Diciembre, en camino con María

Obispo Jorge Rodríguez

Todos sabemos que mayo es el mes de María. Pero litúrgicamente, yo diría que diciembre es el mes de María. Todo el camino del Adviento incorpora a la joven de Nazaret que está esperando un niño. El 8 de diciembre con la Inmaculada Concepción. El 12, la Virgen de Guadalupe con su novenario y tradiciones, ocupa el corazón de los hispanos en los Estados Unidos y en América. La Navidad se centra en el Salvador nacido de María Virgen. En otras palabras: Diciembre es un mes para caminar con María.

Durante el tiempo del Adviento revivimos en la zozobra, la incertidumbre y el gozo anticipado de esa joven a punto de dar a luz. Al unísono con el corazón de María, también nosotros esperamos con zozobra, incertidumbre y gozo, la venida de Cristo al final de los tiempos. ¡Qué misterio más profundo e inédito el del corazón de una doncella que está esperando su primer hijo! ¡qué sueños, qué temores, qué ilusión y alegría! Así debe de ser nuestro Adviento, una espera alegre porque el Señor viene a salvarnos.

La Inmaculada Concepción nos permite otro acercamiento al corazón de esta mujer: su pureza. Ese corazón no experimentó otra cosa que sentimientos limpios, miradas puras, pensamientos inocentes y virtuosos. ¡Qué belleza la de un corazón que nunca supo lo que es la malicia humana o la crueldad! María es el reflejo de lo que tu corazón anhela, y para lo que fue hecho: para ser un corazón bueno, limpio y lleno de amor.

La solemnidad de la Virgen de Guadalupe nos ofrece otra pincelada del corazón de María: la ternura materna.  La presencia de María en el Tepeyac, su tez y vestido, sus palabras y su mensaje reflejan un corazón lleno de ese amor que siente por sus hijos, especialmente por los más vulnerables y pobres. Esta otra fibra del corazón de María nos invita, como sus hijos, a sentir esas mismas entrañas de ternura por nuestros hermanos más necesitados, enfermos, pobres o desposeídos.

Quizá la fibra más dulce y el color más bello del corazón de la joven madre de Nazaret nos la ofrece la Navidad. Aquí su corazón se describe con una sola palabra: madre. Te reto a que trates de definir o describir el corazón de tu mamá. Todo eso que quieres decir y no logras expresar, es a lo que me refiero en el corazón de María, la madre de Jesús. Descubrimos en ese corazón una grande dulzura por su hijo, increíble capacidad de sacrificio, santo orgullo porque su recién nacido está muy guapo y gran fortaleza para protegerlo.

Por ello, te doy cuatro consejos para vivir diciembre de la mano de María:

Vive tus cuatro semanas del Adviento como un camino de conversión hacia el encuentro con Cristo, de la mano de María, sintiendo con ella la incertidumbre y la alegría anticipada del Salvador que viene.

Vive la solemnidad de la Inmaculada Concepción haciendo una buena confesión para que tengas un corazón limpio como el de la Virgen María.

Canta “las mañanitas” a la Virgen y asiste a la misa con un corazón de hijo, como el de su madre, abierto a sus hermanos más pobres y necesitados. Alivia la situación de un pobre en este día.

Celebra la Navidad con los ojos fijos en Jesús, como los de María que no los podía quitar del rostro de su hijo recién nacido. ¡Navidad es Jesús!

El corazón virginal, limpio e inmaculado de María; el corazón sorprendido y lleno de esperanza y gozo de la doncella que está a punto de dar a luz; el corazón tierno y compasivo de la Madrecita del Tepeyac, y ese corazón que solo tiene ojos para Dios en Belén, es nuestra receta para un diciembre lleno de Dios a través del corazón de María.

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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