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lunes, enero 24, 2022
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El corazón eucarístico del pueblo hispano

Por Mons. Jorge H. Rodríguez, obispo auxiliar de Denver

El papa Benedicto XVI reconoció en su discurso inaugural del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) en Aparecida, Brasil, que los pueblos latinoamericanos forjaron una síntesis entre sus culturas y la fe cristiana, dando lugar a un profundo modo de vivir su fe en la que se ve el alma de los pueblos latinoamericanos. Y esto se puede tocar en su devoción al Cristo sufriente y en su “amor al Señor presente en la Eucaristía, el Dios encarnado, muerto y resucitado para ser Pan de vida” (13 de mayo del 2007).

El alma católica del pueblo latinoamericano se distingue por una vida eucarística que es celebrativa y festiva, centrada en el misterio pascual de Cristo Salvador. Como dice el Documento de Aparecida, “el corazón del alma católica latinoamericana es su piedad eucarística y mariana” (Cf. n. 99b).

 

TRADICIONES LATINOAMERICANAS 

Como pueblo hispano inmigrante, todos traemos algo de esa alma eucarística que aprendimos en nuestros países de origen y que quedó sellada en nuestra alma a través de tradiciones y devociones populares de grande fe y colorido: las visitas el Jueves Santo a los “Monumentos”, las visitas a  Jesús Sacramentado, las 40 Horas, la adoración nocturna, la adoración eucarística perpetua, las procesiones con el Santísimo y esas manifestaciones tan bellas de esta fe y devoción que son las procesiones de Corpus Christi que se tienen en muchas ciudades y pueblos en Latinoamérica.  Pensemos, por ejemplo, en esas hermosísimas alfombras de flores que elaboran en Antigua, Guatemala, para que pase la procesión del Santísimo sobre ellas. O en los tapices de aserrín de colores, flores, frutas, hojas  de pino y otros materiales que “pavimentan” las calles de San Bernardino Patzún (Chimaltenango, Guatemala), con arcos adornados con hoja de pacaya cada 10 o 20 metros para que pase la procesión con el Santísimo.

En la Ciudad de México, se trae a los niños con sus trajes indígenas en las procesiones de Corpus Christi. Y no pueden faltar las “mulitas” hechas con hoja de maíz o de barro que, a las afueras de las iglesias, recuerdan que ese animal, que suele ser muy terco, fue capaz de reconocer la presencia real de Cristo en la Eucaristía, según se atribuye a san Antonio de Padua.

Se cuenta que un hereje retó a san Antonio de Padua a que convirtiera a su mula, burlándose del santo. San Antonio aceptó el reto. Le dijo al hombre que dejara a su mula sin comer por tres días. Pasado ese tiempo, se encontraron de nuevo. “Pon paja de tu lado”, le dijo san Antonio al hereje. Después soltó a la mula, que, naturalmente, se dirigió a la paja. En ese momento san Antonio elevó la hostia consagrada, y de inmediato la mula corrió hacia él y dobló las rodillas ante la Eucaristía.

La fe eucarística fue traída a Latinoamérica desde España por medio de los misioneros. Pero esta semilla, al caer en tierra indígena de sensibilidad muy fina y emotiva, forjó la devoción y amor a la Eucaristía con los colores y tradiciones que caracterizan el alma católica del continente. El saber que Dios es capaz de abajarse a ellos para compartir sus penas y acompañarlos en su caminar por la historia les ganó el corazón. En una situación histórica de destrucción y despojo personal y cultural, la cercanía de Dios y su presencia real en medio de las vicisitudes de su pueblo encontró eco en el corazón de los pueblos americanos.

El Dios que se encarna, que abraza la pobreza, que sufre la injusticia en carne propia para salvarnos y que se queda permanente y realmente entre su pueblo, trae a los pueblos latinoamericanos la certeza de ser amados, el consuelo y la esperanza de ser ayudados por Él en sus tragedias y luchas, y la seguridad que da la presencia real de un Dios que se hace pan para alimentarlos en el camino. La Eucaristía les ofreció la convicción de que no están solos. Las procesiones eucarísticas les ayudaron a expresar esta fe de ser pueblo de Dios que camina por las calles de la vida y de un Dios vivo que camina con ellos.

 

LA FE DEL PUEBLO INMIGRANTE 

Al inmigrar quizá hemos tenido que dejar algunas de esas tradiciones y celebraciones de la presencia real de Cristo, como estábamos acostumbrados. Algunos de sus hijos nunca han tenido esta experiencia. La fe eucarística del pueblo hispano inmigrante necesita nutrirse del color y calor de esas tradiciones que han forjado a lo largo de siglos de fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Nuestro reto es no dejarlas caer. Necesitamos importarlas en la nueva realidad en que vivimos, y de este modo contribuir a la evangelización y crecimiento espiritual de la Iglesia católica en los Estados Unidos.

Puede ser que la fe eucarística de nuestro pueblo hispano no sea una fe doctrinal e ilustrada. Pocos hispanos podrían explicar qué significa que Cristo en la Eucaristía está “verdadera, real y  substancialmente” presente o hacer alguna referencia al Concilio de Trento. Pero es verdad que ellos saben en su corazón que Jesús está vivo, que está presente en el Santísimo Sacramento, que a Dios se le encuentra y visita en los tabernáculos de las iglesias, que ante la Eucaristía expuesta en la custodia uno habla directamente con Dios. Es importante formar la fe de nuestro pueblo hispano en la doctrina eucarística, pero es igualmente importante nutrir su fe viva con las tradiciones y devociones de nuestros pueblos, en la Iglesia en los Estados Unidos.

Hace algunos años organizamos una procesión de Corpus Christi por las calles de Denver. Fuimos de la Iglesia del Sagrado Corazón a la parroquia de la Anunciación. La comunidad hispana participó superando las expectativas que teníamos. Mientras llevaba al Santísimo en procesión, una mujer iba echando pétalos de rosas ante Jesús Sacramentado. No lo habíamos planeado. Fue algo que espontáneamente salió del corazón de esa mujer, algo que hemos visto en nuestros pueblos: echar flores ante el paso del Señor en la Santa Eucaristía, pétalos en honor de Jesús Eucaristía en las calles de Denver.

Este hecho me parece una buena imagen para expresar el alma eucarística latinoamericana: es Jesús quien pasa por nuestras calles y vidas, y nosotros queremos demostrarle nuestro amor ofreciéndole la belleza de nuestras flores, un detalle de afecto muy íntimo y personal. Porque la fe eucarística del pueblo hispano se expresa desde el corazón y con sentimiento. Pidamos a Dios que nos conserve esta fe cordial y que sepamos transmitirla a nuestros hijos.

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Obispo Jorge Rodríguez
Mons. Jorge H. Rodríguez sirve como obispo auxiliar en la arquidiócesis de Denver desde el 2016.
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