La dispensación: ¿Una excusa para no ir a misa?

Por Anthony St. Louis-Sanchez*

En este tiempo de pandemia, los fieles cristianos de la Arquidiócesis de Denver han recibido una dispensación de su obligación de participar en la misa los domingos. Esta dispensación fue otorgada en un decreto del Arzobispo de Denver. Uno se puede preguntar si el Arzobispo de Denver tiene la autoridad para otorgar una dispensación como esta. Consideremos qué es y qué no es una dispensación.

Una dispensación es una relajación de la ley eclesiástica en un caso particular, dada por la autoridad competente, por una causa justa, a una persona o varias personas, de tal manera que no están obligadas a cumplir esa ley. Esto se escucha como algo muy complejo, pero vayamos paso a paso.

Una dispensación es una relajación de la ley. La ley no deja de existir. Todas las personas que no estén sujetas a esa dispensación están obligadas a cumplir la ley. Una dispensación solo es buena para un caso particular o una serie de circunstancias. Aunque la pandemia del COVID-19 ha durado meses y probablemente durará más, el derecho canónico consideraría una pandemia un caso particular. Las dispensaciones, entonces, son solo un relajamiento temporal de la ley.

Igualmente, las dispensaciones solo aplican a leyes eclesiásticas. Hay muchos tipos de leyes: leyes divinas, leyes eclesiásticas y leyes civiles o seculares. La idea de la dispensación no existe en la ley civil. Cuando un legislador aprueba una ley, es imposible prever todas las posibles situaciones a las que la ley pueda aplicar. A través de las dispensaciones, el derecho canónico es mucho más flexible que una ley civil porque puede responder mejor a una situación particular.

Sin embargo, esta lógica no aplica a las leyes divinas. Las leyes divinas son las leyes que Dios estableció y promulgó en las Sagradas Escrituras. Un ejemplo es la ley divina de los 10 mandamientos. Dios nos manda en el tercer mandamiento a santificar el Día del Señor. Este es un precepto de la ley divina. Los obispos no pueden otorgar dispensaciones con respecto a la ley divina. El decreto del arzobispo no pretende dispensar de la ley divina, pero sí dispensa de la ley eclesiástica.

Hay dos aspectos para la obligación del domingo. Está la fundación en la ley divina, sobre la cual se ha agregado la extensión de una ley eclesiástica. La ley divina establece la necesidad de santificar el domingo, mientras que la ley eclesiástica la da dirección a esta práctica y requiere la asistencia a la misa el domingo y días de precepto. El arzobispo puede dispensar a alguien del requerimiento de la ley eclesiástica de asistir a la misa dominical, pero no del requerimiento de la ley divina de santificar el domingo.

La ley eclesiástica requiere la participación presencial en la misa. El Vaticano II nos llamó a participar entera y activamente en la liturgia. Ver una misa virtual es una práctica piadosa y loable, pero no cumple con la obligación de participar activamente y en persona en la liturgia.

Durante la pandemia, el arzobispo de Denver ha relajado este requerimiento de la ley eclesiástica para las personas que viven en la Arquidiócesis de Denver. Sin embargo, no se puede dispensar del requerimiento de la ley divina de santificar el domingo. Si los católicos no asisten a misa el domingo, entonces deben hacer algo para cumplir con el requerimiento de la ley divina. Esto puede ser leer las lecturas de misa del domingo, rezar un Padre Nuestro y hacer un acto de comunión espiritual, entre otras prácticas piadosas. Tales prácticas pueden cumplir con el requerimiento de la ley divina. Cuando la dispensación sea suspendida, los católicos de nuevo estarán obligados a participar activamente en la misa dominical en persona.

Una vez revocada la dispensación, será necesario discernir prudentemente si uno puede o no asistir a la misa dominical. Aun sin una dispensación, puede ser necesario para ciertas personas abstenerse de asistir a la liturgia, como aquellas personas más propensas al virus y las que estén enfermas.

¿Cómo es posible que alguien pueda no asistir a misa sin una dispensación?

Hay un principio del derecho canónico que dice: “Nadie está obligado a hacer lo imposible”. En el derecho canónico, si es imposible que uno cumpla con la obligación, entonces esa obligación se suspende hasta que la imposibilidad se resuelva.

Puede ser por imposibilidad física o moral. Si una está enfermo, entonces es moralmente imposible que uno participe activamente en la liturgia. En estos momentos, sobre todo, tenemos la responsabilidad moral de no propagar enfermedades a los más vulnerables.

También puede ser moralmente imposible que aquellos que son especialmente vulnerables al coronavirus asistan a misa. Esto requiere un discernimiento de la situación única de cada uno. En caso de imposibilidad, la situación misma quita la obligación de participar en la misa. Por otro lado, si uno se encuentra bien moral y físicamente y puede asistir, pero tiene una razón justificable para no asistir, entonces uno debe de acercarse a su párroco para pedir una dispensación.

*Anthony St. Louis-Sanchez es un juez para el Tribunal metropolitano de la Arquidiócesis de Denver y la Oficina de Asuntos Canónicos.

Este artículo fue traducido del original en inglés por el equipo de El Pueblo Católico.

Próximamente: ¿Qué es lo que está mal con el mundo? Yo

¡Regístrese en una suscripción digital a Denver Catholic En Español!

Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Por qué estoy aquí?”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

 

Por el Dr. Jared R. Staudt

Una vez, el editor del periódico The Times le preguntó al reconocido católico G.K. Chesterton: “¿Qué es lo que está mal con el mundo?”. Chesterton, el gran maestro del sentido común y el ingenio, respondió: “Estimado señor: Yo. Atentamente, G.K. Chesterton”.

“Yo”. Hay honestidad y humildad en reconocer que los problemas del mundo yacen en el corazón y no en ninguna fuerza social, política o económica externa. El problema que existe en el corazón es lo que causa los conflictos exteriores. Ciertamente, hay estructuras pecaminosas en el mundo, estructuras que surgen del pecado y lo alientan, como el comunismo, aunque estas solo tienen poder porque aprovechan la oscuridad que ya está en nosotros. El mundo está roto porque nosotros estamos rotos.

 

EL PECADO ORIGINAL: ¿ALGO VERDADERO?

Chesterton de nuevo apunta a la obvia realidad de nuestro estado quebrantado. Reconoce que “ciertos nuevos teólogos ponen en duda el pecado original, aunque es la única parte de la teología cristiana que realmente se puede comprobar”. Solo hace falta mirar alrededor para darnos cuenta de que vivimos en un mundo caído. Debido a la caída, que surge con el pecado de Adán y Eva, cada ser humano después de ellos ha nacido al mundo sin los dones que Dios originalmente había destinado para nosotros. Él quería que viviéramos sin el mal y el sufrimiento, refugiados dentro de la protección del jardín, pero nosotros teníamos otros planes.

El Catecismo habla del efecto que el pecado original tiene en nosotros: “Es la privación de la santidad y de la justicia originales, pero la naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte e inclinada al pecado (esta inclinación al mal es llamada ‘concupiscencia’)” (CIC 405). El pecado original explica por qué todos tenemos dificultad para alcanzar la felicidad y estar en paz con los demás.

 

VÍCTIMAS O CÓMPLICES

El pecado original apunta a la falta de la relación con Dios como el centro de lo que está mal con el mundo. Es un problema que todos enfrentamos, aunque queremos acusar a otros. De hecho, el no reconocer nuestro propio estado quebrantado y nuestro pecado ha sido un problema desde el principio.

Cuando Dios le pregunta a Adán por qué comió del fruto, Adán acusa a Eva, la compañera que Dios le había dado (acusando a Dios de manera implícita). Cuando Dios se dirigió a Eva, ella culpó a la serpiente por haberla engañado. Hay verdad en el hecho de que no pecamos aislados de otros. El problema viene del querer culpar los problemas del mundo en los demás, mientras actuamos como si nosotros fuéramos simples víctimas de fuerzas fuera de nuestro control.

Aun si reconociéramos que el origen del mal surge de nuestro corazón, todavía tenemos que enfrentarnos con la otra pregunta de por qué el mal existe en el mundo. Como Adán, muchas veces culpamos a Dios por permitir el sufrimiento en nuestra vida. Si estamos enfermos, perdemos el trabajo o un ser querido muere, inmediatamente le reclamamos a Dios cómo pudo haber permitido semejante cosa.

“El pecado original explica por qué todos tenemos dificultad para alcanzar la felicidad y estar en paz con los demás”.

 

DIOS ACTÚA EN EL SUFRIMIENTO

Dios no tenía la intención de que este mal formara parte de su plan original, ya que el sufrimiento entró al mundo por el pecado. El pecado es lo que se debe culpar por el mal físico y la muerte, no Dios. Como resultado de la caída, Dios permite que el mal físico ocurra en el mundo, aun cuando lo utiliza para hacer surgir un bien más grande.

A través de las dificultades físicas, Dios nos muestra que este mundo no es nuestro verdadero hogar (y ya no está destinado a ser un paraíso terrenal) y que fuimos hechos para algo más. No podemos estar demasiado cómodos aquí en la tierra. El sufrimiento nos recuerda esto y también la necesidad de confiar en Dios. Pero, aun peor que el mal físico, también existe el mal moral, que proviene completamente de nuestra libre elección. El sufrimiento que experimentamos puede incluso hacernos darnos cuenta del mal moral que existe escondido en nuestra vida, llamándonos a la conversión.

El sufrimiento y nuestro estado quebrantado nos llevan a nuestra propia limitación y necesidad de Dios. Aceptar este estado nos da libertad para poder enfrentarlo y abrazar la sanación en Cristo.

 

DIGO: “ESTOY BIEN”, PERO NO LO ESTOY

Esto me recuerda a una canción que muestra la reacción típica a nuestra propia rotura: “Estoy bien”. Con palabras hacia Dios, la canción refleja con precisión cómo intentamos ignorar lo que realmente está sucediendo dentro de nosotros.

“Digo: ‘Estoy bien, sí, estoy bien, oh, estoy bien, oye, estoy bien’, pero no lo estoy. Estoy roto. Y cuando está fuera de control, digo: ‘Está bajo control’, pero no lo está, y lo sabes. No sé por qué es tan difícil admitirlo, cuando ser honesto es la única forma de solucionarlo. No hay fracaso, no hay caída, no hay pecado que ya tú no conozcas. Entonces, deja que salga la verdad”.  Matthew West, “Truth be told”

El individualismo moderno nos dice que estaremos bien si simplemente confiamos en nosotros mismos, que podemos manejarlo y que somos débiles si buscamos ayuda en los demás. La fe cristiana se opone firmemente a esto, porque no podemos ignorar la rotura dentro de nosotros, dejarla sin resolver y ocultarla para que luego salga en forma de venganza. Tenemos que ser sinceros sobre quiénes somos. Somos personas quebrantadas y pecadoras que podemos experimentar la sanación y la gracia si enfrentamos la verdad y la dejamos salir a la luz.

 

QUE LA VERDAD SALGA A LA LUZ

¿Cómo dejamos que esta verdad salga a la luz? Durante la cuaresma, la Iglesia nos llama a la conversión, a través de la oración y la penitencia, y nos pide que confesemos nuestros pecados. Dejamos “que salga la verdad” cuando nos presentamos ante Dios, reconocemos nuestros pecados y le pedimos perdón. Aceptar nuestra debilidad nos lleva a acudir a Dios en busca de ayuda, permitiéndole quitar la oscuridad dentro de nosotros y llenarnos con su propia vida y luz.

 

DIOS SANA “UN CORAZÓN A LA VEZ”

Dios no simplemente elimina todos los problemas del mundo. Más bien, él entra en ellos, primero, asumiéndolos y haciéndose hombre en Jesús, y luego entrando en el centro de la rotura dentro de nosotros. Dios no está ausente del mundo que sufre, aun si no se muestra visiblemente para que todos vean y para así resolver dramáticamente las cosas de manera política. Dios arregla el mundo un corazón  a la vez, de manera más poderosa que el ruido que nos rodea, preparándonos para enfrentarlo y hacer nuestra parte en él.

 

LA SOLUCIÓN: ACUDIR A LA FUENTE DE SANACIÓN

Si soy yo lo que está mal en el mundo, entonces la solución también comienza conmigo. Mi estado interior quebrantado puede ser sanado por Dios (aunque no sea de manera perfecta en esta vida) para que yo pueda ser parte de la solución al problema del mundo. Puedo llevar a otros a Cristo para sanarlos, invitarlos a la Iglesia y específicamente a la confesión. Aunque las personas a menudo tienen miedo de confesar sus pecados, en realidad es un gran alivio y una fuente de sanación. Es un regalo poder compartir este alivio y sanación con otros. Y entre más personas hayan recibido este regalo, más grande será su impacto en el mundo. En esta cuaresma, tenemos la oportunidad de abrazar la solución de Dios, la sanación, que comienza con la raíz del problema: yo…

 

Lee todos los artículos de la edición ¿Por qué estoy aquí?” de la revista de El Pueblo Católico haciendo clic en la imagen.