La Misa 2: “Liturgia de la Palabra”

Vladimir Mauricio-Perez

Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Qué sucede en la Misa?” Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

En la Santa Misa encontramos el alimento necesario para nuestra vida y corazón. Y lo recibimos a través de la Iglesia, no solo de una manera, sino de dos. Desde hace mucho tiempo la Iglesia ha utilizado la imagen de las “dos mesas” para referirse a las dos partes principales de la Misa que nos alimentan: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia de la Eucaristía.

Primero nos nutrimos con la Palabra de Dios que se proclama y se explica, y después con el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Liturgia de la Eucaristía. Necesitamos de ambas. Las lecturas de la Biblia no solo nos hablan de Dios, sino que también son la voz de Dios que nos habla a cada uno de nosotros de manera personal.

Por eso debemos escuchar atentamente, y decir con un corazón abierto: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,9). Esto es lo que hacemos al trazar la cruz en nuestra frente, labios y corazón: que nuestra mente entienda, nuestros labios proclamen y nuestro corazón reciba lo que Dios nos quiere decir en su Evangelio.

Las lecturas

Algunos expertos han llamado a la Misa “el estudio bíblico más grande”. Esto se debe a que un católico es llevado en “una gran gira” de las Escrituras solo con asistir a Misa los domingos. Las lecturas están estructuradas por ciclos que nos permiten ahondar en el misterio de salvación de Cristo de forma más plena, con tiempos específicos dedicados a la Navidad, Cuaresma, Semana Santa, Pentecostés, tiempo Ordinario, etc.

Primera Lectura

La primera lectura por lo general se toma del Antiguo Testamento, excepto durante el tiempo de Pascua, en el que desde tiempos antiguos se lee del libro de los Hecho de los Apóstoles. Esto refleja que el Antiguo Testamento aún es relevante, ya que fue igualmente inspirado por Dios. Generalmente esta lectura está relacionada con la lectura del Evangelio del día.

Salmo

Los Salmos nos invitan a unir nuestro corazón a las mismas lecturas a través del canto o la recitación. Las respuestas nos invitan a orar con el corazón, alabando o pidiendo algo en especial a Dios, ya sea por nosotros mismos o por alguien que lo necesita.

Segunda Lectura

La segunda lectura se toma del Nuevo Testamento: de Hechos de los Apóstoles, las epístolas o el Apocalipsis. Por ello, con frecuencia son exhortaciones a la comunidad de cristianos sobre la vida moral o reflexiones sobre la obra de Cristo. Igualmente nos pueden hablar a nosotros mismos en nuestras necesidades.

Evangelio

Algo distinto sucede en la lectura del Evangelio: todos nos ponemos de pie con el canto del aleluya. Luego el sacerdote o diácono toma el evangeliario del altar y, acompañado de los monaguillos con velas, se dirige al púlpito para leerlo. Hacemos todo esto porque los Evangelios tienen una reverencia especial dentro de la Biblia: son el testimonio principal de la enseñanza de Jesús, nuestro Salvador. Es importante porque ahora recibiremos a Jesús en la palabra que va a ser proclamada desde el púlpito.

Homilía

Homilía quiere decir “explicación” en griego. Desde tiempos muy antiguos (ver p. 26) el sacerdote que presidía hacía una explicación de las lecturas que se acababan de leer. Esta práctica de leer las Escrituras y explicarlas era una costumbre que los judíos ya practicaban en las sinagogas; incluso Jesús llegó a hacerlo (Lc 4,16-30). Escuchemos con atención sobre cómo podemos aplicar estas lecturas a nuestra vida y cómo podemos avanzar en el camino de la santidad y la plenitud.

 

La profesión de fe: “Yo creo…”

E l Credo es una proclamación de la fe que la Iglesia de los primeros siglos usaba como norma de la fe cristiana. Es un texto altamente bíblico, ya que resume la historia de la Sagrada Escritura.

Esto no es algo nuevo: los judíos también tenían una especie de credo que los diferenciaba de las creencias del mundo. Para ellos este era lo que se conoce como el “Shemá”, en el que decían: “El Señor nuestro Dios es el único Dios” (Dt 6,4-5). Estas palabras eran sumamente importantes porque en ese tiempo la sociedad que los rodeaba creía en diversos dioses. Sin embargo, ellos con firmeza proclamaban que creían en un solo Dios y que este Dios era cercano.

En nuestro tiempo reinan otras creencias, como el relativismo: la opinión de que no existe una verdad moral o religiosa y tampoco el bien o el mal. En el Credo nosotros proclamamos lo contrario: que creemos en un Dios que creó el universo, que no somos un accidente de la casualidad, que Dios tiene un plan divino para nosotros, que en verdad existe el bien y el mal. El Credo nos recuerda que no somos espectadores en el plan de salvación, sino que nos desafía a elegir en qué lado vamos a luchar.

Así que cada domingo lo volvemos a proclamar con nueva convicción. De esta manera le decimos a Dios: “En ti confío. A ti entrego toda mi vida”. Nos lleva a preguntarnos si en verdad Dios es el centro de nuestra vida, si en verdad confiamos en él y le damos el lugar que merece.

Entonces cuando el domingo digamos “Creo…”, hagámoslo entregando todo nuestro corazón al cuidado del Señor, quien es bueno y nos guía y fortalece en nuestro caminar.

El Credo de los apóstoles

Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

 

Oración de los fieles

Para concluir la Liturgia de la Palabra se hace una oración de intercesión por los fieles y todo el mundo. Es una parte muy antigua de la Liturgia (ver p. 26) y ya se hacía evidente en las cartas de san Pablo, quien pedía hacer oración por los reyes y gobernantes (1 Tim 2,1-4) y por su ministerio y necesidades (2 Cor 1,11). Igualmente, aquí hacemos presentes a las almas de los difuntos y nuestras intenciones personales.

 

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