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martes, junio 18, 2024
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Arzobispo: “En la resurrección no hay lugar para la falta de perdón”

Al comienzo de este tiempo de Cuaresma, invité a los fieles de la arquidiócesis a reflexionar sobre la gran importancia del perdón en nuestro propio camino espiritual y en el mundo de hoy. Ahora en virtud de Semana Santa y Pascua, volvemos nuestros corazones a las acciones salvíficas de la pasión, del sufrimiento, la muerte y la resurrección de Jesús. Para reiterar el tema del perdón, los invito a meditar sobre la importancia de la oración del padrenuestro en la propia vida de Jesús, así como en las palabras de perdón de Jesús en la cruz y el vínculo entre el perdón y la resurrección.

En la nota pastoral “Como también nosotros perdonamos” me centré en esta petición del padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12). Esta petición concreta no solo capta la necesidad del perdón, sino que toda la oración es una revelación de la propia vida de oración de Jesús.

El Catecismo enseña: “Esta oración que nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es ‘del Señor’. Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado: él es el Maestro de nuestra oración” (CIC 2765).

La petición “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” contiene a la vez las palabras que el Padre da a Jesús y las palabras que nuestro corazón necesita escuchar. No puedo destacar lo suficiente cuán útil es rezar el padrenuestro con sinceridad para cambiar nuestros afectos y alinear nuestros corazones a la voluntad del Padre. En cuanto a este poder para ayudarnos a cambiar, el Catecismo enseña: “Jesús no solo nos enseña las palabras de la oración filial, sino que nos da también el Espíritu por el que estas se hacen en nosotros ‘espíritu y vida’” (CIC 2766).

Estas palabras del padrenuestro no son recomendaciones de Jesús, sino que son las palabras que él vivió. Jesús no nos pide que hagamos algo que él no haría. Solo tenemos que mirar su ejemplo en la cruz para ver cómo respalda sus palabras con sus acciones. Nuestro Señor clamó al Padre mientras sufría en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

Estas palabras constituyen un momento fuerte en la pasión de Cristo, que incluso lleva al arrepentimiento y a la conversión de uno de los criminales crucificados junto a él. En medio del dolor físico que le infligieron, del inmenso rechazo del don que nos ofrecía y del agotamiento total de la agonía en la cruz, las primeras palabras de Jesús desde la cruz son palabras de perdón.

Jesús hace varias cosas antes de exhalar su último suspiro. Acoge en el cielo a un ladrón (Lc 23,43), termina la cena del séder, establece la nueva alianza y da a la Iglesia el don de su propia madre (Jn 19,26-30). Pero antes de todo, ofrece a todos los que lo han ofendido su pleno perdón. No se puede subestimar la importancia de esto. El perdón es esencial para que el plan de Dios se desarrolle y dé fruto en nuestras vidas.

Jesús sabía que debía atravesar la puerta de la muerte para resucitar a la gloria del Padre. Para resucitar, era necesario cortar toda atadura al pecado y la muerte. Al estar libre de pecado, no tenía nada de qué arrepentirse. Pero al ser acusado, entregado injustamente y maltratado, tenía todas las oportunidades humanas para aferrarse a la falta de perdón. Jesús elige perdonar porque el Padre le llama a la resurrección a través de la muerte, y en la resurrección no hay lugar para la falta de perdón.

Mis hermanas y hermanos, en nuestra espera del don de la resurrección esta Pascua, contemplemos esa hermosa vida que nuestro Padre tiene reservada para cada uno de nosotros. A la luz de esta esperanza, abandonemos toda falta de perdón que nos esté atando y nos impida caminar libremente con el Señor en su resurrección. Que esta Pascua les traiga bendiciones y la continua renovación y conversión de sus corazones.

Arzobispo Samuel J. Aquila
Arzobispo Samuel J. Aquila
Mons. Samuel J. Aquila es el octavo obispo de Denver y el quinto arzobispo. Su lema es "Haced lo que él les diga" (Jn 2,5).
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