Fe: El antídoto para la desesperación

Arzobispo Samuel J. Aquila

“Las aguas han subido y las tormentas severas están sobre nosotros”, predicó una vez San Juan Crisóstomo, “pero no tengamos miedo de ahogarnos pues estamos firmes y sobre roca.  Deja que el mar se enfurezca, pues no puede romper la roca. Deja que las olas suban, porque estas no pueden hundir la barca de Jesús”. Muchos de nosotros necesitamos escuchar estas palabras en tiempos de prueba, cuando nos sentimos destrozados por los pecados cometidos contra niños y adolescentes inocentes y nos confrontamos con la tentación de la desesperación.

En la página web denominada “Promesa”, en mi más reciente columna y en muchos otros escritos me he centrado en lo que la Iglesia en el norte de Colorado sigue haciendo para prevenir el abuso de menores en la arquidiócesis. Ese trabajo es esencial y debe continuar llevándose a cabo con una vigilancia constante. Pero hay otro esfuerzo que es importante que la Iglesia tenga en cuenta en estos tiempos turbulentos. Debemos recordar y vivir la verdad de que “la barca de Jesús” no puede hundirse, incluso cuando pareciera que está en peligro.

Ciertamente, la fiesta de la Exaltación de la Cruz, la cual celebramos el 14 de septiembre, Yo diría: nos enseña cómo sobrellevar las dificultades con fe. Mientras Él enfrentó la prospectiva de su muerte en el huerto de Getsemaní, Jesús dijo: “Padre, si quieres aparta de mí esta copa. Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”. (Lc. 22, 42). Y sabemos que pocos minutos después, Jesús, confiando en el Padre, se permitió a sí mismo ser traicionado por Judas y ser eventualmente crucificado. La naturaleza humana tiende a retroceder ante el sufrimiento, pero iluminada por la gracia de Dios, puede fortalecer y hacer más profunda nuestra fe cuando se elige este camino por amor.

También pienso en el momento en que Jesús les dijo a los discípulos que cruzaran el lago y fueron vencidos por una tormenta que hizo que las olas fueran tan altas que llenaron la barca de agua, poniendo en peligro a todos los que estaban a la deriva. Los discípulos, “acercándose le despertaron. ‘Maestro, Mestro ¡nos hundimos!’. Él, habiéndose despertado increpó al viento y al oleaje que amainaron y sobrevino la bonanza. Entonces Él les dijo: ´¿Dónde está vuestra fe?´. (Lc. 8, 24 – 25).

En tiempos como este Jesús nos llama a pedir el don de una fe más profunda, a no desesperarnos. Esta no es una enseñanza fácil de Cristo, pero es esencial. Durante la tormenta, Jesús no invoca la fortaleza de la construcción de la barca o la cercanía de la orilla para mantener seguros a sus discípulos. No. Él les señala la fe, su poder salvador en lugar mostrarles un lugar donde puedan encontrar su seguridad. De manera similar, nuestra fe es verdadera, no por la fortaleza de las instituciones, los miembros de la jerarquía, los sacerdotes o laicos. Nuestra fe es en Jesucristo y en el poder salvador de su cruz. ¡Él es la piedra angular!

Y reflexionando en la cruz, San Andrés de Creta comenzó diciendo: “Quien posee la cruz posee un tesoro. Y al decir tesoro, quiero significar el más excelente de todos los bienes, en el cual, por el cual y para el cual culmina nuestra salvación y se nos restituye a nuestro estado de justicia original”.

La Iglesia está pasando por un período de intensa purificación y durante estos tiempos difíciles es importante que pongamos nuestra esperanza en el lugar correcto. En Jesucristo y en su eterno sacrificio por nosotros. “La cruz”, en palabras de San Andrés de Creta “Preciosa, porque la cruz significa a la vez el sufrimiento y el trofeo del mismo Dios: el sufrimiento, porque en ella sufrió una muerte voluntaria; y el trofeo, porque en ella quedó herido de muerte el demonio y, con él, fue vencida la muerte. En la cruz fueron demolidas las puertas de la región de los muertos, y la cruz se convirtió en sal­vación universal para todo el mundo”.

Solo Jesús puede curar las heridas de las personas sexualmente abusadas. Solo Jesús puede llevar a la Iglesia a lo que debe ser y solo Jesús puede hacer que, tanto los clérigos como los laicos sean santos. Para recibir el don de su amor, misericordia y sanación, debemos poner nuestra completa confianza en Él, en su poder y autoridad como Dios. El desea solo nuestro bien; Él es nuestro Señor y Dios, nuestro Salvador y nuestro amigo. Que el Espíritu Santo nos conceda a cada uno de nosotros una mayor fe en estos tiempos. Una fe que reconozca la roca en la que estamos de pie ¡Jesucristo! ¡Amén!

 

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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