La cultura del descarte

Obispo Jorge Rodríguez

Durante la Convocatoria de Líderes Católicos en Orlando – Florida, que se llevó a cabo del 1 al 4 de julio pasados tuve la oportunidad de introducir el taller sobre la “Cultura del Descarte”: término que en varias ocasiones ha utilizado el Papa Francisco y sobre el cual quiero dedicar unas líneas en esta columna.

El pasado junio, en una reunión durante la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, pude escuchar la historia de un joven: venía de una familia desintegrada, había vivido en la calle, había tenido problemas de drogas, había estado una y otra vez en la cárcel. “Yo era para la sociedad un deshecho, algo para descartar”, dijo en un momento. Un ser humano a quien la sociedad ha usado, destruido y tirado.

En un pasado no muy lejano, las cosas eran reparadas para seguir usándolas, y si las tirabas, era porque ya estaban totalmente desgastadas e inservibles. Hoy, en cambio, no lo pensamos dos veces: “si se echó a perder, si no funciona, tíralo”. Esta mentalidad trae muchas ventajas al mundo económico. Nosotros tiramos y compramos cosas nuevas. Esto significa dinero, gasto, venta y producción. Pero también significa desperdicio, inútil destrucción de recursos y un estilo de vida egoísta. Pero cuando aplicamos esta mentalidad a los seres humanos, los efectos son devastadores. En palabras del Papa Francisco: “La vida humana es sagrada e inviolable. Todo derecho civil se basa en el reconocimiento del primer y fundamental derecho, el de la vida, que no está subordinado a alguna condición, ni cualitativa ni económica, ni mucho menos ideológica… hoy tenemos que decir ‘no’ a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata… Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del “descarte” que, además, se promueve. Y así se descarta también la vida” (Discurso al Movimiento Italiano por la Vida, 11 de abril de 2014).

Durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, en una audiencia dedicada a las personas excluidas socialmente en noviembre de 2016, el Papa Francisco hizo notar que es muy desafortunado que cada vez nos estemos acostumbrando más a este rechazo.  Esto significa que se está convirtiendo en una “cultura”, en el sentido en que el Diccionario Webster la define: “Las características de la vida de todos los días compartidas por un pueblo en un dado lugar o tiempo”. En otras palabras, la mentalidad del descarte se está convirtiendo en un modo de vida a nivel mundial; algo verdaderamente siniestro, peligroso y amenazante.

 

La condición necesaria de una cultura del descarte consiste es privar de todo valor aquello que descartamos en base a tres leyes o principios:

En primer lugar, la ley de la productividad: Merece existir y vivir aquello que produce bienes materiales para el disfrute de la humanidad. Aquello (sea una persona o una cosa) que no produce, no tiene ninguna razón para ocupar un espacio entre nosotros.

Está también la ley del costo – beneficio: Aquello que no es productivo o implica un alto costo no es negocio. Una persona o una cosa que entra en esta categoría debe ser descartada. Debemos invertir en aquello que sea más rentable y que nos dé una mayor ventaja.

La tercera ley es la de “la oferta y la demanda”: Necesitamos de algo o alguien en tanto en cuanto nos ayude a mantener los precios, de lo contrario, conviene detener la producción.

Cuando aplicamos estas leyes a los seres humanos, la persona humana es usada, descartada y, eventualmente, eliminada. Estamos hablando de los niños no nacidos, los ancianos, los enfermos, los enfermos terminales, las personas con discapacidad, etc.

El Papa nos invita a luchar por detener este proceso y a cambiar de ruta. Al constatar que el hombre está “descartando” no solo cosas, sino personas concretas que comparten este planeta con nosotros, nuestra tarea es urgente e inaplazable: se trata de salvar vidas, de hacer brillar el gozo en muchos rostros humanos y restaurar su dignidad humana.

Continuando la historia con la que comencé esta columna, la del joven descartado por la sociedad, su dignidad fue recuperada gracias a una organización solidaria que le tendió la mano. La sociedad estaba muy equivocada: tratándose de seres humanos no hay descarte. Las razones financieras de la productividad o los costos no pueden prevalecer sobre el valor de la persona y de la vida humana.

También en los tiempos de Jesús había una cultura del descarte: seres humanos excluidos, considerados intocables, condenados, rechazados: los leprosos, los intocables que vivían en las periferias de la ciudad, los cobradores de impuestos que eran considerados una fuente de impureza, la mujer adúltera que había perdido su derecho a vivir; las viudas y los niños abandonados, los pobres y los mendigos que vagaban por la ciudad. Jesús lo amo a todos y les devolvió la dignidad. Para Jesús no existían personas “descartables” o ”desechables”. En Jesús no tenía cabida una “cultura del descarte”.

Como discípulos de Jesús nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a valorar a las personas por su dignidad de hijos de Dios, conscientes de que luchamos al interno de una cultura del descarte en la que, como dice Daniel M. Bell, las personas se toman como productos en sí mismos, cuerpos para ser explotados, consumidos, y luego descartados.

 

 

 

 

Próximamente: Un estudio de Harvard revela los múltiples beneficios de llevar a los niños a la iglesia

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Un estudio de Harvard revela los múltiples beneficios de llevar a los niños a la iglesia

Una educación religiosa se relaciona directamente con un desarrollo positivo en los años de juventud adulta.

Escritor Invitado

Por: Cerith Gardiner | Aleteia

Criar a nuestros hijos con fe les da, obviamente, muchos beneficios espirituales, pero un estudio reciente de Harvard ha mostrado que los niños con una educación religiosa reciben también beneficios físicos y mentales, en especial en su juventud adulta.

Llevan un estilo de vida más saludable

El estudio, publicado en 2018 por la Escuela de Salud Pública de Harvard, encontró que los niños que asistían a misa semanalmente o que tenían una activa vida de oración eran más positivos y tenían una mayor satisfacción vital cuando llegaban a la veintena. Estos jóvenes adultos tenían tendencia a escoger un estilo de vida más saludable, evitando las bebidas, el tabaco, el consumo de drogas y la promiscuidad sexual.

Utilizando una muestra de 5.000 niños durante un periodo de 8 a 14 años, el estudio reveló unos descubrimientos sorprendentes: al menos el 18 % de los que asistían a misa con regularidad informaron de niveles más altos de felicidad a partir de los 20 años que sus pares no religiosos. Y lo que es más importante, de esa misma muestra, el 29 % tendía a unirse a causas en beneficio de la comunidad y el 33 % se mantuvo alejado de drogas ilegales.

Una de las autoras del estudio, Ying Chen, se refirió a los descubrimientos en una rueda de prensa diciendo: “Muchos niños reciben una educación religiosa y nuestro estudio muestra que esto puede tener consecuencias significativas sobre sus comportamientos relacionados con la salud, su salud mental y su felicidad y bienestar generales”.

Les aporta fortalezas

No se trata del primer estudio que demuestra las ventajas de una educación religiosa. Emilie Kao, directora del Centro DeVos para la Religión y la Sociedad Civil de la Fundación Heritage, comparte en la web Stream.org que “las creencias religiosas dan a las personas fortalezas espirituales que conducen a hábitos saludables y construyen sus redes sociales y les dan la capacidad de superar obstáculos en la vida”.

Estos resultados son especialmente alentadores en un tiempo en que el número de asistentes regulares a misa parece estar en declive. El estudio podría servir como motivador para los padres que tienen dificultades para que sus hijos reticentes vayan a la iglesia, sobre todo durante los años de adolescencia.