88.8 F
Denver
martes, junio 28, 2022
InicioPaís y MundoEn la Pascua Cristo nos da la vida

En la Pascua Cristo nos da la vida

Padre Héctor Chiapa-Villarreal

El poeta medieval Jorge Manrique diría: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir”. La realidad de la muerte nos confronta a cada paso de nuestra jornada por este mundo de tal manera que hay monjes que se repiten a diario: “Memento mori” (“Recuerda que has de morir”) e incluso Nuestro Señor Jesucristo, habiéndose hecho semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, hubo de morir porque “Él se hizo obediente incluso hasta la muerte y muerte de cruz”. (Flp 2, 8)

¿Pero es acaso la muerte el fin de nuestra historia? ¡Definitivamente no! – porque “si Cristo no resucitó entonces nuestra fe es vana y vacía”. (1 Cor 15,14) Jesucristo murió, pero para resucitar al tercer día y en su resurrección vemos la promesa de nuestra resurrección. Es por eso que cada domingo en el Credo proclamamos nuestra fe diciendo: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro”.

Y sin embargo, el arpón de la muerte no ha perdido su agudeza y la muerte nos duele. ¿Podría ser que incluso más que la muerte propia, nos duele aún más aquella de los que amamos, porque al dolor del deceso se une el dolor de la ausencia? El ser cristiano no nos exime del sufrimiento de la muerte, sino que le da un significado nuevo y profundo.

En la pobreza de nuestra humanidad tenemos que confrontar esta realidad con honestidad y humildad, sin rehuir el dolor, sino asumiéndolo e implorando la presencia del Señor Jesucristo diciéndole: “Quédate con nosotros que la oscuridad de la noche hace más dolorosa la ausencia de la muerte”.

 

Muerte para la vida

Hace ya más de un año murió mi abuelita Sarita, días antes de cumplir cien años. Hace prácticamente seis meses murió Héctor, mi papá, después de ocho horas de cirugía de corazón abierto. Hace apenas unos días me he enterado de que un amigo querido ha sido desahuciado y ha de morir antes del verano. Desde lo hondo del corazón surge la pregunta: “¿Por qué, Señor, el morir? ¿Por qué mueren aquéllos a quienes quiero tanto?” Y en el silencio mismo del corazón el Señor Jesús parece decir: ‘Porque te amo, porque amo a mis hijos, porque los quiero tanto que no quiero que pasen tanto tiempo en este valle de lágrimas”.

San Agustín diría que si Dios permite los males es simplemente porque Él tiene el poder de traer bienes más grandes a partir de ellos. Así, del mal enorme que es la muerte viene el don excelso de la vida eterna porque “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. (1 Tim 2,4) Si Dios Padre permite nuestra muerte es para que podamos tener vida que no ha de terminar jamás. Es por eso que el Buen Jesús nos dice: “Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia”. (Jn 10,10) Y, de hecho, la Pascua de Jesucristo, es decir, su muerte y su Resurrección traen la vida al mundo de nuestros corazones y nos infunde la semilla de la inmortalidad, la promesa de la vida eterna.

No es coincidencia que este santo tiempo de Pascua esté centrado en la celebración de la resurrección de Jesucristo y en la Eucaristía; es a través del santo sacramento del altar  donde y cuando el Divino Hortelano que se apareció a María Magdalena el primer día de la semana siembra Él mismo en nosotros, en el campo de nuestro corazón, la semilla de la inmortalidad y así desde tiempos antiguos este sacramento es llamado ‘pignus vitae aeternae’ (prenda de vida eterna). Recordemos las palabras del Señor que nos dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. (Jn 6,54)

En tiempos antiguos e incluso ahora en la Iglesia Oriental, el Bautismo está unido a la Eucaristía: el infante que es bautizado recibe también una gota de la Sangre Preciosa de Cristo. Un hombre santo y confesor de la fe, padre de Tertuliano, pasaba horas enteras contemplando a su hijo recién nacido y cuando le preguntaban por qué lo hacía: él simplemente decía: “contemplo a Dios que habita en mi hijo”. Al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos hacemos sagrarios vivos y el Espíritu Santo habita en nuestro ser como en su templo y la vida Divina brilla en nosotros como prenda de inmortalidad.

Sin saber que entraba ya en su última agonía, celebré Misa a las 7:45 a.m. por mi abuelita Sarita el día de su muerte. La Misa terminó alrededor de las 8:20 a.m. y ella murió antes de las 9:00 de la mañana. La gracia de la Eucaristía le bendijo con una buena muerte.

La noche anterior a su operación, Héctor, mi papá recibió la Sagrada Comunión y, sin saberlo, fue el viático que lo acompañó a la vida eterna.

Mi amigo desahuciado es sacerdote y aun cuando no sabemos cuándo será el momento de su muerte, esperamos en fe que la Eucaristía será su consuelo y fortaleza, y que Jesucristo será su compañero de camino, el Buen Pastor que lo ha de guiar por cañadas oscuras hasta el valle de la vida verdadera.

Que este santo tiempo de Pascua sea para cada uno de nosotros un tiempo para suplicar y recibir el don de una fe cada vez más profunda en Jesucristo y en la Eucaristía, sabiendo que Él está real y verdaderamente presente en el Sacramento del Altar y que al recibirle en la Sagrada Comunión, recibimos su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad. ¿Qué más podemos necesitar? ¿Qué más podemos desear en esta vida? “Si Dios está con nosotros, quién podrá estar contra nosotros?” (Rom 8,31) “¿Dónde está muerte tu victoria? ¿Dónde esta muerte tu aguijón?” (1 Cor 15,55)

Digámosle a Jesucristo desde el fondo de nuestro corazón: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído que Tú eres el Hijo de Dios”. (Jn 6,68) Quedémonos en su compañía todos los días de nuestra vida para poder estar con El los días interminables del Cielo donde hemos de volver a ver a aquellos a quienes tanto amamos en este mundo y, más aún, le hemos de ver a Él frente a frente, y, como Él mismo nos lo ha prometido, “en ese día no me han de preguntar nada” (Jn 16,23) porque en su rostro transfigurado de amor leeremos la razón de nuestra vida y nuestra muerte, la razón de nuestra inmortalidad.

  • Párroco de Saint Therese en Aurora.
Artículos relacionados

Artículos populares