La sabiduría de San Benito en nuestros tiempos

Por el arzobispo Samuel J. Aquila.

“Levantémonos, pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta”, nos insta la Regla de San Benito. “Abramos nuestros ojos a la luz… y nuestros oídos a la voz del cielo que todos los días nos llama… ‘Si escuchas hoy su voz, no endurezcas tu corazón’” (Sal 95,8). El 11 de julio, la Iglesia conmemora a San Benito, y sus palabras de hace 1,500 años parecen perfectamente adecuadas para los tiempos desafiantes y cambiantes de hoy.

La Regla de San Benito se escribió alrededor del 530, una época en que el Imperio Romano se había derrumbado y la existencia del cristianismo en Europa estaba amenazada. Dada nuestra situación cultural actual y sus paralelos con su tiempo, creo que podemos encontrar fruto en las enseñanzas de San Benito.

San Benito creció rodeado de una cultura moralmente corrupta, pero con la gracia de Dios vivió una vida virtuosa. Después de pasar un tiempo estudiando en Roma, huyó de su decadencia moral para buscar una vida más solitaria. San Benito vivió la vida de ermitaño durante varios años antes de que finalmente fundara varios monasterios, que se convirtieron en centros de oración, trabajo manual y aprendizaje.

San Benito comienza su regla instando a los monjes a “escuchar atentamente las instrucciones del maestro y atenderlas con el oído de su corazón” (Regla, Prólogo 1). Para nosotros, esto significa establecer un tiempo diario para escuchar al Señor, tanto en la lectura de las Escrituras como en la oración conversacional y la meditación.

Nuestra base segura durante estos tiempos difíciles debería ser la voluntad de Dios para cada uno de nosotros, no los mensajes en constante cambio que nos bombardean en las noticias o en las redes sociales. Para algunos, cada tendencia en línea se ha convertido en una forma de evangelio que debe cumplirse con convicción religiosa. Pero la fe que nos transmitieron los Apóstoles es el único Evangelio verdadero y el único que puede salvar almas. Aunque los tiempos y la tecnología eran diferentes, San Benito entendió la importancia de escuchar “las instrucciones del maestro”.

En su libro El misterio del bautismo de Jesús  el predicador de la familia papal, el padre Raniero Cantalamessa, aborda la necesidad de que los sacerdotes se armen para la batalla “contra los gobernantes mundiales de esta oscuridad actual” (cf. Jn 10: 12) En el centro de su reflexión está la idea de que “Jesús se liberó de Satanás mediante un acto de obediencia total a la voluntad del Padre, de una vez por todas entregándole su libre albedrío, para que realmente pudiera decir: ‘Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra.’ (Jn. 4,34)”.

La pregunta que debemos hacernos es: ¿Pongo primero la voluntad del Padre en mi vida, en cada decisión que tomo y en todo lo que digo y hago? Si colocamos la voluntad del Padre en el centro de nuestras vidas y realmente lo escuchamos con “los oídos de nuestro corazón” como enseñó San Benito, estaremos preparados para lo que suceda y siempre daremos testimonio del amor de Dios y de los demás. Vivimos en un mundo que ha eliminado a Dios de su cultura. La historia, tanto la historia de la salvación como la historia mundial, muestra claramente lo que sucede cuando esto ocurre. Cuando Dios es eliminado, algo más se convierte en “dios”. Las sociedades descienden y eventualmente caen y desaparecen a menos que regresen al Dios verdadero y se conviertan en culturas que promuevan una vida de santidad y virtud.

Hay por menos una lección más de la regla de San Benito que es aplicable en estos tiempos de desunión y división social. Los monjes y hermanas de la familia espiritual benedictina son conocidos por su hospitalidad. La Regla enseña esta virtud de esta manera: “A todos los huéspedes que vienen al monasterio se les recibe como a Cristo, porque él dirá: ‘era forastero y me acogieron’ (Mt 25,35). Hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe (Gálatas 6:10) y a los peregrinos” (Regla, # 53).

Pidamos en nuestra oración poder ver a otros como Cristo mismo que viene a nosotros, incluso si están vestidos con lo que Santa Madre Teresa llamó “el disfraz angustiante de los pobres”. Si buscamos continuamente la voluntad del Padre y pedimos en oración por la configuración de nuestro corazón al suyo y nuestra voluntad a la suya, entonces podremos resistir cualquier desafío.

Próximamente: Oración para la cuaresma

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Este artículo fue publicado en la edición de la revisa de El Pueblo Católico titulada “¿Por qué estoy aquí?”. Para suscribirte y recibir la revista en casa, HAZ CLIC AQUÍ.

En esta cuaresma, mientras meditamos sobre el hecho de que Dios nos creó por amor y sobre las tácticas que el Enemigo usa para alejarnos de él, te invitamos a tomar unos minutos de silencio para meditar en estos puntos que te pueden ayudar en tu camino hacia Dios.

 

  • No nací por casualidad. Alguien quiso que yo llegara al mundo, alguien me creó pensando en mí de manera única. Ese “alguien” es Dios, y me trajo al mundo con un solo motivo: por amor, para compartir su felicidad, su plenitud, su amor conmigo. ¿Qué te dice esto sobre el sentido de la vida? ¿Por qué estás aquí? ¿Qué me dice esto sobre la mejor manera de vivir mi vida?
  • Pude haber nacido hace 500 años. Sin embargo, nací en este tiempo. Fui creado para este momento de la historia por un Dios que es bueno y desea mi bien. ¿Sobre qué cosas estoy ansioso o preocupado en este momento de mi vida? ¿Confío en Dios, que es amoroso, que me creó para esto, o dejo que esas preocupaciones me hundan? ¿Ha cambiado en algo la imagen que tenía de Dios?
  • ¿Creo que Satanás es un ser verdadero que busca hundir al ser humano y alejarlo de Dios y de su plan? ¿Ha cambiado algo de lo que se dijo en la última edición de “El Pueblo Católico” la imagen que tenía de Satanás?
  • ¿Qué mentiras o acusaciones me ha hecho creer el demonio sobre mí mismo: “no eres lo suficientemente inteligente, no merezco ser amado, nadie me quiere…”? Pídele a Cristo que saque esas mentiras a la luz, y dáselas para que te sane. Pídele que te ayude a rechazarlas cuando vuelvan.
  • ¿Qué cosas o hábitos me alejan de la visión de Dios para mi vida? ¿Qué puedo hacer para recordar su plan para mí cada día: leer la Biblia por al menos 5 minutos al día, dedicar unos minutos de oración todas las mañanas antes de ir a trabajar o en mi camino al trabajo, etc.? Pídele a Dios que te muestre qué cosas te están impidiendo recibir su paz, alegría y plenitud, y que te dé la gracia para dejarlas.

 

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