Aprendizaje de una ordenación en una catedral casi vacía

Hace unos meses, la idea de una graduación virtual o una misa pública de cupo limitado habría sido ajena a los estudiantes de preparatoria y feligreses. Del mismo modo, la arquidiócesis nunca en su historia había celebrado una misa de ordenación sacerdotal con restricciones en el número de asistentes. Pero si vemos en la dirección correcta, estos desafíos pueden profundizar nuestra fe y fortalecer nuestra esperanza.

Si uno lee las diversas directivas y guías emitidas sobre el coronavirus, es fácil confundirse con el diluvio de información, algunas incluso contradictorias. Lo que sabemos sobre este virus parece cambiar cada día, algo que aumenta aún más la confusión.

Sin embargo, para los creyentes en Cristo hemos recibido el don de la Palabra de Vida, Jesucristo. Y es a él a quien debemos mirar mientras las olas de confusión giran a nuestro alrededor.

Justo después de predecir la traición de Pedro, a quien Jesús llamó la roca sobre la cual construiría la Iglesia, Jesús les dice a los discípulos: “No se turbe vuestro corazón. Cree en Dios, Creéis en Dios: creed también en mí” (Jn 14, 1). Sí, Jesús es el fundamento seguro en el que podemos confiar, incluso cuando el miedo y la confusión dominan a tantos.

He visto esta confianza cristiana en los cinco jóvenes que fueron ordenados el fin de semana pasado y en muchos otros. Cuando se le preguntó al padre Chris Considine qué pensaba acerca de ser ordenado en una catedral casi vacía, respondió: “Tal como lo veo, voy a ser sacerdote para siempre… Todo lo demás es solo el glaseado del pastel y realmente no me molesta tanto”.

El padre Juan Manuel Madrid, cuya familia en Chile no pudo estar presente en su ordenación debido a las restricciones de viaje del coronavirus, también expresó su confianza en Dios al reflexionar sobre sus 11 años de formación.

“Mi viaje hacia el sacerdocio ha sido una experiencia de descubrir el tremendo amor, la misericordia y la paciencia de Dios. Ha habido muchos momentos de duda, confusión y debilidad, pero durante todos esos momentos, Dios se ha manifestado muy fiel y poderoso. No podría haber hecho esto solo”.

A medida que los católicos en la arquidiócesis, en todo Estados Unidos y en todo el mundo luchan con el lento regreso a una vida litúrgica regular, debemos adoptar esta misma perspectiva. Necesitamos entregar nuestra impaciencia, miedos y confusión al Señor. Necesitamos poner nuestra fe en el que es Dios, que es fiel a sus promesas.

Recuerdo las palabras de sabiduría espiritual de San Padre Pío para un alma preocupada: “Jesús está contigo incluso cuando no sientes su presencia. Él nunca está tan cerca de ti como lo está durante tus batallas espirituales. Él siempre está ahí, cerca de ti, animándote a luchar valientemente en tu batalla. Él está allí para evitar los golpes del enemigo, para que no te lastimen”. Con demasiada frecuencia nos vemos solos y no vemos a Jesús presente. Pedro, cuando caminó sobre el agua, comenzó a hundirse cuando quitó los ojos de Jesús. Así también, en nuestros temores y ansiedades quitamos nuestros ojos de Jesús. Al igual que Pedro, debemos enfocar nuestros ojos en Jesús y gritar: “Señor, sálvame”.

La fe y la confianza de nuestros nuevos sacerdotes nos recuerdan que, en medio de todo lo que estamos experimentando, Jesús sigue llamando a los jóvenes a servirle como sacerdotes, a proclamar el Evangelio y a ofrecer la Eucaristía para los fieles. Mi corazón estaba lleno de alegría y gratitud al Padre por estos jóvenes y su testimonio de fe y confianza en Jesús y su deseo de servir a los fieles.

Cuando pudimos abrir nuestras iglesias el 9 de mayo, a pesar de que el número de participantes era muy limitado, escuché de numerosas personas lo agradecidos que estaban. Cuando la gente recibió la Eucaristía por primera vez en varias semanas, lloraron de alegría al saber que Jesús estaba con ellos en la Eucaristía. Nunca debemos dar por hecho el sacerdocio y la Eucaristía, sino que son dones que el Señor desea para nosotros y nos da. Los animo mis hermanos y hermanas, a orar por estos hombres y rezar al maestro de la cosecha para que nos conceda vocaciones al sacerdocio. Que el Señor plante las semillas de una vocación al sacerdocio en los corazones de los jóvenes para seguir al Buen Pastor y dar sus vidas por Jesús y por la Iglesia.

Y sobre todo, ¡oremos que después de este ayuno de la Eucaristía, nuestro amor y fe en la presencia real de Jesús en el Santísimo Sacramento profundicen y llenen nuestros corazones de alegría y gratitud por el amor eterno del Señor por nosotros!

Próximamente: La dignidad humana en el libro del Génesis

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Por el diacono Pedro Reyes, Parroquia St. William, Ft. Lupton.

Todo ser humano tiene una dignidad que le fue otorgada por Dios. San Juan Pablo II en su teología del cuerpo nos dice lo siguiente:

“El hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque  el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios”.

Lo que san Juan Pablo II nos está recordando es que el hombre no fue creado de la misma manera que los demás seres vivos. Esto, naturalmente, nos hace diferentes al resto de la creación. No podemos darle los mismos derechos a una mascota, como un perro o un gato, que a un ser humano. Es triste que hoy en día la dignidad del ser humano sea despreciada a tal grado que muchas personas le dan más amor y atenciones a las mascotas que a los propios familiares. Hoy en día hay algunas personas que tratan a los animales como seres humanos y a sus semejantes, que son seres humanos,] como animales.

San Juan Pablo II nos dice también esto:

“En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una precisa gradualidad; el hombre en cambio no  es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: ‘Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…’ (Gn 1,26)”.

Nuevamente, san Juan Pablo II nos recuerda la manera tan diferente en la que Dios creó al hombre. Y aquí nos recuerda la principal diferencia entre los seres humanos y el resto de la creación. El hombre, a diferencia de los demás seres vivos, fue creado a “imagen y semejanza” de Dios. O sea, el ser humano tiene una dignidad única e inigualable que le ha sido otorgada por Dios.

En todo lo que hemos visto, podemos darnos cuenta de lo siguiente: cuando el autor del libro del Génesis narra la creación de todo, al referirse al ser humano, especifica que lo creó y lo bendijo. Sin embargo, la creación del hombre se distingue de todo lo demás creado de tal manera que le da ese grado de dignidad superior al resto de la creación.

Esto se puede ver claramente porque antes de crear al ser humano, Dios es presentado como si estuviera deliberando sobre cómo lo creará, mostrando el acto de crear al hombre como un acto muy importante. Igualmente, la excepcional dignidad del ser humano se muestra en su totalidad por la ‘semejanza’ con Dios. Por lo tanto, todos los seres humanos, sin importar raza, color de piel, país de origen, etc., tenemos una dignidad específica que debe ser respetada por todos. Y esta dignidad viene por el hecho de haber sido creados “a imagen y semejanza de Dios”.

 

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