En Cuaresma vayamos a lo esencial

Arzobispo Samuel J. Aquila

Cuando comenzamos la Cuaresma el pasado Miércoles de Ceniza, el Señor nos dijo: “Volved a mí de todo corazón, con ayuno, con llantos, con lamentos. Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved a Yahveh vuestro Dios” (Joel 2: 12- 13).
Durante la Cuaresma nos esforzamos por unirnos a la experiencia de Jesús de vencer la tentación de Jesús en el desierto y de seguir la voluntad del Padre, para que podamos experimentar plenamente la alegría de la victoria en la Pascua. Las Escrituras y los Padres de la Iglesia recomiendan constantemente tres formas de penitencia que nos ayudan en este itinerario: oración, ayuno y limosna.

Pero antes que “rasgar nuestras vestiduras” debemos “rasgar nuestros corazones”. En la tradición judía, la gente se rasgaba las vestiduras – conocido también como keriah – cuando fallecía algún pariente cercano. Hoy, algunos judíos específicamente rasgan sus vestiduras sobre sus corazones cuando la persona que muere es uno de sus padres. Las Escrituras mencionan esta expresión en varias ocasiones, incluyendo a Jacob cuando le llega la noticia su hijo menor José muere (supuestamente) o el Rey David, quien se rasga las vestiduras cuando se entera de que Saúl ha fallecido.

Pero más importante que esta expresión externa de dolor está el regresar a Dios con todo nuestro corazón, arrancando de este todos nuestros apegos y deseos malsanos. En su reciente mensaje de Cuaresma el Papa Francisco ofrece algunas ideas sobre la manera como las personas pueden tener apegos desordenados hoy, los cuales se ven reflejados en el pasaje del evangelio de San Mateo, en el que Jesús advierte: “Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriará”. (Mt. 24, 12).

El Santo Padre hace eco a la advertencia de Jesús de que habrá muchos falsos profetas que llevan a la gente por mal camino. Una clase de falsos profetas, que él llama “encantadores de serpientes”, son aquellos que “se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas… (hacia) un placer momentáneo”, como lo son los sueños de bienestar o la creencia de ser autosuficientes y que no necesitan la ayuda de los demás.

El Papa Francisco también nos alerta de los “charlatanes”, personas que ofrecen “soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles”. Sus trampas incluyen drogas, relaciones desechables y la tentación de dejarse cautivar por “una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido”.

Pero a pesar de estas trampas que pone el demonio y sus falsos profetas, Dios el Padre declara, a través del profeta Joel que Él es “clemente y compasivo, tardo a la cólera, rico en amor, y se ablanda ante la desgracia” (Joel 2: 13) La misericordia de Dios y su amor por nosotros puede transformar nuestros corazones, si estamos dispuestos a abrirlos a Él y ahondar en esta relación, especialmente a través de las prácticas cuaresmales como la oración, el ayuno y la limosna. Cuando esto viene con la oración, buscando tener una relación más estrecha con Dios, quiere decir que va más allá de nuestra primera inclinación, que es muchas veces la de enfocar la oración en nosotros mismos e incluso hacer alarde de nuestros logros. Debemos pedirle al Señor que, en cambio, nos ayude a conocerlo mejor, a experimentar una gran intimidad con cada persona de la trinidad. La gran doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Ávila llama la “oración mental”.  “A mi parecer”, dijo ella  “(la oración mental) es estar muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”.

Si oramos de esta manera, nuestro ayuno y limosna fluirán naturalmente como actos de amor a Cristo en los demás, y serán más que un grupo de tareas o de requerimientos cuaresmales para cumplir. Así nuestros corazones serán rasgados y no solo nuestras vestiduras.

El ayuno es otra forma de estar más cerca de Dios. San Agustín observó esto cuando escribió: “El ayuno purifica el alma, eleva los sentidos, sujeta la carne al espíritu. Hace un corazón contrito y humilde y extingue el ardor de las pasiones”. Al negar nuestros apetitos y renunciar a nuestras distracciones, podemos escuchar más claramente la voz de Dios y ponernos a su servicio.

La limosna, la tercera práctica de Cuaresma nos hace conformar más nuestros corazones con el Sagrado Corazón de Jesús. El Papa Francisco lo señala en su mensaje de Cuaresma que la limosna: “nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío”.

Este enfoque, centrado en el otro, nos ayudará a acercarnos al corazón de Cristo, particularmente si seguimos el consejo de la Madre Teresa “No se trata de cuánto damos sino de cuánto amor ponemos en lo quedamos”.

Recordemos que Dios desea acercarse a cada uno de nosotros si buscamos rasgar nuestros corazones en esta Cuaresma en la que nos preparamos para la resurrección de Jesús en Pascua. Él está esperando que lo busquemos para que pueda derramar su misericordia, amor y bondad sobre nosotros.

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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