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domingo, mayo 22, 2022
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¿Por qué creemos en la “Inmaculada Concepción”?

Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada «María: ¿Por qué la amamos Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

Primero es importante clarificar qué significa este término. La “Inmaculada Concepción” significa que María fue concebida sin pecado original, sin la mancha con la que todos nacemos por el pecado de Adán y Eva. Ella fue concebida de manera normal, por un padre y una madre, solo que recibió una gracia especial de Dios mismo: Dios la creó y la preservó en estado de gracia.

¿Por qué creemos esto? Los cristianos de la antigüedad sabían que si María era la “nueva Eva”, también tenía que haber sido creada sin pecado, como la primera Eva.

Esto tiene sentido por el hecho de que Dios decidió actuar por medio de prefiguraciones o “tipos” en la historia de la salvación: en el Antiguo Testamento se presentaban realidades que prefiguraban algo más perfecto que se realizaría en el Nuevo Testamento.

Por ejemplo, Adán era una prefiguración de Jesús. Los primeros cristianos veían a Jesús como el “nuevo Adán”. Así como la desobediencia de Adán trajo la muerte al mundo, la obediencia de Jesús trajo la vida (Rom 5, 15-20). Aquí se ve cómo el cumplimiento en Jesús debe ser claramente más perfecto que la prefiguración: Adán.

La misma lógica aplica a María, la nueva Eva. Eva pecó y dijo “no” a Dios al desobedecerlo, pero María dijo “sí” a la voluntad de Dios: “Hágase en mí según tu palabra”.

Si María hubiera pecado o tuviera pecado alguno, no podría ser el cumplimiento de Eva en el Nuevo Testamento, porque eso la haría igual a la primera Eva y no más perfecta.

Pero Pablo dice: «Todos pecaron» (Rom 3,23) y Juan dice: «Si decimos: ‘No tenemos pecado’, nos engañamos (1 Jn 1, 8).

Los primeros cristianos consideraban a María una excepción, por la gracia que ella había recibido de Dios y por su papel esencial en la historia de la salvación; así que no es algo que nos inventamos los católicos siglos después. En su comentario sobre estas dos citas bíblicas, san Agustín especifica:

“Debemos excluir a la Santa Virgen María, sobre la cual no me gustaría levantar ninguna duda en cuanto a la cuestión de los pecados, por honor al Señor; pues por él sabemos la gracia tan abundante para sobreponerse al pecado que se le confirió a ella, quien tuvo el mérito de concebirlo y traerlo al mundo a Él.” (La gracia y la naturaleza 42, siglo IV-V)

Otro ejemplo es el de san Efrén de Nisibe: “Solo tú (Jesús) y tu Madre son más hermosos que todas las cosas. Pues en ti, Señor, no hay mancha; así como tampoco hay mancha en tu Madre” (Himnos 27.8, siglo IV).

¿Cómo se puede decir esto si no hay evidencia bíblica?

Sí la hay. Ya vimos algunas de ellas: el Evangelio de san Juan habla de María como la “nueva Eva” y como el “Arca de la Nueva Alianza”. Y hay más, pero nos limitaremos al siguiente ejemplo.

El saludo del ángel a María dice mucho sobre ella: “Ave, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28).

Aquí el ángel no solo saluda a María, sino que la llama por un nombre especial: “llena de gracia”, en el griego original: “kekaritomene”. En la Biblia, los nombres son de gran importancia y muestran algo permanente sobre la persona misma. Por ejemplo, Dios le cambia el nombre a Abram (“padre”) por Abraham (“padre de multitudes”). Otros ejemplos incluyen Simón (Pedro), Jacob (Israel), Saraí (Sara).

Lo interesante del nombre que el ángel le da a María, “la llena de gracia”, es que en griego este título implica que María era llena de gracia desde antes del anuncio del ángel. Una traducción más literal sería “la que ha sido llena de gracia”.

María es la única persona en la Biblia a quien se le da este título y nos recuerda al pasaje de san Pablo: “por gracia han sido salvados” (Ef 2,5). María, la llena de gracia, fue redimida de antemano desde su concepción, gracias a los méritos de Cristo y no por sus propios méritos. Ella también fue salvada, solo que de manera anticipada, no como nosotros.

Esto no la hace una diosa o menos humana, pues Adán y Eva también fueron concebidos sin pecado original, y no por eso dejaron de ser humanos. El pecado no es lo que define al ser humano.

Contrario a lo que muchos creen, el Papa Pío IX no inventó esta enseñanza en 1854, sino que la afirmó como dogma de fe, como algo que los cristianos han creído desde los primeros siglos y que todo católico debe creer, gracias a la autoridad que Cristo le dio a su Iglesia, que es “columna y firmamento de la verdad” (1 Tim 3,15).

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Vladimir Mauricio-Pérez
Vladimir Mauricio-Pérez es el editor de El Pueblo Católico y el gerente de comunicaciones y medios de habla hispana de la arquidiócesis de Denver.
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