Witold Engel: del campo de concentración a diácono permanente

Witold Engel estaba viviendo su fe católica a la edad de nueve años en un lugar que nadie podría imaginarse: el campo de concentración de Auschwitz.

Como prisionero durante el Holocausto, Witold vio cómo un sacerdote que había metido ilícitamente un rosario fue golpeado hasta la muerte por un soldado de S.S. (Schutzstaffel) en el campamento. Un hombre judío cercano a la escena le gritó al hombre de S.S. que librara al sacerdote moribundo. El soldado les disparó a ambos. Witold no pudo soportarlo más.

“Me puse de pie y le dije: vergüenza debería darte. Deberías recurrir a Dios en vez de masacrar gente aquí”.

“Me miró y me dijo: ´Tú cucaracha polaca. Te aplastaré con mi bota´”. Justo cuando el soldado sacó su arma para matar a Witold, otro soldado vino a llevar al hombre del S.S. hacia el comandante. “Estaba a salvo”, recordó. “Pienso que el Señor estaba conmigo”.

El ahora diácono jubilado compartió su historia con El Pueblo Católico.

Creciendo en Siberia

Witold nació en Stryj, Polonia. Tenía solo tres años cuando los miembros de su familia fueron capturados por soldados rusos y llevados a Siberia como prisioneros políticos.

Viajaron en tren durante dos semanas con compañeros también cautivos a un campamento cerca del Polo Norte.

La familia sobrevivió durante cinco sobrellevando veranos calurosos e inviernos con temperaturas bajo cero, captores abusivos y comida insuficiente. Su madre incluso dio a luz a un hijo durante su tiempo en cautiverio.

Los Engels se encontraron con la bondad de un hombre que tenía una carreta y un caballo, quien ató trapos en las ruedas de la carreta y se escabulló por la noche en el campamento.

Durante una de esas visitas, el hombre le dijo a los Engels: “Voy a ayudarles a escapar”.

El hombre cumplió su promesa y sacó a la familia de ahí. Witold tenía ocho años y su hermano cuatro. Caminaron toda la noche en el desierto y se escondieron detrás de cerrillos de arena durante el día. La familia viajó de esta manera durante todo un año, comiendo pescado crudo, aves crudas y cualquier planta que pudieran encontrar.

Los Engels finalmente llegaron a Kiev, la capital ucraniana, donde se encontraron con soldados alemanes quienes, sin saber que la familia era polaca, permitieron que los Engels se quedaran con ellos por un tiempo.

Al darse cuenta de que no durarían en Kiev, los Engels siguieron moviéndose y aunque la mayoría de los aldeanos les negaron ayuda, se encontraron con una familia que les ofreció una carreta y caballos para ayudarlos en sus viajes. Después, durante su viaje, recibieron dos caballos más, comida y ropa de otra familia.

Tras varios meses de viaje, la familia finalmente regresó a su ciudad natal de Stryj, solo para que sus esperanzas se derrumbaran una vez más.

‘¿Qué hicimos?’

Cuando los Engels llegaron a Stryj, encontraron su hogar completamente vacío. Aunque las tropas alemanas rodeaban la ciudad, ellas no estaban viviendo en la casa de los Engels.

“Mi madre lloró”, recordó Witold. “Ella dijo: ‘¡Finalmente estamos en casa, finalmente somos libres!’ Pero poco era lo que sabíamos”. En 1942, justo antes de Navidad, Witold escuchó camiones afuera de su casa.

“Miré por la ventana y había alemanes”, dijo. “Había algunas personas saltando de las carrocerías y les estaban disparando”.

Los soldados de S.S. con esvásticas en sus uniformes se acercaron a la puerta de los Engels y se llevaron a la familia, a pesar de las desesperadas súplicas del padre de Witold.  Pusieron a la familia en otro tren que dos semanas después los llevó a Auschwitz.

Witold recordó los alambres de púas que rodeaban el campamento, la puerta maciza y el letrero que decía “Arbeit macht frei” (el trabajo te liberará). Al acercarse al campamento, Witold recuerda que su padre le dijo que allí morirían.

“Le dije: ‘¿Qué hicimos?’, Recordó Witold, conteniendo las lágrimas. “Él dijo: Jesús no hizo nada, pero también lo mataron”.

De inmediato, Witold olió a carne quemada y vio humo saliendo del crematorio al otro lado del campamento.  Adolf Eichmann, uno de los principales organizadores del holocausto, separó a la familia Engel. A los nueve años Witold fue enviado con su padre y el resto de los hombres. “Estaba petrificado”, dijo.

 

‘Yo estaba como un zombi’

Durante su estancia en Auschwitz, Witold y algunos otros prisioneros tuvieron la tarea de llevar carretillas llenas de cadáveres a través del campamento hasta el crematorio. Recordó que él tenía que quitarles la ropa a los hombres para que estuvieran completamente desnudos. Esto era para que los prisioneros nuevos pudieran usar esa ropa, a pesar de sus condiciones sucias y sangrientas.

“Después de un tiempo, yo tenía miedo, pero más adelante estaba inmune a ello” dijo Witold. “Ya no me molestaba más. Yo estaba como un zombi. No podía ni pensar”.

Witold describió su figura como “piel y huesos, porque a veces no nos daban de comer por una semana o no conseguíamos agua durante una semana”.

En su desesperación, Witold comía la nieve o bebía de los charcos de agua de lluvia sucia. Un compañero de prisión le dijo que se enfermaría bebiendo el agua, pero nunca se enfermó. Para él, “eso sabía delicioso”.

Él cree que la presencia de Dios estaba allí la primera vez que fue enviado a bañarse, un evento que a menudo terminaba en que los prisioneros eran envenenados con gas en lugar de enjuagarlos con agua.

“Estaba rezando “, dijo Witold. “Dije: ¡Oh mi Señor! ¿qué hacemos aquí? Fuimos y Dios estuvo con nosotros porque pusieron agua en lugar de gas, cada vez que íbamos. Pasó un año y todavía yo estaba vivo”.

 

El día de liberación

En 1944, Alemania estaba perdiendo la guerra. Y cuando los nazis se llevaron a unos miles de personas de Auschwitz y las subieron a otro tren, Witold descubrió por primera vez el estado de su madre y sus hermanos.

“Primero llamaron mi nombre, luego el nombre de mi padre”, dijo. “Entonces, escuché el nombre de mi madre, el nombre de mi hermana, el nombre de mi hermano. Lloré. Yo dije: ‘¡Están vivos!’ “.

Durante el viaje que los llevaría a Dachau, el tren de los Engels fue atacado por soldados rusos, que mataron a los nazis y prisioneros en el proceso. Aun así, Witold y su familia sobrevivieron y llegaron al nuevo campamento.

El panorama y los olores de Dachau todavía están frescos en la mente del diácono.

“Había un olor horrible”, dijo. “Justo en el medio del patio, tenían todos los esqueletos dejados ahí. No los incineraban a todos”.

Los Engels soportaron las horribles condiciones del campamento durante unos meses más, hasta que finalmente, en abril de 1945, Witold vio cómo los tanques estadounidenses llegaban a Dachau.

“Por accidente, vieron el campamento”, dijo.

Los estadounidenses se acercaron cautelosamente a los prisioneros y les trajeron agua y café.

“Mucha gente tomó un sorbo de agua o café y caían como moscas”, dijo Witold. “Estaban tan desnutridos que no podían tomar nada fresco”.

Un oficial se acercó a Witold y a su familia. Era de Chicago, pero sus padres eran de Polonia, por lo que hablaba algo de polaco.

“Él me levantó y yo estaba llorando”, dijo Witold. “Teníamos piojos, estábamos sucios. Le dije: “No, no me levante”. Me dijo: “Tu eres mi compatriota”, recordó Witold, conteniendo las lágrimas.

“Entonces él dijo: ‘Eres libre. Los alemanes ya no pueden tocarte”. Me levantó, no le importó que estuviera sucio. Él también lloró. Me dijo: “¿Qué estás haciendo aquí?”

Witold le explicó su situación y mostró al soldado su familia. El soldado los miró y les dijo: “Están libres”.

 

 

‘Dios tiene algo más para ti’

Después de su liberación, los Engels vivieron en Ingolstadt y nacieron un niño y una niña más.

En 1951, cuando Witold tenía 18 años, él y su familia emigraron a los Estados Unidos y se establecieron en Nueva York.

A los 23 años, Witold habló con el sacerdote de la localidad sobre el llamado que sentía hacia el sacerdocio. Pero le dijeron que ya era mayor y que no hablaba suficiente inglés.

Después de enfrentar esa decepción, Witold sirvió con orgullo en el Ejército de los Estados Unidos durante seis años.

Finalmente, se mudó a California, donde conoció a su esposa Carmen. Ellos celebraron su 50º aniversario a principios de este año.

Aunque Witold se había enfrentado con el rechazo cuando buscaba el sacerdocio, más tarde se dio cuenta de que Dios lo estaba llevando hacia Carmen. Pero la obra de Dios no estaba terminada aún.

Despupes Witold fue atropellado por un automóvil. Le dijeron a Carmen que no sobreviviría y si lo hacía nunca más volvería a caminar. Poco sabían los médicos que Witold era un luchador. Se recuperó completamente y aprendió a caminar de nuevo.

Durante su estadía en el hospital, un sacerdote le dijo: “Dios te ama tanto que salvó tu vida”. “Le dije: ´Muchas veces él me ha salvado la vida´”. El sacerdote miró a los ojos de Witold y le dijo algo que nunca olvidará.  “Puedo ver en tus ojos que Dios tiene algo más para ti”, dijo. “Es por eso qué Dios salvó tu vida”.

 

‘Yo quiero servir a Dios’

Cuando Witold tenía alrededor de 50 años, sintió nuevamente el llamado de entregar su vida a Dios, esta vez como diácono. Fue aceptado diez años después. “Tuve un llamado, lo sé”, dijo Witold. “Yo dije: ‘Dios está allí. Dios ha salvado mi vida. Yo quiero servir a Dios”.

El diácono Witold con su esposa Carmen. Fotos de Moira Cullings.

Fue ordenado diácono en 1999 y su ministerio en California incluía servir en dos prisiones las cuales él y Carmen visitaban casi todas las semanas.

Después de contarles a algunos de los prisioneros parte de su historia, ellos se emocionaron hasta llorar. Dos hombres aceptaron a Dios gracias a estas visitas. Ellos estaban tan cambiados que incluso fueron liberados con anticipación.

 

Witold se sorprendió al ver a uno de los hombres que visitó en la cárcel caminando libre después.

Unas décadas antes, Witold estaba en los brazos de un soldado, llorando con él pues el hombre le estaba salvando la vida. Ahora Witold estaba haciendo lo mismo con este prisionero, pero esta vez, él no fue el liberador de su vida sino de su alma.

Witold y Carmen se mudaron a Colorado en 2005 para estar más cerca de su hija Jennifer, su yerno Tim y su nieto Dylan.

El diácono sirvió en la parroquia St. Frances Cabrini en Littleton y en Viviendas Asistidas y Cuidado de Memoria en Morningstar hasta que se retiró hace unos nueve años. Witold tiene ahora 85 años.

Hoy, más de 80 años después de haber sido enviado a su primer campo de concentración, Witold continúa orando y confiando en Dios, quien él cree, le salvó la vida una y otra vez.

“Puedo contarte mi historia”, dijo, “pero ni siquiera podrías imaginarla. Puedes leer libros, ver películas sobre el holocausto, pero no es lo mismo. No es lo mismo que yo experimenté “.

Próximamente: Santos fuertes para nuestros tiempos de duda

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“Declaro en verdad y con alegría en mi corazón – ante Dios y sus santos ángeles – que nunca he tenido ningún motivo en mi trabajo que el de predicar la Buena Noticia y sus promesas. Esta es la única razón por la que regresé aquí a Irlanda – lugar del que apenas escapé vivo”. Estas palabras del libro La Confesión de San Patricio reflejan la fuerza del Espíritu Santo que se desarrolló a través de Jesús cuando dio su vida en la cruz,  cuando inspiró a San Esteban, el primer mártir, y cuando continúa moviendo a personas alrededor del mundo para ser testigos de Cristo, sin importar el costo.

Esta semana celebramos las fiestas de dos hombres fuertes: San Patricio y San José. Ambos vivieron durante tiempos difíciles y buscaron vivir plenamente la fe. El ejemplo de estos hombres, nuestros predecesores en la fe nos proveen un modelo de una Cuaresma provechosa y también de una labor evangelizadora en una cultura que duda de todo.

San José era, de acuerdo con el evangelio de San Mateo, un “hombre justo” (Mt. 1:19) cuyo deseo de seguir a Dios en todo lo que hacía era evidente en sus acciones. Bajo la ley judía, José debía divorciarse de María porque la había encontrado embarazada luego de que ellos se habían comprometido, pero antes de que vivieran juntos. Y así, José vio cuán pura y buena era María.

Cuando un ángel apareció a San José en un sueño y le dijo que María estaba embarazada por obra del Espíritu Santo, él no dudó en traerla a su casa, aún cuando sus compañeros creyentes ciertamente cuestionaran su integridad y la de ella. Esta es una lección muy valiosa para las personas de fe de hoy. Es mucho mejor seguir el plan de Dios para nosotros que estar de acuerdo con lo que la sociedad considera sabio.

Esto lo vemos también en la disposición de San José de huir a Egipto a instancias de otro sueño angelical. Quizás él tendría que conformar su corazón con el del plan del Padre cuando escuchó al profeta Simeón predecir que una espada atravesaría el corazón de María y que Jesús sería un “signo de contradicción” (Lc. 2: 22 – 36). Seguramente su corazón pudo haber estado movido por el deseo de proteger a su esposa y a su hijo adoptivo, pero él también pudo ver que Dios estaba en sus obras y en las de su familia.

Cuando San Patricio tenía unos 15 años, fue capturado de su casa en Gran Bretaña occidental por piratas irlandeses y fue vendido en esclavitud. Pasó seis años como esclavo cuidando los rebaños de su amo, pero durante este tiempo se fue acercando progresivamente a Dios y a la fe que previamente había desechado.

Después de regresar a casa cuando escapó de la esclavitud en Irlanda, Patricio tuvo una visión en la cual los irlandeses lo llamaron para que regresara. “¡Niño santo!”, clamaron usando el apodo con el que se burlaron de él cuando eran esclavos: “Ven y camina con nosotros”. Curiosamente, en lugar de enojarse, San Patricio dijo que su corazón se conmovió con estas plegarias.

San Patricio supo lo que estaba enfrentando. Una tierra poblada de 150 tribus cada una liderada por un rey, una sociedad influenciada por los druidas (clase sacerdotal que tenían una gran influencia en la sociedad celta n.d.t) y otras religiones paganas y la Iglesia cristiana contaban probablemente solo en cientos. Pero San Patricio no se desanimó y con fe y alegría se dirigió a Irlanda.

En las mentes y corazones de Irlanda había muchas ideas en conflicto (muchas de ellas dañinas) compitiendo como ocurre ahora. Mientras recorremos nuestro camino a lo largo de la Cuaresma y buscamos una intimidad más grande con Dios – quien es el camino, la verdad y la vida – pidamos la fe fuerte de San José y San Patricio que nos ayude en nuestro caminar. Escuchemos la voz de Dios, la voz de Jesús y no la del mundo, o lo que es peor, la del diablo.

Con el don de la fe y la fuerza del Espíritu Santo, digamos como San Patricio: “Dios escuchó mis plegarias para que yo, por tonto que fuera, pudiera atreverme a emprender una misión tan santa y maravillosa en estos últimos días – que, a mi manera, podría ser como aquellos que Dios dijo que vendrían a predicar y ser testigos de las buenas nuevas para todos los no creyentes … “.

Traducido del original en inglés por Carmen Elena Villa @CalenVilla