empezado a rezar el rosario diario recientemente?!
No estoy aquí para justificarme. Tal vez debí haber comenzado antes. Tal vez no lo entiendes. Tal vez estás en la misma situación que yo.
Aun así, después de 31 días seguidos de Misa —mejor racha que cualquier racha de Duolingo que haya tenido, para que conste— Dios me mostró muchísimo. Aquí comparto solo algunas de las lecciones que aprendí al ir a Misa todos los días durante un mes.
Siempre habrá más trabajo por hacer. Tómate un descanso
Reconozco que caí demasiadas veces en el “estoy demasiado ocupado para ir a Misa”. La longitud de mi lista de pendientes, el aullido de las fechas límite y el chirrido de las notificaciones del correo sepultaban la suave y silenciosa invitación de Dios a pasar tiempo con él la mayoría de los días.
No importa quién seas, qué trabajo tengas o en qué estado de vida te encuentres, siempre habrá más trabajo por hacer. Siempre hay otro artículo que podría escribir o editar. Tú siempre puedes adelantar otro pendiente. Siempre hay una cosa más.
Solía asombrarme ante personas como san Francisco de Sales, que recomendaban una hora de oración diaria… a menos que estés ocupado, entonces dos. Santa Teresa de Calcuta y sus Misioneras de la Caridad no tenían sentido para mí, con su práctica de redoblar la oración en tiempos de mayor trabajo.
Ahora, 31 días de Misa después, veo el valor de hacer una pausa, respirar y volver al Señor. Y agradezco la paz, la claridad y la estabilidad que eso me ha dado.
Dios quiere una relación con nosotros
Quizá esto te parezca obvio. “Pues claro, André, Dios literalmente se hizo hombre. Llegó a conocernos mejor que nadie.”
Pero, después de 31 días de ir a Misa, me di cuenta de que eso sigue pasando hoy y todos los días.
No es solo que Jesús vino y habitó entre nosotros. Es que él sigue viniendo y habitando entre nosotros, en presente. Lo hace en la Eucaristía.
En cualquier momento, en cualquier altar, en cualquier lugar del mundo, Jesús viene a encontrarse con su pueblo. El cielo toca la tierra. Dios se hace alimento para nutrir, sostener y bendecir a su pueblo. No solo nos dio todo lo necesario para conocerlo, amarlo y servirlo en su vida terrena, muerte y resurrección. Él da, ahora, todo lo que necesitamos para seguirlo.
En este mes de Misa, el Dios del universo se ha encontrado con este pobre de mí, justo donde estoy, todos los días, y me ha llamado más cerca de él.
Dios nos habla todos los días
Bueno, si Dios quiere una relación con nosotros, ¡por supuesto que se comunicaría con nosotros! Cualquier buen terapeuta te diría lo mismo: las relaciones se construyen con comunicación.
Por obvio que parezca, me di cuenta de que esa comunicación ocurre, sobre todo, de la manera más frecuente, eficaz y poderosa en las Escrituras, en las lecturas diarias.
Más seguido de lo que me gustaría admitir, entraba a Misa para preparar mi corazón con devoción y olvidaba revisar las lecturas del día. Luego, cuando el lector comenzaba a proclamar la Palabra viva y eficaz de Dios, mi corazón quedaba atravesado.
Era como si Dios me hablara directamente —ya fuera en la primera lectura, el salmo, la segunda lectura de los domingos o el Evangelio. Sin importar lo que pensara de la homilía, tampoco. (¡Pero nuestros sacerdotes lo están haciendo muy bien!)
La oración diaria no es un talismán
Híjole, esta sí me pegó duro.
A mitad del mes, me sentía bien —cerca de Dios, más santo, en paz y quizá un poco más paciente. ¡Las cosas iban bien!
Luego cambió el viento y llegó la tormenta.
¿De qué se trataba esto? Dios, ¡estoy orando más que en mucho tiempo! ¡Estoy yendo a Misa todos los días! ¡Estoy haciendo esto, aquello y lo otro! ¿Por qué no está saliendo todo bien?
Entonces me cayó el veinte. Estaba tratando de “ganarme” la bondad y la gracia armando un impresionante currículum espiritual: rosario diario, Misa diaria, oración antes de las reuniones y en el auto, coronilla de la Divina Misericordia…
Pero la oración no es un talismán. Que hagamos una letanía de méritos no significa que nos hayamos ganado la dicha.
De hecho, Jesús nos promete exactamente lo contrario (cf. Juan 16, 33).
Fue difícil de aceptar, pero agradezco ese baño de realidad. Quizá me acerque más a Jesús en los próximos 31 días.
Dar el siguiente paso correcto
Ya sea que te encuentres en una situación parecida a la mía o seas mucho más santo que yo, te invito a considerar dar hoy el siguiente paso en tu camino espiritual.
“¡Pero estoy demasiado ocupado!”
“¡La Misa es aburrida!”
“¡No sé qué hacer ni qué decir!”
Te entiendo, de verdad. Pero vale la pena entrar en la incomodidad, en la molestia, e intentar descubrirlo con Dios.
Lo digo no como un santo levitante (te veo, padre Pío) ni como un pilar de oración serena (hola, santa Teresita), sino como un hombre que aún está tratando de descifrar esto de la vida cristiana. Mi halo todavía no se forma del todo, y me falta mucho por recorrer.
Pero, en apenas el día 32 de ir diariamente a Misa (hasta el momento de escribir esto), puedo decirte: hay paz, seguridad y alegría en los brazos del Padre. No será fácil. No siempre será agradable. Pero valdrá la pena.

