La Misa 3: Las palabras de consagración vienen de Jesús

Vladimir Mauricio-Perez

Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Qué sucede en la Misa?” Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Esta parte marca la segunda mitad de la Misa, donde el sacrificio de Cristo en la cruz se hace presente en la Eucaristía. Jesús no vuelve a morir cada vez, sino que nosotros somos llevados a ese momento crucial de la historia, a su muerte y resurrección. Aquí, actuando en persona de Cristo, el sacerdote consagra el pan y el vino, y estos se convierten verdaderamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo que recibimos en la comunión.

Preparación de las ofrendas

Aquí comienza lo que normalmente se llama el “Ofertorio”, en que el pan y el vino se llevan en procesión hacia el altar. Esto simboliza la entrega de uno mismo y de nuestro esfuerzo y trabajo de la semana a Dios, o, como se dice en la misma Misa, “el fruto de la tierra y el trabajo del hombre”. También se realiza la colecta, la cual representa no solo dar dinero para el sustento de la parroquia, sino agradecer a Dios por los dones recibidos.

Agua y vino

El sacerdote toma el cáliz, vierte vino y luego añade un poco de agua. El vino simboliza la divinidad de Cristo y el agua, su humanidad: sus dos naturalezas que se mezclan sin que él deje de ser una sola persona. También significa que nosotros estamos llamados a participar de la vida divina de Jesús en nuestra humanidad al recibir su Cuerpo y su Sangre.

Lavado de manos

El sacerdote se lava las manos para simbolizar que algo muy importante está por suceder y también porque representa la pureza y limpieza de corazón que una persona necesita para acercarse a Dios, quien dentro de poco se hará presente en la Eucaristía. Esta tradición ya estaba presente entre los sacerdotes levitas y se refleja en el Salmo 24, 3-4: “¿Quién podrá subir la montaña del Señor permanecer en su recinto sacro? El que tiene manos limpias y corazón puro”.

Oración de las ofrendas

Todos se ponen de pie con la oración del sacerdote: “Oren, hermanos, para que este sacrificio, mío y de ustedes, sea agradable a Dios, Padre Todopoderoso”. El sacerdote dice “mío y de ustedes”. Es decir, que, aunque el sacerdote ofrece el sacrificio en persona de Cristo al Padre, los fieles no son simples espectadores: también ellos están llamados a entregarse completamente al Padre con su trabajo, obras, sacrificios, etc., y así participar del sacrificio de Cristo en la cruz “para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia”.

Plegaria eucarística

El prefacio

Esta oración concluye el ofertorio y nos lleva a la consagración. Comienza con un diálogo entre el sacerdote y el pueblo, y prosigue con una oración especial y el “Santo”.

 

“EL SEÑOR ESTÉ CON USTEDES”

Aquí se repite esta frase importante para que nos demos cuenta de la importancia de lo que está a punto de suceder y para que Dios nos de la gracia de comprender este misterio.

“LEVANTEMOS EL CORAZÓN”

San Cipriano decía sobre estas palabras de la Misa al rededor del año 250 d.C.: “Deja que todos los pensamientos carnales y humanos desaparezcan; no dejes que el alma en ese momento piense en otra cosa que el objeto único de su oración”.

“DEMOS GRACIAS AL SEÑOR NUESTRO DIOS”

“Es justo y necesario”, responde la congregación. ¡En verdad! porque a pesar de nuestros pecados y nuestra falta de amor, Cristo se ha entregado por amor a nosotros y se ha quedado en la Eucaristía para nuestra salvación.

“SANTO, SANTO, SANTO ES EL SEÑOR…”

Durante este himno nos damos cuenta de lo que está sucediendo en la Misa. Con las palabras tomadas de las visiones del profeta Isaías (Is 6,3) y de san Juan (Ap 4,8), nos damos cuenta de que los ángeles y santos entonan este himno en el cielo, y nosotros nos unimos a ellos: el cielo y la tierra se unen.

También repetimos las palabras con las que las multitudes recibieron a Jesús en Jerusalén: “¡Hosanna!” (Mt 11,9); estamos recibiendo al Rey que está por hacerse presente en la Eucaristía frente a nosotros.

Consagración

La congregación se hinca cuando el sacerdote impone las manos sobre el pan y el vino pidiendo la efusión del Espíritu Santo sobre esos dones, y dice una oración. Entonces, el sacerdote dice las palabras de consagración: “Tomen y coman todos de él, porque este es mi cuerpo que será entregado por ustedes…”. Lo mismo hace con el vino.

La Misa y la Pascua judía

Pero para entender estas palabras tenemos que verlas a la luz de la Pascua judía, fiesta que conmemoraba la liberación del Pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto (Ex 12). Dios mandó a los israelitas sacrificar un cordero sin mancha, untar su sangre en el marco de su puerta para liberarlos de la plaga y comérselo, junto con pan sin levadura. El cordero, la sangre y el pan eran los elementos principales.

Jesús, el verdadero Cordero

La Última Cena (día en que Cristo pronunció las palabras de consagración que el sacerdote aún recita) se llevó a cabo en el contexto de esta celebración de la Pascua judía (Mt 26,19; Mc 14,16; Lc 22,13). Pero Cristo hizo algo inesperado. Las Escrituras nunca mencionan a un cordero en la Última Cena. En cambio, Jesús habla de su propio cuerpo y de su propia sangre “que será derramada por ustedes”. ¡Jesús se presenta como el verdadero cordero que va a ser sacrificado! El cordero, el pan y la sangre ahora se refieren a Jesús: el cordero sacrificado es él, el pan es su cuerpo y el vino es su sangre. Al hablar de su sacrificio, Jesús está hablando de su muerte en la cruz.

 

La Misa, nueva celebración de la Pascua

Así la Misa se convierte en la celebración de la “Nueva Pascua”. Nos damos cuenta de que la liberación de la esclavitud de Egipto era una prefiguración de la verdadera liberación que Cristo traería: la liberación del pecado y la muerte a través de su muerte y resurrección. Por eso Jesús Eucaristía verdaderamente toca nuestra vida, nuestros problemas, nuestras alegrías, nuestras penas… Se ha quedado para transformarnos, para liberarnos de la esclavitud del pecado y darnos la verdadera libertad que solo se encuentra en él, para llevarnos a la plenitud que comienza aquí y se completa en el cielo.

Pero además de entregarse a nosotros completamente, Cristo nos hace partícipes de su plan de salvación. En la Eucaristía, los fieles también están llamados a unir sus sufrimientos, su trabajo, su alabanza y su oración a los de Cristo como ofrenda por la salvación del mundo (Catecismo 1368).

 

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada El asombro de la Navidad”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

La espera de la Navidad es uno de los recuerdos más preciados para muchos de nosotros, y con razón: ¿quién no recuerda las bellas tradiciones que se celebraban en este tiempo cuando éramos niños?

Un autor decía que en nuestra vida hay “tres momentos de encanto” en la Navidad.

El primero es cuando somos niños. Muchos de nosotros quizá́ podemos recordar con ilusión el gran sentido de asombro que había en todo lo que se hacía: los cantos, las posadas, la celebración, el nacimiento, el niñito Jesús… Era algo casi místico que dejaba una huella en el corazón y nos abría a un misterio hermoso.

El segundo momento de encanto es cuando crecemos y podemos crear la misma experiencia para nuestros hijos. Al intentar recrear la realidad que nosotros vivimos en nuestra niñez, descubrimos el gran número de detalles y actos de amor que conlleva hacer algo hermoso y memorable. Pero, además, es un momento en el que los papás vuelven a ser como “niños”, al recordar y experimentar de nuevo el entusiasmo y la alegría de lo que se avecina. No es fácil hacerlo, pues requiere de sacrificios, pero en realidad es esencial que un adulto vuelva a ser como niño, que de nuevo sea capaz de asombrarse ante el misterio del nacimiento de Cristo.

El tercer momento es cuando pasamos a ser abuelos y observamos a nuestros hijos suscitar el asombro navideño en nuestros nietos. Para un abuelo, los nietos son una de las alegrías más grandes. Ahora que sus hijos cargan con la mayor parte del peso de la celebración, los abuelos pueden volver a ser como niños, aunque ahora experimentando el asombro y la alegría a través de sus nietos.

En realidad, la Navidad se trata de volver a ser como niños, de permitir que Dios nos llene de asombro y alegría con las bendiciones simples de nuestra vida. El corazón y la mente de un niño son capaces de alegrarse y apreciar las cosas pequeñas. Al final, ellos nos recuerdan que debemos ser como niños para poder ser verdaderos discípulos de Cristo.

La Navidad es entonces una oportunidad para dejarnos asombrar por Cristo y ayudar a nuestros hijos a hacer lo mismo.

Por eso es importante recuperar el sentido cristiano profundo de muchas de las tradiciones propias del Adviento y la Navidad, para así transmitir a nuestros hijos la fe y el asombro que debe suscitar en nosotros el plan maravilloso de Dios.

Si los papás no creamos una cultura de encuentro con Dios en nuestro hogar, ¿quién lo hará? Son precisamente las prácticas palpables que nos abren al misterio de Cristo y las que hacen posible que un niño se enamore de Dios y que un adulto renueve su amor por él.

Descubramos, pues, el sentido cristiano de las prácticas navideñas y asegurémonos de que nuestros hijos lo conozcan.

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