El impacto del perdón

Aaron Lambert

Muy a menudo, los medios de comunicación cubren una historia que sirve como un recordatorio de lo que significa ser cristiano. Esto se debe a que vivir como cristiano en la sociedad post-cristiana de hoy es una forma de vida inusual, contrario a lo que el resto de la sociedad podría decir al respecto. No está “desactualizado”, no es “irrelevante”. Es radical, contracultural, y para algunos, incluso incomprensible.

El pasado 2 de octubre, el juicio de Amber Guyger llego a su final. Guyger, una exoficial de policía de Dallas, Texas, fue acusada de asesinar a Botham Jean, un hombre de 26 años que vivía en el mismo complejo de apartamentos que ella.

El 6 de septiembre del 2018, Guyger entró al apartamento de Jean pensando que era el de ella. Cuando vio a Jean senado en el sillón, y luego de darle ordenes verbales, Guyger le disparó dos veces arrebatándole la vida. Una verdadera tragedia que desató una controversia a nivel nacional sobre el comportamiento de la policía hacia las personas de color (Guyger es de raza blanca; Jean es afroamericano).

Lo que quiero resaltar en este momento, es lo que sucedió al final del juicio de Guyger tras ser sentenciada a 10 años en prisión. El hermano menor de Jean, Brandt, tomó el estrado de testigos para dirigirse directamente a la asesina de su hermano. El joven no planeaba decir nada durante el juicio, pero cambió de opinión a último momento. ¿Un impulso del Espíritu Santo? En base a lo que paso enseguida, yo creo que SÍ.

“Espero que te acerques a Dios con toda la culpa, todas las cosas que pudiste haber hecho en el pasado”, le dijo Brandt a Guyger.

“Si de verdad estas arrepentida, yo te perdono. Y si te acercas a Dios y le preguntas, él también te va a perdonar…

No voy a decir que deseo que te mueras… Personalmente yo quiero lo mejor para ti… Ni siquiera quiero que vallas a la cárcel. Quiero lo mejor para ti, porque sé que es exactamente lo que Botham hubiese querido… y lo mejor seria que le dieras tu vida a Cristo. Dar tu vida a Cristo sería lo que Botham desearía para ti”.

Pero aquí no terminó todo. Brandt fue suficientemente valiente de pedirle permiso al juez para darle un abrazo a Guyger. El juez se lo concedió, y ambos se abrazaron más de un minuto, Guyger llorando en el hombro de Brandt, tal como lo haríamos algunos de nosotros si fuéramos abrazados por Cristo.

(Tom Fox/The Dallas Morning News via AP, Pool)

Brandt tiene todas las razones para odiar a Guyger. La mujer le arrebato la vida a su hermano quien era una persona inocente con una vida por delante, y además recibió una sentencia menor de la que originalmente enfrentaba. Ni los presentes en el tribunal, ni las personas viendo el caso por televisión se hubieran sorprendido si Brandt le hubiera dicho a Guyger que le deseaba que se pudriera en el infierno.  Sin embargo, la conmoción de los presentes -y posteriormente en el resto de la nación- se produjo cuando el joven hizo exactamente lo contrario.

Con esas palabras y con el simple hecho de abrazar a la asesina de su hermano, Brandt le dio al mundo una increíble lección del perdón que Cristo nos llama a vivir. Por su puesto, podemos contar con las voces de las redes sociales y los expertos que aprovecharan este momento y explotaran a su propia conveniencia, pero es porque muchos no entienden. Hoy en día, en nuestra cultura no es normal perdonar. Tampoco es fácil. Y eso es lo que hace que presenciar algo como esto, sea tan impactante. No se esperaba que sucediera algo así, pero sucedió y desafió todas las expectativas. No se confundan: Brandt estaba viendo su llamado a ser como Cristo en ese momento. Y fue exactamente en ese momento -ese momento tan impactante- en el que podemos vislumbrar lo que es realmente ser cristiano.

Seguir a Jesús es realmente impactante. Y son esos momentos impactantes de nuestra vida que estamos llamados a mostrar al resto del mundo, tal como lo hizo Brandt Jean.

Próximamente: Cómo responder a la violencia y confusión en el Capitolio

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En estos tiempos turbulentos, todos se están haciendo la misma pregunta: “¿Cuál es la verdad?”. Según se conteste esta pregunta, y dado el relativismo de nuestro día, nos dividimos en bandos. La división se hizo totalmente manifiesta cuando un grupo de personas irrumpió en el Capitolio en Washington D.C. el pasado 6 de enero. En ese momento, vimos estallar claramente la ira y la violencia, generados por sentimientos de supresión de derechos, justo como lo habíamos visto los meses anteriores en muchas de nuestras ciudades más grandes. Tanto la derecha como la izquierda han recurrido a la violencia, lo cual es inaceptable en una sociedad civil y democrática.

¿Cuál es la raíz de esta agitación? Nuestro país está sufriendo de la descomposición de la integridad moral común y las verdades que la constituyen y que nos han permanecido unidos por unos 245 años. Ahora, cuando las personas buscan la verdad sobre casi cualquier tema, no encuentran una sola respuesta. En cambio, se encuentran con una multitud de voces contrapuestas, cada una con su propia agenda. Cada vez es más difícil encontrar una persona o una organización que busque el bien común.

Pero ¿qué debería un católico hacer durante este tiempo? ¿Cómo deberíamos responder a los constantes ataques a nuestros valores nacionales y religiosos y el deterioro de la buena intención hacia nuestro prójimo?

La única solución que reparará la debilitada integridad moral de la sociedad es la búsqueda de Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida. Recuerdo ahora mismo ese verso del salmista que dice “Aunque braman las naciones y tiemblan los reinos, él lanza su voz y la tierra se deshace. El Señor de los Ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob” (Sal 46,7-8). Él es el único que puede penetrar nuestra postura y retórica y disipar la tiniebla de la confusión. Jesús, la Palabra de Dios, nos revela a nosotros mismos y nos muestra el camino a la felicidad verdadera, como individuos y como sociedad.

Para permitir que Dios haga esto, debemos redescubrir el valor del silencio y pasar tiempo con él en su Palabra y los sacramentos. Tal como Dios se mostró a Elías en el monte Horeb, no estaba en el gran viento, en el terremoto o en el fuego; estaba en “el susurro de una brisa suave” (cf. 1 Reyes 19,9-12). Esto significa que debemos poner nuestra confianza de salvación en Cristo y buscar su sabiduría sobre cómo vivir, en vez de convertirnos en comentaristas, políticos o partidos políticos. Ellos pueden promover legislaciones o dar discursos que contienen verdad, y eso es loable y debe apoyarse cuando suceda. Pero no debemos olvidar que estamos hechos para el cielo y estamos llamados a construir el reino de Dios, no una utopía en la tierra. Jesús nos recuerda que primero debemos buscar “el reino de Dios” y “la voluntad del Padre”. San Pablo les recordó a los romanos, y hoy nos recuerda a nosotros, “No os acomodéis a la forma de pensar del mundo presente; antes bien, transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rom 12,2).

Esto significa ver tanto a nuestros amigos como a nuestros enemigos como hijos e hijas del Padre, sin importar sus creencias, etnias o afiliación política. Esto implica adoptar la visión de la Madre Teresa, de San Francisco o de Julia Greeley. Vieron a otros como Jesús lo hace.

Cuando Jesús se encontró con la mujer sorprendida en adulterio, no la condenó, sino que la llamó al arrepentimiento. Tanto San Francisco como la Madre Teresa experimentaron un llamado a cuidar de los despreciados, lo que ciertamente aplica a nuestro ambiente sobrepartidista. En vez de los leprosos o enfermos abandonados a su muerte en los desagües que San Francisco y la Madre Teresa cuidaron, se nos está pidiendo a cada uno de nosotros que veamos a nuestros vecinos, familiares, amigos o enemigos con los ojos de Jesús. San Francisco se conmovió y besó a un leproso y después se dedicó a cuidarlos. La Madre Teresa fue llamada a recoger a los enfermos y moribundos y defender a los no nacidos. Nosotros estamos llamados a hacer las mismas obras de misericordia, pero también a amar a otros como Cristo no ha amado. No podremos hacer esto al menos que recibamos el amor de Dios y reconozcamos que él es real.

Que nuestra Santa Madre, Reina de la Paz, interceda por nosotros y nuestro país, para que nos arraigamos más completamente a la Verdad, que nuestra mente se convierta en la mente de Cristo, y que nuestro corazón sea más como el Sagrado Corazón de Jesús.