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Además de la paloma, ¿conoces los otros símbolos del Espíritu Santo en la Biblia?

Sin duda, lo primero que viene a la mente cuando pensamos en el Espíritu Santo es la imagen de la paloma. Y con toda razón: la Biblia nos dice que el Espíritu Santo bajó sobre Jesús “como una paloma” durante el bautismo en el Jordán (Mt 3,16). Pero esta no es la única manera en que la Biblia presenta al Espíritu Santo. Tal como lo explica el Catecismo (694-701), existen otros símbolos. Te los explicamos.

Agua

Existe entre el agua y el Espíritu Santo una relación evidente que se da en el bautismo. Así como el agua es un elemento esencial para el nacimiento de un bebé, el agua del bautismo “significa realmente que nuestro nacimiento a la vida divina se nos da en el Espíritu Santo” (CIC 694). San Pablo lo presenta como agua cuando dice: “…hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Co 12,13). Asimismo, se ha reconocido en otras menciones importantes del agua a la persona del Espíritu Santo, como en el agua que brota del costado de Cristo crucificado (Jn 19,34) o el “agua viva” que “salta hasta la vida eterna” de la que habla Jesús (Jn 4,10-14).

Unción

Otro símbolo del Espíritu Santo en la Biblia es la unción con el óleo o aceite. Ya desde el Antiguo Testamento vemos cómo ciertas personas y objetos recibían la unción con aceite para un determinado propósito divino o una misión. David recibe la unción con óleo al ser proclamado rey (1 Sam 16,13), Aarón y sus hijos también fueron ungidos como sacerdotes (Ex 40,12-15) y Eliseo como profeta (1 Re 19,16).

En el Nuevo Testamento el Espíritu Santo se vuelve sinónimo de la unción. Esta realidad se ve sobre todo en Jesús, que es el «cristo» (o “mesías” en hebreo), que significa “ungido”. Jesús lee en la sinagoga de Nazaret el pasaje del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido…” (Lc 4,18; Is 61,1). Desde el principio, la Iglesia ha utilizado el sagrado óleo para algunos sacramentos, a través del cual el Espíritu Santo sigue actuando de manera eficaz.

Fuego

El fuego representa otro aspecto de la acción del Espíritu Santo. Si en el agua se muestra “el nacimiento y la fecundidad de la vida” que el Espíritu brinda, “el fuego simboliza la energía transformadora” de sus actos. Encontramos la mención del fuego en la profecía de Juan Bautista: “[Cristo] los bautizará en el Espíritu Santo y el fuego” (Lc 3,16). Jesús también dice: “He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!” (Lc 12,49). El hecho más conocido es quizá el de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo se posa sobre los discípulos en forma de lenguas “como de fuego” (Hch 2,3-4).

Este símbolo del fuego divino ya se había manifestado en el Antiguo Testamento: “La gloria de Dios aparecía a la vista de los hijos de Israel como fuego devorador sobre la cumbre del monte” (Ex 24,17). Es en el Nuevo Testamento que el Dios trinitario se revela y, en esta revelación, el fuego se manifiesta como símbolo de la tercera persona de la Santísima Trinidad.

Nube y luz

Ya en el Antiguo Testamento la nube y la luz eran elementos que anunciaban la revelación de Dios. La nube, a veces oscura y a veces luminosa, marcaba su presencia: “Dios llamó a Moisés de en medio de la nube” (Ex 24,16); “Una vez entrado Moisés en la tienda, descendió la columna de nube… mientras Dios hablaba con Moisés” (Ex 33,9). Lo mismo sucede durante la dedicación del Templo: “Al salir los sacerdotes, la nube llenó la casa del Señor” (1 Re 8,10).

El Nuevo Testamento utiliza este lenguaje para describir cómo estas figuras del Antiguo Testamento “son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo”. Como una nube, el Espíritu Santo “desciende” sobre la Virgen María y la cubre “con su sombra” durante la encarnación (Lc 1,35). La nube se hace presente también durante la transfiguración y cubre a los tres apóstoles “con su sombra” (Lc 9, 34-35). De igual manera, una nube cubre a Jesús en la ascensión (Hch 1,9). De esta manera se describe la acción del Espíritu Santo.

Sello

El símbolo del sello está relacionado con la unción del Espíritu. Dice san Pablo: “[Dios] nos ha ungido y nos ha marcado con su propio sello al depositar en nosotros los primeros dones del Espíritu” (2 Cor 2, 21-22). De forma más explícita, dice en la carta a los efesios: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios; este es el sello con el que ustedes fueron marcados y por el que serán reconocidos en el día de la salvación” (Ef 4,30). El símbolo del sello implica un carácter permanente. Este es el tipo de efecto que tienen los sacramentos del bautismo, de la confirmación y del orden en la persona que los recibe. El sello recibido en estos sacramentos, o sea, el don del Espíritu Santo, no se puede borrar.

Mano

A través de la imposición de manos, Jesús cura a los enfermos (Mc 6,5) y bendice a los niños (Mc 10,16). Además, les dice a sus apóstoles que hagan lo mismo (Mc 16, 18). Pero, además de la curación, la imposición de manos se realizaba con distintos motivos, que caracterizaban la acción del Espíritu. No dice el libro de los Hechos: “Les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo” (Hch 8,17); “Les impusieron las manos y los enviaron. Enviados por el Espíritu Santo, Bernabé y Saulo bajaron al puerto” (Hch 13, 3-4).

De modo único, la imposición de manos era la manera en que se ordenaba a los presbíteros o sacerdotes. Dice san Pablo a Timoteo: “No descuides el don espiritual que recibiste de manos de profetas cuando el grupo de los presbíteros te impuso las manos” (1 Tim 4,14). Este tipo de imposición de manos es radicalmente distinto, ya que san Pablo le dice en el siguiente capítulo: “No impongas a nadie las manos a la ligera, pues te harías cómplice de los pecados de otro” (1 Tim 5,22). Claramente no se refiere a que no cure a los enfermos, sino que no ordene a nuevos presbíteros.

La imposición de manos aún se realiza durante la ordenación sacerdotal y en otras prácticas, como en la epíclesis, momento en el que el sacerdote impone las manos sobre las ofrendas del pan y el vino e invoca al Espíritu Santo.

Dedo

La mención del “dedo de Dios” aparece en el Antiguo Testamento bajo el contexto de la ley de los 10 mandamientos: “Cuando Dios terminó de hablar con Moisés en el monte Sinaí, le dio las dos tablas del testimonio, escritas por el dedo de Dios” (Ex 31,18). Tiempo después, Dios hace una promsa a través del profeta Jeremías: “Pondré mi ley en su interior, la escribiré en sus corazones” (Jer 31,33).

San Pablo identifica en el Espíritu Santo el cumplimiento de estas dos citas: “Ustedes son una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo, no en tablas de piedra, sin en tablas de carne, en los corazones” (2 Cor 3,3). El Espíritu Santo es el dedo de Dios que graba la ley de Dios en nuestros corazones y nos impulsa a seguirla.

Además, este dedo de Dios es un símbolo del poder del Espíritu Santo que actúa en el ministerio de Cristo: “Por el dedo de Dios expulso yo los demonios” (Lc 11,20).

Paloma

El símbolo de la paloma está relacionado al símbolo del agua. El libro del Génesis dice que desde el principio “el Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas” (Gen 1,2). Después del diluvio, es una paloma la que vuelve a Noé con una rama de olivo (Gen 8,8-12). Asimismo, el Espíritu Santo, en forma de paloma, baja y se posa sobre Jesús después del bautismo en el Jordán (Mt 3,16). Aquí vemos que desde el principio la acción que el Espíritu Santo realizaría a través del bautismo ya se había prefigurado en el Antiguo Testamento a través del agua y la paloma.

Vladimir Mauricio-Pérez
Vladimir Mauricio-Pérez
Vladimir Mauricio-Pérez fue el editor de El Pueblo Católico y el gerente de comunicaciones y medios de habla hispana de la arquidiócesis de Denver.
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