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miércoles, abril 17, 2024
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Siete últimas palabras de Cristo: Una invitación desde la cruz

Por el Dr. R. Jared Staudt, director de contenido de Exodus 90

Durante el tiempo austero de la Cuaresma, mantenemos la mirada fija en Cristo crucificado. La atención no se centra en el “no” de la penitencia, sino en el “sí” del amor que nace del sacrificio. Jesús lo modela para nosotros e incluso nos invita a ello, especialmente desde la cruz, que es su trono. Nos invita a entrar en su reino a través del perdón, la humildad, la confianza y el amor. Mientras nos habla desde la cruz, el momento central de la historia de la humanidad, y mira hacia el abismo de nuestro pecado y sufrimiento, nos llama a participar en su propio sacrificio a través de sus siete últimas palabras. Es mediante nuestra respuesta que salimos de la miseria para reinar con Cristo y morimos a nosotros mismos para participar en la gloria de su resurrección.

Las siete últimas palabras de Cristo constituyen una de las más grandes meditaciones cuaresmales, y muchos santos nos han enseñado su profundidad. Las breves meditaciones a continuación tienen el propósito de ayudarnos a reflexionar de manera más profunda, aunque invito al lector a leer las meditaciones del venerable Fulton Sheen, o bien, a escuchar la fascinante adaptación musical de Haydn.

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” Lc. 23,34

Estas palabras podrían expresar la totalidad de la acción salvífica de Jesús. Todos lo hemos crucificado por nuestros pecados; sin embargo, él ruega por nosotros y ofrece su vida por nuestro perdón. Su vida misma es salvación, una misión de amor y rescate en la que se deja rechazar por los suyos para sacarlos de la esclavitud. Tras experimentar su misericordia, llama a sus discípulos a mostrarla a los demás. En la última cena, les dice: “Que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes, […] que se amen los unos a los otros; como yo los he amado, que también se amen los unos a los otros” (Jn 13,15.34). Amar y rezar por los enemigos es una prueba de nuestro amor y manifiesta el amor de Dios a los demás.

“Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” Lc. 23,43

Jesús no solo ofrece el perdón a través de su obra redentora, sino que nos introduce en una nueva creación, nacida “no de sangre, ni por ley de la carne, ni por voluntad de hombre, sino de Dios” (Jn 1,13). Con el don de su vida, ha creado un paraíso eterno, regado por la sangre que mana de su costado. Es un “hoy” eterno en la propia vida eterna de Dios. Todos estamos en el lugar del ladrón, y Jesús nos habla personalmente desde la cruz y nos llama a este hoy eterno con él.

“Mujer, ahí tienes a tu hijo. […] ¡Ahí tienes a tu madre!” Jn. 19, 26-27

En la cruz, Jesús ofrece todo lo que tiene y todo lo que es. Nosotros estamos incluidos en esa ofrenda y somos presentados al Padre en Cristo. Al ser incorporados a su cuerpo místico, también recibimos todo lo que Jesús tiene. Nos da su carne y su sangre como alimento espiritual. Nos da su propio Espíritu divino para que habite en nosotros como templo y nos conduzca al Padre en la oración. También nos da a su madre como nuestra propia madre, ya que somos miembros del cuerpo al que ha dado a luz, pidiéndonos que la acojamos en nuestra casa como Juan, el discípulo amado. En este acto de amor, nos da a conocer que no retiene nada, y su entrega de todo es también un don y una invitación para nosotros.

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Mt. 27,46; Mc. 15,34

En Gálatas 3,13, san Pablo cita Deuteronomio 21,23: “Maldito el que cuelga de un árbol”, señalando que Jesús asumió la maldición que nos pertenece por derecho. Jesús se ve abandonado por el Padre en el sentido de que ha seguido la voluntad del Padre al ser entregado a los pecadores. Ha sido abandonado a la muerte, incluso cuando asume voluntariamente todo el pecado y el sufrimiento de la humanidad caída. Carga con ese peso y se ofrece como víctima sacrificial, como cordero pascual, para que nosotros seamos librados de la muerte eterna.

En realidad, nunca ha estado más cerca del Padre como en este momento. Aunque toda su vida fue un acto de obediencia perfecta, ahora ofrece su vida por completo, hasta la última gota de sangre, en obediencia y amor completos y perfectos. Del mismo modo, llama a sus discípulos a tomar sus propias cruces y a morir a sí mismos, uniendo sus propios sufrimientos a su entrega en la cruz.

“Tengo sed” Jn. 19,28

Jesús revela su sed en medio de su entrega. Dijo a sus discípulos en la última cena: “No volveré a beber de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba de nuevo con ustedes en el reino de mi Padre” (Mt 26,29). Tiene sed de compartir esta bebida con nosotros, de este nuevo cáliz de salvación que brota de su propio costado. Tiene sed de que nos unamos a él para recibir su don, de que deseemos este don más que cualquier otra cosa. Esta puede ser la invitación más fuerte que hace desde la cruz, con la que nos llama al vino nuevo de su sangre que nos ofrece en su hora y que nos transformará (véase Juan 2).

“Todo está cumplido” Jn. 19,30

En latín, esta frase (consummatum est) posee un significado profundo. Se refiere al pago total de la deuda, al cumplimiento de la antigua alianza, a la culminación del sacrificio, a la entrega completa de sí mismo a la esposa, que es la Iglesia. A cambio, Jesús pide la aceptación completa de este don. Quiere a cambio toda nuestra vida, no solo parte de nuestros pensamientos, afectos, tiempo y trabajo. Nos invita a responderle: “Te lo he dado todo, toda mi vida”, para que podamos decirle al final de nuestra vida: “Todo está consumado”.

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” Lc. 23,46

¿Por qué hay otra palabra después del final? Jesús nos muestra que el propósito de su sacrificio, y de la vida humana en general, es el Padre. Él es la meta de la salvación. Jesús le ha entregado todo, incluidos todos nosotros. Él nos llevará al Padre al reconciliarnos con él y darnos la adopción como hijos en él, el Hijo. Jesús dijo que todo lo que él mismo hacía le había sido dado por el Padre. En esta última palabra en el momento de su muerte, nos lo muestra una vez más: todo es del Padre y para el Padre. Esta es la meta de su misión y su invitación última para nosotros: ven conmigo al Padre, participa conmigo de la vida del Padre, goza para siempre del amor del Padre.

Este artículo se publicó en la edición de la revista de El Pueblo Católico titulada «Resurección tras el perdón». Lee todos los artículos o la edición digital de la revista AQUÍ. Para suscribirte a la revista, haz clic AQUÍ.

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