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domingo, septiembre 25, 2022
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¿Cuál es el significado del Adviento, la Navidad y la Octava?

Por el padre José Antonio Caballero*

La Navidad y la Pascua de Resurrección son las celebraciones que jalonan el año litúrgico. El vocablo Navidad deriva de la palabra latina “nativitas”, que significa “nacimiento”. A la Navidad y la Pascua las precede un período de preparación –el Adviento en el primer caso y la Cuaresma en el otro–. Las dos se prolongan a lo largo de ocho días siguiendo la costumbre judía de las “fiestas de peregrinación” como son la Pascua o Panes Ázimos, Pentecostés y Tabernáculos. De ahí el origen tanto de la Octava de Navidad como de la Pascua respectivamente. Tras la Navidad y la Epifanía, el gozo que la Iglesia experimenta con la Encarnación de la segunda persona de la Trinidad que se encarna por amor, se prolonga hasta la solemnidad de la Presentación del Señor en el templo (2 de febrero). Asimismo, el gozo pascual se cierra con la Ascensión y Pentecostés.

Otras festividades importantes durante la octava de Navidad son el martirio de San Esteban (26 de diciembre), san Juan Evangelista (27 de diciembre) y los Santos Inocentes (28 de diciembre). Son como un tríptico de modelos de respuesta de amor al Niño Dios que se encarna. En Esteban se da una identificación especial con Cristo que muere en la cruz perdonando a sus enemigos (He 7,60; Lc 23,24). Los Santos Inocentes derraman también su sangre como presagiando la inocencia de Cristo durante su pasión y condena en la cruz, hecho que se hace presente por la persecución de que es objeto al poco tiempo de nacer (Mt 2,13-18). En Juan Evangelista, la Iglesia no celebra a ningún mártir, sino al apóstol contemplativo y fiel, que, tras reclinarse sobre el costado de Cristo durante la Última Cena (Jn 13,23), recibe a María de labios de Cristo en la cruz (Jn 19,25-27), de suerte que “no puede tener a Dios como Padre quien no tiene a María como Madre”. Clemente de Alejandría dijo sobre Juan de Zebedeo, apóstol y evangelista, que “sólo un alma contemplativa como San Juan pudo legar a la Iglesia un Evangelio espiritual como el suyo”. El prólogo de su Evangelio celebra la encarnación de una manera especial como rezamos en la tercera parte del Ángelus (Jn 1,14).

La Pascua no goza de una fecha fija porque coincide con el primer domingo tras la primera luna llena de primavera. La Navidad no lo es, ya que siempre se celebra el 25 de diciembre, a pesar de que ésta gira en torno al solsticio de inverno, caracterizado por la cada vez menor presencia de la luz del sol durante el día. Según algunos expertos, la Navidad consistiría en la inculturación de la fiesta del “Sol Invicto” que se hizo popular en el imperio romano desde tiempos del emperador Marco Aurelio (fines del siglo II D.C.), es decir, que se la privó de su origen pagano para cristianizarla: Cristo y no el sol es quien hace al hombre partícipe de la luz de su gloria al encarnase. Cabe decir al respecto que no hemos de confundir “inculturación” con “sincretismo”. La inculturación puede definirse como la evangelización de la cultura, es decir, la Iglesia está llamada a transformar con el mensaje del Evangelio todos aquellos signos y valores que componen la existencia del ser humano -esto se llama “cultura”-. Un ejemplo de inculturación es el Nuevo Testamento que se escribió en lengua griega, lo que hizo que el mensaje redentor de Cristo adquiriera un alcance universal. Asimismo, este hecho está precedido por la traducción del Antiguo Testamento al griego en Alejandría de Egipto. Los traductores, por ejemplo, superaron el particularismo del nombre del Dios o tetragrama, que era impronunciable para el pueblo judío, con la palabra Señor o “Kyrios”. El sincretismo consistiría en querer fusionar los elementos culturales paganos de la fiesta del “Sol Invicto” con los elementos cristianos sin su adecuada depuración. De suyo, las fiestas judías tienen un contexto natural que han adquirido una adaptación religiosa en un segundo momento. Así, del ofrecimiento a Dios de los primeros frutos de la tierra (fiesta de las Semanas o Pentecostés) se pasó a la renovación de la Alianza de Dios con el pueblo elegido, y posteriormente a la venida del Espíritu Santo y la primera predicación del evangelio. Más antigua que la Navidad era ciertamente la celebración de la Epifanía; al celebrarse la manifestación del Verbo Encarnado a los magos de oriente se pone de relieve que la encarnación mira a redimir a todos los hombres de todas las razas, pueblos y culturas.

Además de la celebración del “Sol Invicto” por parte de los romanos, por las mismas fechas del solsticio de invierno el pueblo judío celebra la fiesta de la Dedicación del templo o “Hanukkáh” desde el tiempo de los Macabeos (siglo II A.C.). “Hanukkáh” significa “lámpara”, de suerte que también se hace presente el motivo de la luz, después que el rey Antíoco Epífanes desacralizara el templo de Jerusalén.

El Adviento constituye una preparación especial para la Navidad en el contexto litúrgico actual. Su significado es “venida” en su vertiente escatológica o de final de los tiempos, lo que queda evidenciado por las lecturas que la Iglesia nos propone en la primera parte de dicho Adviento: el Evangelio de esos días insiste en que el Señor vendrá de manera inesperada, “como un ladrón”. De ahí la exhortación a estar en vela y preparados (Mt 24,37-44). La segunda parte del Adviento se centra más en la espera gozosa y meditativa de la Iglesia de la mano de las lecturas tomadas del profeta Isaías, por un lado, y de los evangelios que nos hablan sobre Juan Bautista, San José y la Virgen María, por otro. Momentos importantes del Adviento quedan constituidos por las festividades de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre y la Virgen de Guadalupe el 12 de dicho mes.

De algún modo, antes del tiempo de Adviento el mes de noviembre se encamina a la celebración de la Navidad del Señor con el 1 de noviembre, festividad de todos los santos, el día 2 día de la celebración de los fieles difuntos, la fiesta de Acción de Gracias o “Thanksgiving” y de Cristo Rey del universo.

Celebrar la Navidad sin Cristo sería privarla de su sentido profundo de respuesta de amor del hombre a un Dios tan humilde que se hace “hijo de su propia criatura” y que en su pasión morirá como servidor y esclavo suyo.

*El padre José Antonio Caballero es profesor de Sagrada Escritura en el seminario St. John Vianney de Denver.

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