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lunes, diciembre 5, 2022
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La Eucaristía puede transformar todo tu ser

En mi última columna, escribí sobre la Eucaristía como el alimento que necesitamos para sobrevivir espiritualmente y prosperar en nuestra cultura secular. Jesús es nuestro alimento celestial y, al igual que el alimento que comemos, se convierte en parte de nosotros. En esta columna profundizaré sobre esta base con un enfoque en cómo recibir la Eucaristía nos transforma dignamente.

A lo largo de sus casi 80 años de vida, más de 100 000 personas visitaron a la venerable Marthe Robin, una mujer francesa postrada en cama que vivió durante 51 años solo de la Eucaristía. Quienes la visitaban recibían sabios consejos, una efusión de compasión y la promesa de sus oraciones por ellos. Aunque murió en 1981, hoy 40 000 personas visitan su casa al año para hacer oración.

Mientras estaba viva, la venerable Marthe Robin dijo una vez: “Quiero decirles a los que me preguntan si como que como más que ellos, porque me alimento de la Eucaristía, de la sangre y la carne de Jesús. Me gustaría decirles que son ellos los que detienen y bloquean los efectos de este alimento en ellos mismos”.

“Si recibimos a Jesús en la Eucaristía con fe”, enseñó el papa Francisco en una reunión de agosto del 2015, “él transforma nuestra vida en un regalo para Dios y para nuestros hermanos”. Nos convertimos en este don porque la Eucaristía nos pone “en sintonía con el corazón de Cristo” y nos permite “asimilar sus elecciones, pensamientos [y] comportamientos”.

Como muchos santos y papas nos han enseñado, lo que diferencia a la Eucaristía de la comida normal es que Jesús nos transforma uniéndonos física y espiritualmente a él. Cada día anhelo celebrar la Eucaristía, porque llena mi corazón y mi alma de alegría al recibir a Jesús. Sé que él permanece conmigo y yo con él, tal como lo prometió. La Eucaristía me fortalece para morir a mi voluntad y buscar solo la voluntad del Padre, para dar mi vida como Jesús dio su vida por la salvación de las almas.

En el Evangelio de Juan, Jesús hace explícita la conexión entre la Eucaristía y la transformación: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 56-58 [énfasis añadido]).

San Pablo aborda otros aspectos de cómo Jesús nos cambia en la Eucaristía. En su carta a los filipenses lo llama asumir la mente de Cristo y exhorta a los cristianos de esa ciudad a imitar la humildad y disponibilidad de Jesús para derramar su vida por nosotros. Cuando recibimos dignamente el cuerpo y la sangre de Jesús en la Eucaristía, tenemos la oportunidad de permitirle que forme nuestros corazones, mentes y voluntades, para que pensemos, amemos y actuemos como él.

El Catecismo describe esta renovación de la siguiente manera: “La comunión con la carne de Cristo resucitado, ‘vivificada por el Espíritu Santo y vivificante’, conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo” (CIC 1392).

El venerable arzobispo Fulton Sheen, quien incansablemente promovió la importancia de dedicar tiempo a la adoración y recibir la comunión con frecuencia, indicó: “Nos convertimos en aquello que contemplamos. Mirando hacia una puesta de sol, la cara adquiere un brillo dorado. Mirar a nuestro Señor Eucarístico durante una hora transforma el corazón de manera misteriosa” (Treasure in Clay, p. 198).

El Adviento es el tiempo de preparación para celebrar el nacimiento de Jesús como uno de nosotros para salvarnos del pecado, de la muerte y del demonio. Este es el momento perfecto para confiar en la misericordia de Dios y arrepentirnos a través de la confesión, para que podamos acercarnos a Jesús en la Eucaristía y dejar que él nos transforme completamente a través de nuestra obediencia a la voluntad del Padre. Esta transformación divina es lo que ha permitido a generaciones de católicos dar su vida por Cristo y por los demás. Y al hacer eso, damos testimonio de Jesús y enfrentamos al mundo con nuestra alegría.

Arzobispo Samuel J. Aquila
Mons. Samuel J. Aquila es el octavo obispo de Denver y el quinto arzobispo. Su lema es "Haced lo que él les diga" (Jn 2,5).
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