Debemos entrar por la puerta angosta para recibir la Eucaristía

Jesús aconsejó a sus discípulos que entraran “por la puerta angosta”, porque ancho es el camino que lleva a la destrucción, “y son muchos los que entran por él”; mas angosto es el camino que lleva a la vida, “y pocos son los que lo encuentran” (Mt 7,13-14).

Los que han estado al tanto de las noticias de la última semana saben que la prensa ha declarado que los obispos de EE. UU. planean prohibir la comunión al presidente Biden, presuntamente ignorando la guía del Vaticano. Por supuesto, al considerar los detalles que discutimos durante la reunión del mes de junio y lo que el cardenal Ladaria escribió en su carta a los obispos, se puede comprobar que eso no es cierto.

El cardenal Ladaria, quien dirige la oficina doctrinal del Vaticano, pidió a los obispos llegar a un consenso sobre la manera adecuada de responder a los católicos que ocupan cargos públicos e insisten en recibir la comunión tras cometer pecados graves. Después de horas de discusión, los obispos votaron 174 a 55 a favor de redactar un documento que abordara este tema así como la cuestión más amplia de qué es lo que coloca a una persona en un estado en que no puede recibir la comunión. El documento, que será redactado y después discutido a nivel regional durante los próximos meses, procurará que las enseñanzas de la Iglesia sobre la Eucaristía y la recepción digna del Señor sean más ampliamente conocidas.

A pesar de los esfuerzos realizados para comunicar con claridad que el documento “no tiene la intención de ser de naturaleza disciplinaria, ni está dirigido a ningún individuo o clase de personas en particular”, 60 legisladores publicaron una carta una hora después de nuestra votación en la que justificaban su apoyo al aborto legalizado y argumentaban que los obispos estaban “instrumentalizado la Eucaristía”.

Con esto se pretende desviar la culpa de la situación. En lugar de aceptar su propia responsabilidad de entender y seguir las enseñanzas de la Iglesia, son estos políticos los que están “instrumentalizando la Eucaristía” al insistir que se mantienen en un estado satisfactorio para recibir la Eucaristía a pesar de haber cometido públicamente pecados graves y haber seguido comulgando. Cualquiera con sentido común puede comprender que su afirmación de estar en comunión con la Iglesia es falsa. Uno no puede decir que cree algo, hacer lo contrario y después afirmar creíblemente que está en comunión con una Iglesia que cree que su acción fue mala.

Aun más, muchos obispos –incluido un servidor– llevamos años dialogando en privado con políticos católicos sobre el aborto y otras cuestiones, exhortándolos a abstenerse de la comunión si se rehúsan a renunciar a sus posiciones políticas inmorales. Desafortunadamente, muchas de estas figuras públicas –aunque no todas– han elegido la conveniencia política en lugar del Evangelio. Valoran más su partido político y su poder que el Evangelio de Jesucristo. No sirven como levadura del Evangelio en la sociedad, sino más bien construyen una cultura de muerte. Citan la importancia de seguir su conciencia, pero fracasan a la hora de explicar si su conciencia está debidamente formada. En cambio, adoptan una forma de relativismo que dice: “La verdad es distinta para cada persona”.

Como Jesús dijo a sus discípulos, el camino que lleva a la vida eterna es angosto, y aquellos que intentan tomar el camino ancho se dirigen a la perdición. Vemos esto en la primera carta de san Pablo a los corintios, en la que advierte que algunas personas habían recibido la Eucaristía en estado de pecado grave y se habían enfermado o muerto. “Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y como así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el cuerpo, como y bebe su propio castigo. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos débiles, y mueren no pocos” (1 Cor 11,27-30).

Basándose en las palabras de san pablo, la enseñanza de la Iglesia para cada católico sobre la recepción digna del cuerpo y la sangre de Jesús es que la persona “debe hallarse en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el sacramento de la penitencia” (Catecismo 1415). Sí, todos somos pecadores, yo también lo soy, y necesitamos de la medicina de la Eucaristía para el corazón para poder conformarnos más al corazón de Jesucristo y buscar primero la voluntad del Padre en nuestra vida.

He decidido expresarme sobre este asunto por dos motivos: primero, para proteger y transmitir fielmente las enseñanzas que Cristo nos ha dado y, segundo, para advertir a los que están poniendo en peligro su alma al recibir la comunión en un estado de pecado grave, sea cual sea ese pecado grave. No somos nosotros quienes decidimos la gravedad del pecado, sino Dios. Los que deciden ignorar esta enseñanza no solo se están haciendo daño a sí mismos, sino que hieren la unidad del Cuerpo de Cristo y escandalizan a sus miembros.

Las personas que más se han comunicado conmigo sobre este asunto se sienten engañadas por los legisladores católicos y otras figuras públicas que dicen ser católicos, pero votan y actúan de manera contraria a la fe. ¿Qué se supone que estas personas deben decirles a los niños pequeños, a los padres y abuelos que están luchando y rezando por la vida de los niños por nacer fuera de las clínicas de aborto o que están brindando atención a madres jóvenes en necesidad antes o después de dar a luz? ¿Qué les pueden decir a los niños y jóvenes adultos que aprenden de las leyes y son incitados por ellas a aceptar una visión distorsionada de la persona humana que contradice la manera en que Dios los creó?

Cada católico, sin importar su prominencia pública, debe elegir a quién seguir: a Jesús y su Iglesia o a los falsos dioses del poder, la influencia y el elogio del mundo. Que todos respondamos a esta elección tal como Cristo lo hizo cuando fue tentado por Satanás: “Al Señor tu Dios adorarás, y solo a él servirás” (Mt 4,10).

Próximamente: Hoy es la fiesta de la Virgen de las Nieves y el milagro que regaló a unos esposos

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Según la tradición, alrededor del siglo IV una piadosa pareja de esposos que vivía en Roma había sido bendecida por su formación cristiana y en muchos bienes materiales. Sin embargo, no tenían hijos con los cuales compartir aquellos dones.

Por años rezaron con la finalidad de que el Señor los bendijera con un hijo, a quien dejarle toda la herencia, pero no obtenían ningún resultado. Finalmente tomaron la decisión de nombrar a la Virgen María como heredera y le pidieron con gran fervor para que los guiara.

En respuesta, la Madre de Dios se les apareció la noche del 4 de agosto -en pleno verano- y les dijo que deseaba que se construyera una Basílica en el Monte Esquilino, una de las siete colinas de Roma, en el lugar donde ella señalaría con una nevada. De igual modo, la Virgen María se apareció al Papa Liberio con un mensaje similar.

El 5 de agosto, mientras el sol de verano brillaba, la ciudad se quedó admirada al ver un terreno con nieve en el Monte Esquilino. La pareja de esposos fue feliz a ver lo acontecido y el Sumo Pontífice hizo lo mismo en solemne procesión.

La nieve abarcó el espacio que debía ser utilizado para construir el templo y desapareció después. El Papa Liberio echó los primeros cimientos de la Basílica en el perímetro que él mismo trazó y la pareja de esposos contribuyó con el financiamiento de la construcción.

Más adelante, después del Concilio de Éfeso en que se proclamó a María como Madre de Dios, sobre la iglesia precedente el Papa Sixto III erigió la actual Basílica. Con el tiempo se han hecho remodelaciones, restauraciones, ampliaciones y nuevas edificaciones, pero todo en honor a la Santísima Virgen.

Los fieles para conmemorar el famoso milagro, en cada aniversario lanzan pétalos de rosas blancas desde la bóveda de la Basílica durante la Misa de fiesta.

Nuestra Señora de las Nieves se conmemora cada 5 de agosto. Esta festividad se extendió en el siglo XIV a toda Roma y luego San Pío V la declaró fiesta universal en el siglo XVII.

Redacción ACI Prensa