Iglesia en México saluda el éxito de la película “Roma”

Por: Aciprensa

El Secretario General de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), Mons. Alfonso Miranda, saludó el éxito de la película “Roma”, del cineasta Alfonso Cuarón, en los Premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográfica, conocidos como “Oscars”.

“Felicidades a México, y a sus realizadores, por el éxito de la película Roma en los Oscares”, escribió Mons. Miranda.

Nominada a 10 Oscars, en la noche del 24 de febrero “Roma” se llevó los premios a Mejor Película Extranjera, Mejor Fotografía y Mejor Director.

El P. Yair Ortega, Secretario ejecutivo de la Comisión Episcopal de Pastoral de la Comunicación (CEPCOM) de la CEM, escribió una reseña de la película, presentándola como “un logro de producción, cuidada hasta los últimos detalles, algo que pocas veces se ve en el cine nacional”.

“Pero también es mucho más que un drama mexicano, es una protesta desde distintos ángulos”, señaló.

La película de Cuarón, dijo, “retrata el clasismo de la sociedad mexicana”, al tiempo que hace una “denuncia social a los gobiernos autoritarios en México durante las décadas de los 60’s y 70’s”.

Además, indicó, “Roma” presenta “el México de las migraciones”, con “migrantes en su propio país que llegan a las grandes ciudades a trabajar en empleos donde no son respetados sus derechos y muchas veces son denigrados por su condición de provincianos”.

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada El asombro de la Navidad”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

La espera de la Navidad es uno de los recuerdos más preciados para muchos de nosotros, y con razón: ¿quién no recuerda las bellas tradiciones que se celebraban en este tiempo cuando éramos niños?

Un autor decía que en nuestra vida hay “tres momentos de encanto” en la Navidad.

El primero es cuando somos niños. Muchos de nosotros quizá́ podemos recordar con ilusión el gran sentido de asombro que había en todo lo que se hacía: los cantos, las posadas, la celebración, el nacimiento, el niñito Jesús… Era algo casi místico que dejaba una huella en el corazón y nos abría a un misterio hermoso.

El segundo momento de encanto es cuando crecemos y podemos crear la misma experiencia para nuestros hijos. Al intentar recrear la realidad que nosotros vivimos en nuestra niñez, descubrimos el gran número de detalles y actos de amor que conlleva hacer algo hermoso y memorable. Pero, además, es un momento en el que los papás vuelven a ser como “niños”, al recordar y experimentar de nuevo el entusiasmo y la alegría de lo que se avecina. No es fácil hacerlo, pues requiere de sacrificios, pero en realidad es esencial que un adulto vuelva a ser como niño, que de nuevo sea capaz de asombrarse ante el misterio del nacimiento de Cristo.

El tercer momento es cuando pasamos a ser abuelos y observamos a nuestros hijos suscitar el asombro navideño en nuestros nietos. Para un abuelo, los nietos son una de las alegrías más grandes. Ahora que sus hijos cargan con la mayor parte del peso de la celebración, los abuelos pueden volver a ser como niños, aunque ahora experimentando el asombro y la alegría a través de sus nietos.

En realidad, la Navidad se trata de volver a ser como niños, de permitir que Dios nos llene de asombro y alegría con las bendiciones simples de nuestra vida. El corazón y la mente de un niño son capaces de alegrarse y apreciar las cosas pequeñas. Al final, ellos nos recuerdan que debemos ser como niños para poder ser verdaderos discípulos de Cristo.

La Navidad es entonces una oportunidad para dejarnos asombrar por Cristo y ayudar a nuestros hijos a hacer lo mismo.

Por eso es importante recuperar el sentido cristiano profundo de muchas de las tradiciones propias del Adviento y la Navidad, para así transmitir a nuestros hijos la fe y el asombro que debe suscitar en nosotros el plan maravilloso de Dios.

Si los papás no creamos una cultura de encuentro con Dios en nuestro hogar, ¿quién lo hará? Son precisamente las prácticas palpables que nos abren al misterio de Cristo y las que hacen posible que un niño se enamore de Dios y que un adulto renueve su amor por él.

Descubramos, pues, el sentido cristiano de las prácticas navideñas y asegurémonos de que nuestros hijos lo conozcan.

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